Opinión Lunes, 9 de julio de 2018 | Edición impresa

Bienvenidos a Europa, a pesar de todo - Por Remei Margarit

Por Remei Margarit - Psicóloga y escritora

Nadie quiere dejar su casa, ni su entorno, ni su gente, ni sus amigos. Nadie quiere dejar su tierra. Tan sólo el miedo y la desesperación que comporta la miseria empujan a una huida atravesando desiertos, condiciones inhumanas de trato y, al fin, el mar, del que no saben si saldrán con vida.

Aún así, pues, las personas que han hecho ese doloroso trayecto han llegado sanos y salvos gracias al Aquarius, a Open Arms y las ONG's que colaboran en las tareas de salvataje. Bienvenidos sean.

Los ciudadanos decentes de toda Europa nos alegramos de este y otros rescates de personas que, con riesgo para sus vidas, llegan a buen puerto. Y gracias a los gobiernos que, con voluntad política, encaran el reto de la acogida humanitaria.

Por otro lado, Europa es un continente envejecido, la baja natalidad de los estados miembros y una esperanza de vida más larga son la causa de una población joven escasa, de manera que, para mantener la calidad de su economía y bienestar, se necesita la inmigración. 

De hecho, la historia de las civilizaciones es un compendio de migraciones continuadas, y es así como ha avanzado el conocimiento y la armonía civil.

Los clamores de los partidos de extrema derecha de toda Europa en contra de la inmigración y a favor de cerrar las fronteras son un clamor de un populismo descarado y una falacia, una gran mentira para contentar a sus votantes, que quizás se asustan con los cambios sociológicos necesarios.
Pero, digan lo que digan esos partidos xenófobos, la historia no se parará nunca, porque así ha sido durante miles de años.

Por otra parte, existe la solidaridad humana de la que Europa, en su construcción, se hizo eco, y que es necesario preservar de manera constante, reprobando las manipulaciones interesadas de la ultraderecha que, con sus alharacas, pretende demostrar un proteccionismo que no es nada más que el de sus intereses privados.

Bienvenidos pues, una vez más, a los que venís a engrandecer una Europa solidaria. Ojalá todos los gobiernos de los Estados europeos se dieran cuenta de que la inmigración no es, de manera alguna, un lastre, sino una riqueza humana para un continente que la necesita.