Turismo Domingo, 13 de enero de 2019 | Edición impresa

Bajo tierra: Búnker 42, un viaje a la Guerra Fría

Es uno de los tantos refugios nucleares que se construyeron en Moscú.

Por CC

Son las 6 de la tarde-noche en Moscú, y el termómetro marca 8 grados bajo cero. La nevada, que no dio tregua en todo el día, es ahora más intensa. Y a la hora de buscar un refugio, posiblemente ninguno mejor que éste: el Búnker 42, uno de los tantos refugios nucleares que se construyeron en la capital rusa en los años de la Guerra Fría, y que hoy es un museo, donde también hay un restaurante y se venden souvenires de época.

Ubicado en el N° 11 del pasaje (pereuylok) Kotelnicheskiy, cerca de la estación Taganskaya del metro y a 150 metros del río Moscova,  se terminó de construir en 1956 y es conocido como “el búnker de Stalin”, porque él lo planeó, aunque nunca llegó a utilizarlo.

 

Una estrecha escalera metálica que baja enroscándose, advierte a los claustrofóbicos: vamos a bajar, escalón por escalón, 18 pisos hacia las entrañas de la tierra rusa. A tener en cuenta sobre todo para la vuelta, cuando haya que subirlos. Bajamos, bajamos, bajamos... hasta que llegamos a un largo pasillo curvo, con techo y paredes revestidas en gruesas placas de metal color cobrizo, llenas de soldaduras y remaches.

Caminamos sobre un piso alfombrado hasta la primera parada: una central de comunicaciones, con viejos aparatos y un par de teléfonos como los que usaba Sigfrido, el malvado de la serie Superagente 86.

Otro pasillo metálico por el que corren caños de colores nos lleva al espacio central de uno de los cuatro bloques del búnker, y nos sentimos Pinocho en la barriga de la ballena: paredes curvas y un techo altísimo y abovedado con una estructura metálica que parece un esqueleto.

 

Este inmenso cilindro, 65 metros bajo el suelo moscovita, es una gran sala de control: hay fotos de aviones, un mapa del Hemisferio Norte que muestra el alcance de los misiles, réplicas a escala, uniformes de época y antiguas computadoras, como las que se ven en las películas de espionaje, desde las que se podría haber desatado la hecatombe nuclear.

Nos lo muestra una simulación: dos voluntarios suben a escena, cada uno recibe una pequeña llave y, sentados frente a la pantalla, atienden un llamado telefónico que les transmite el código a teclear antes de girar la llave, cada uno por su lado, en simultáneo.

Si esto hubiera sucedido de verdad, no habría habido vuelta atrás; los misiles se habrían despertado y volado a Estados Unidos o a Europa.

 

En este búnker de 7.000 m2, uno de los varios construidos, llegó a haber 600 trabajadores para manejar el sofisticado equipo de comunicaciones , mantener los filtros de aire, el combustible y las provisiones para varios meses, todos preparados para cuando comenzaran a sonar las alarmas, que por suerte nunca lo hicieron.

En la superficie, 65 metros más arriba, sigue nevando y ya es noche cerrada en Moscú.