Arquitectura Miércoles, 11 de julio de 2018

Arquitectura mundialista: el estadio de Mendoza

La arquitectura destinada a los deportes, especialmente los estadios, sorprenden con cada edición de los campeonatos mundiales de fútbol.

Por Arq. Graciela Moretti, Mgter. en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo latinoamericanos.

En América, donde se han disputado ocho mundiales, sobresalen varios de esos estadios, siendo quizás los más significativos tres: el histórico Estadio Centenario en Montevideo, sede de la primera copa mundial realizada en 1930; el emblemático Maracanã en Río de Janeiro, sede de los Mundiales 1950 y 2014 y el mítico Estadio Azteca en la ciudad de México donde se jugaron además de los mundiales de 1970 y 1986, las Olimpíadas del `68. A este grupo de históricas sedes podríamos sumar tres obras más, entre aquellas donde se disputaron las finales de los restantes mundiales realizados en el continente: el Estadio Nacional en Santiago de Chile (1962), el estadio de River Plate en Buenos Aires (1978) y el Rose Bowl en Los Ángeles (1994). La diferencia entre los primeros y los segundos radica en que unos se diseñaron especialmente para los mundiales y otros fueron estadios que debieron remodelarse.

Arquitectos, ingenieros y especialistas en diversos rubros participan de estas obras y traducen en planos, croquis y detalles, los deseos de los heterogéneos usuarios que luego disfrutarán de los espacios, principalmente deportistas y espectadores, aunque también periodistas, dirigentes e inclusive artistas ya que los estadios muchas veces tienen múltiples destinos. Tanto para el mundial que se está realizando actualmente en Rusia, como para el anterior celebrado en Brasil, doce fueron los estadios destinados por los respectivos países para la realización de los partidos de fútbol. Cada uno de ellos son testimonios de la arquitectura del tercer milenio.

En 1978, la República Argentina contó con la mitad de los actuales disponibles, teniendo en cuenta que en aquel momento, cada copa la jugaban 16 selecciones y no las 32 que la disputan desde 1998. Seis fueron los estadios que se distribuyeron en cinco ciudades. Los tres primeros situados en Buenos Aires y Rosario, fueron los estadios de los clubes River Plate, Vélez Sarsfield y Rosario Central, que debieron remodelarse para la ocasión. Para las sedes restantes seleccionadas, las ciudades de Mar del Plata, Córdoba y Mendoza, debieron construirse estadios nuevos, que demandaron además la realización de importantes obras complementarias de infraestructura, equipamiento y servicios.

La historia del estadio de Mendoza se remonta al año 1974, cuando luego de la visita João Havelange a Mendoza, el propio presidente de la FIFA confirmó la sede y recomendó a la provincia dar inicio a la obra. La elección del lugar fue criticada abiertamente, por su instalación en el parque al pie del Cerro de la Gloria y junto al Parque Aborigen. Los proyectistas locales, quienes hicieron los primeros diseños lograron revertir esa imagen, al instalar el estadio en una hoya natural del sitio, la de Ataguile, que había sido usada por el antiguo autódromo de Mendoza. Por ello el estadio provincial mostró un gesto que hasta el momento no se había dado en otros similares, y era el de evitar la obra monumental y de fuerte impacto visual. Se logró en cambio, gracias a un criterioso diseño, un estadio apropiado para el entorno, con todas las comodidades requeridas desde lo técnico y lo deportivo, pero sin generar una agresión, rasgo que el nuevo estadio cubierto si la provoca.

El estadio de Mendoza -que tenía inicialmente una capacidad para 50 mil espectadores- sobresalió y así fue destacado por la crítica internacional, por haber mantenido un perfil bajo, aquel que le dieron en primer lugar los arquitectos mendocinos Martín V. Abraham, Raúl Gellón y Norberto E. Meyer y luego reinterpretaron desde 1975 los profesionales que desarrollaron el proyecto definitivo: Flora Manteola, Javier Sánchez Gómez, Josefa Santos, Justo Solsona, Rafael Viñoly, Carlos Sallaberry y Felipe Tarsitano. Este estudio además realizó otra obra emblemática del Mundial: Argentina Televisora Color, en la ciudad de Buenos Aires.

A los aspectos ambientales que debieron tenerse en cuenta a la hora de encarar la obra se sumaron los estructurales, no siendo menor el tema de que la construcción de la obra se hacía en una zona de alto riesgo sísmico. Por ello fue muy pertinente e innovadora, y otro de los aciertos del proyecto, la idea de instalar una enorme viga pretensada para soportar la cubierta de la platea techada, la oeste. Este elemento resuelto de forma hueca, además de su función estructural cumplió otra vinculada a su destino, porque allí se alojaron las cabinas de transmisión para la prensa radial y televisiva.

Además de los valores mencionados, inherentes a la obra en sí como son los arquitectónicos y tecnológicos, el estadio de Mendoza posee un valor intangible, asociado con lo simbólico, con la historia del deporte y el fútbol, pero también con otras manifestaciones culturales y actividades educativas (albergó durante varios años a la Facultad de Derecho de la UNcuyo) e inclusive religiosas, vinculadas a él. Entre los eventos celebrados, se destacan el Congreso Mariano de 1980, el recital de Amnesty Internacional en 1988, el Mundial Sub-20 en el 2001, la Fiesta Nacional de la Vendimia de 2002, el Mundial de Rugby Sub-21 en 2005 y la Copa América en 2011. A cuatro décadas de su inauguración el Estadio de Mendoza, sumergido en el paisaje del Parque General San Martín, ya es parte del patrimonio del deporte y una de las obras más significativas de la provincia y el país.

Cronología Estadio de Mendoza

8 de marzo de 1975: colocación de la piedra fundamental, un bloque pétreo del departamento de San Carlos.

9 de octubre de 1975: se inicia la obra, a cargo de las empresas Petersen, Thiele y Cruz SA y José Cartellone Construcciones Civiles SA.

14 de mayo de 1978: pre-inauguración del estadio.

3 de junio de 1978: primer partido oficial de la Copa del Mundo (Holanda-Irán). Seis encuentros se disputaron en Mendoza (tres de la ronda inicial de grupos y tres, de la segunda fase).

5 de mayo de 1982: en plena guerra de las Malvinas y mediante el Decreto N° 1324 pasa a denominarse Estadio Provincial “Islas Malvinas”.

Julio de 2011: remodelación del Estadio para recibir la Copa América.

Tres ciudades, tres históricos estadios

La fama del Centenario, el Maracanã y el Azteca no estuvo como sucede actualmente, en el alarde tecnológico de sus cubiertas o en la espectacularidad de sus envolventes que se transforman por los efectos lumínicos. Su notoriedad se dio por los momentos allí vividos, más que por sus notables estructuras o formas. Fueron aquellas manifestaciones deportivas, culturales, musicales e inclusive sociales las que los erigieron en símbolos.

El estadio Centenario fue diseñado por Juan Antonio Scasso, uno de los cuatro arquitectos que ganaron años después el Plan Regulador de Mendoza en 1941 junto con Cravotto, Bereterbide y Belgrano Blanco. Por su arquitectura inspirada en el expresionismo alemán, movimiento al que adhería Scasso, y por todo aquello que lo liga a la historia deportiva, el estadio fue declarado por la FIFA en 1983 “Monumento Histórico del Fútbol Mundial”. Dentro del conjunto sobresale la “Torre de los Homenajes”, hito de 100 metros de altura que se construyó en hormigón visto y el Museo del Futbol, situado en la tribuna olímpica.

El estadio Maracanã, que en lengua tupí quiere decir “semejante a un sonajero” en alusión a su forma circular, fue declarado patrimonio nacional y por ello quienes remodelaron la obra para el pasado mundial debieron respetar varios rasgos que hacían a su identidad, entre ellos su particular fachada. El estadio había sido diseñado por un equipo de siete arquitectos brasileros que habían obtenido el primer lugar en el concurso organizado por la Prefectura de Río. Como dato curioso, se puede mencionar que el proyecto de los arquitectos Ramos, Galvão, Feldman, Valdetaro, Bastos, Azevedo y Dias Carneiro desplazó al que había presentado Oscar Niemeyer. La remodelación realizada por el estudio de Daniel H. Fernandes se destacó por la inclusión de paneles fotovoltaicos y especialmente por la cubierta textil que se apoyó en la estructura existente. Por esta resolución técnica, la revista Architectural Review, le otorgó un premio en la categoría de intervención arquitectónica.

El proyecto del estadio Azteca surgió también de un concurso. Participaron con una propuesta brutalista –y a la postre ganadora- los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares que se impusieron a los proyectos de dos de los máximos referentes en estructuras hiperbólicas: el español Félix Candela y el mexicano Enrique de la Mora. En la explanada de ingreso al estadio sobresale la obra “El sol rojo” del norteamericano Alexander Calder”, una de las esculturas monumentales más importantes de la ciudad.