Opinión Sábado, 9 de febrero de 2019 | Edición impresa

A tontas y a locas - Por María del Rosario Ramallo

Por María del Rosario Ramallo - Profesora y Licenciada en Letras

Las personas de habla madura solemos utilizar locuciones cuyo valor no surge de sumar los significados parciales de los vocablos que las componen, sino del valor unitario final que adquieren como modificadoras del verbo de la oración. Algunos ejemplos de estas locuciones, elegidas porque tienen en común el hecho de comenzar con la preposición ‘a’, serán las siguientes: 

A regañadientes: Esta locución indica que algo se hace con disgusto o repugnancia.  Se ha formado con el verbo ‘regañar’ y el sustantivo ‘dientes’, precisamente porque uno de los significados del verbo ‘regañar’ es el de “mostrar los dientes en señal de rechazo”. Así: “Demostró su fastidio haciendo su tarea a regañadientes”. 

A boca de jarro: Esta locución, que puede ser también ‘a bocajarro’, indica que una acción se realiza repentinamente o, en el caso de tratarse de un disparo, que este se 
hizo desde una situación muy próxima a la víctima. Se suele también decir, en este caso,  ‘a quemarropa’: “A boca de jarro, me lanzó semejante pregunta” y “No pudo reaccionar porque le disparó a quemarropa”. 

A tontas y a locas: locución adverbial de carácter coloquial, toma el significado de “desbaratadamente, sin orden ni concierto”: “No me gusta su propuesta: siempre está hablando a tontas y a locas”. Como puede advertirse, más allá de su valor equivalente a un adverbio de modo, también podría señalar a un destinatario femenino de caracteres intelectuales no demasiado brillantes. Precisamente, se ha jugado sarcásticamente con esa ambivalencia en frases como “no estar predicando a tontas y a locas”, en que, por significado reflejo, se podría significar que no se está obrando desbaratadamente o que no se predica para mujeres poco inteligentes. 

A granel: Esta locución puede tener dos valores similares: para cosas menudas, como el trigo o el centeno, significará “sin orden, número ni medida”; si se la refiere a un 
género, tomará el valor de “sin envase, sin empaquetar”: “En esa zona de la ciudad, todo se vende más barato porque lo hacen a granel”. El origen se remonta al siglo XVI y al lenguaje náutico, pues aludía a los productos que se transportaban en las naves, en cantidad, a bulto y sin envase. 

A hurtadillas: Se usa esta locución para indicar “furtivamente, sin que nadie lo note”: “Se metió en el lugar a hurtadillas, sin que lo advirtiera el personal de seguridad”. Como puede notarse, ‘hurtadillas’ se relaciona con el verbo ‘hurtar’ y con el participio femenino ‘hurtada’, de este verbo. Ese vocablo ‘hurtada’ es equivalente a ‘hurto’ (robo) y todas las voces nos remiten al latín “furtum’ (“latrocinio”), “fur” (“ladrón”) y “furtivus” (“que se hace a escondidas”).   

Es de notar la formación de esta locución: en primer lugar, comienza al igual que todas las anteriores por la preposición ‘a’, para indicar manera; pero, además, ese diminutivo acabado en ‘-illas’, parecería atenuar la gravedad del hecho escondido. Hay otras formas españolas en que aparece este diminutivo, con la misma intención: ‘a escondidillas’ (“sin ser visto”); ‘a horcajadillas’ (“con una pierna a cada lado de la montura”); ‘en tanganillas’ (“bamboleante, con peligro de caerse”); ‘a pie juntillas’ (“con los pies juntos, firmemente”). 

A troche y moche: Se usa esta locución, también escrita ‘a trochemoche”, para señalar, coloquialmente, que algo se lleva a cabo en forma disparatada y desconsideradamente: “El tribunal aplazó alumnos a troche y moche”. Los vocablos ‘troche’ y ‘moche’ derivan, respectivamente, de los verbos ‘trocear’ y ‘mocear’; el primero significa “dividir en trozos”, mientras que el segundo tiene el valor de “cortar con la mocha”, esto es, con un   cuchillo ancho y curvo. Según el etimólogo Calles Vales, la expresión ‘a troche y moche’ remonta su origen al año 1400, cuando la reina Isabel la Católica mandó cortar las torres de los castillos, cuyos dueños eran nobles que le desobedecían reiteradamente. 

A diestra y siniestra: Esta locución posee la variante en masculino, ‘a diestro y siniestro’. Las dos versiones toman el valor significativo de “a todos lados y en gran cantidad”: “Distribuyó invitaciones a diestro y siniestro”.  Recordemos que ‘diestro’ proviene del adjetivo latino “dexter” (“derecho”) y “sinister” (“izquierdo”). 

A calzón quitado: locución adverbial, de carácter coloquial, cuyo significado es “sin empacho, descaradamente”. Va, por lo general, precedida del verbo ‘hablar’ y toma el valor de expresarse sin tapujos, en forma directa, sin circunloquios, con total franqueza.  Metafóricamente, quitado el ropaje (en este caso, las palabras superfluas), se desnuda la verdad.  

A mandíbula batiente: La expresión va, por lo general, 
precedida del verbo ‘reírse’. Toma el valor de “a carcajada tendida, con risa estrepitosa y prolongada”. ‘Batiente’ proviene del verbo ‘batir’ que posee, entre sus acepciones, la de “mover con ímpetu y fuerza algo”. En este caso, si la risa es muy estrepitosa, quien ríe siente que sus mandíbulas se mueven con fuerza, como efecto de sus carcajadas. 

Al pan, pan y al vino, vino: refrán de origen español, con plena vigencia. Con él, se pondera la franqueza, el habla llana y sin rodeos. Se recomienda decir para cada cosa lo que a ella corresponda; por eso, claramente, el refrán posee dos partes, en las que se repiten las palabras para dar a entender que se debe ser directo y frontal, sin dobleces, buscando para cada aspecto o tema únicamente la verdad que le es inherente.

A capa y espada: Esta expresión va precedida por los verbos ‘luchar’ o ‘defender’. Se aplica para indicar que esas acciones, respecto de un asunto o de una persona, se llevan a cabo a ultranza, decididamente y con empeño. Usada por Cervantes, la expresión implicaba una defensa a todo trance, por encima de todo. Así luchaban los caballeros, con la capa en el brazo izquierdo, para detener los golpes, y con la espada en la mano derecha. En cambio, los pícaros peleaban ‘a capotillo y puñal’.