Opinión Domingo, 13 de enero de 2019 | Edición impresa

A 80 años de la muerte de Lisandro de la Torre - Por Héctor Ghiretti

Por Héctor Ghiretti - Investigador del Conicet

En horas de la mañana del 5 de enero de 1939, en su pequeño departamento de la calle Esmeralda 22 de la ciudad de Buenos Aires, Lisandro de la Torre ponía fin a sus días de un disparo en el corazón. 

Sus últimos años fueron terriblemente difíciles: su empresa política más preciada, el Partido Demócrata Progresista, entraba en una espiral de declinación de la que no se recuperaría; su ambicioso emprendimiento rural en La Rioja se perdía sin remedio, a causa de una sequía interminable; su querido amigo el senador Enzo Bordabehere, había caído asesinado en el Senado al poner su cuerpo a unos disparos que iban dirigidos a él. Sus resonantes investigaciones sobre el comercio de carnes y el asesinato de Bordabehere, sus intervenciones sobre los proyectos de creación del Banco Central y la proscripción del comunismo no tenían ninguna consecuencia política duradera. 

El mundo se encaminaba en su conjunto a una confrontación brutal entre ideologías totalitarias que tenían como enemigo común a la democracia liberal, el ideal al que había consagrado su vida. No tenía siquiera una familia que lo consolara ni acompañara en el desolado invierno de la vida.

De la Torre fue actor y testigo privilegiado de medio siglo de la vida nacional. Había nacido en Rosario el 6 de diciembre de 1868 .Su padre  era un estanciero de filiación mitrista, su madre pertenecía a una familia de notables. Su andadura pública inició en las agitadas jornadas de la Revolución del 90, junto a su mentor, Leandro N. Alem.

Discípulo aventajado de Aristóbulo del Valle, fue un destacado líder juvenil de la Unión Cívica y posteriormente de la Unión Cívica Radical, participando en el  levantamiento de 1893. Le disputó el poder y también la concepción del partido a Hipólito Yrigoyen. La rivalidad se prolongaría durante décadas, enfrentándolos por la presidencia de la Nación en las elecciones de 1916.

Durante las décadas de 1910 y 1920 De la Torre participó destacadamente en los debates de la Cámara de Diputados y tuvo un polémico protagonismo durante los sucesos de 1930, pasando de ser el candidato presidencial preferido del general José Félix Uriburu a encabezar la Alianza Demócrata-Socialista, que se opuso a la fórmula oficialista en las elecciones de 1931. Durante la década siguiente escribió algunas de las páginas más memorables de la historia del Senado de la Nación.  

De la Torre fue una figura singular en el escenario político nacional. Combinó como pocos la acción política con la labor intelectual. Su trayectoria ideológica es igualmente atípica: es uno de los pocos liberales clásicos del s. XIX argentino, evolucionando desde una posición opuesta al estatismo, favorable al autogobierno, la descentralización, la protección y promoción de la propiedad privada y el libre mercado (véase su tesis doctoral sobre el régimen municipal) a una forma de liberalismo social, de ampliación de derechos y prestaciones, que lo acercaron a los postulados del socialismo democrático. Sus convicciones filosóficas cercanas al positivismo científico, adquiridas en su formación universitaria y sus múltiples y variadas lecturas, lo llevaron desde un laicismo complaciente a un definido anticlericalismo, acentuado en sus últimos años.

Su sólida coherencia ideológica (que paradójicamente lo hizo incurrir en más de un equívoco), su afilada lógica parlamentaria y su refinado estilo retórico, pero por sobre todas las cosas su intachable moral pública (algo que preservó de forma particular, al punto de no aceptar ni un cargo ejecutivo a lo largo de toda su trayectoria política), lo convirtieron en un referente obligado de la cultura política democrática y liberal de izquierdas durante dos décadas después de su muerte: en particular durante los años del peronismo clásico. Sus textos y los ateneos sobre su pensamiento y su obra fueron moneda corriente hasta iniciada la década del sesenta. Después fueron relegados al olvido: en la Argentina se discutían otras ideas y teorías que no tenían como inspiración principal ni el imperio de la ley ni el respeto por las instituciones.

Fue la segunda muerte de Lisandro de la Torre. Su figura perdió relevancia y referencialidad. Unos pocos hemos intentado resaltar  sus ideas y su obra: algunos desde la adhesión a ellas, otros desde la disidencia, pero todos vinculados por un común afecto a su figura. En tiempos en los que el país discute y se divide en torno a la vigencia de las instituciones republicanas, vale la pena volver a Lisandro de la Torre: sus luchas y sus afanes conservan una asombrosa actualidad.