Sup. Cultura Sábado, 14 de abril de 2018 | Edición impresa

2001: odisea del espacio, el acertijo como espectáculo

Con temas como la tecnología y el misticismo, en un relato que maravilló por los efectos especiales más extraordinarios de su época.

Por Pablo Pereyra - ppereyra@losandes.com.ar

El 2 de abril de 1968 tenía su avant premiere en Washington “2001: A Space Odyssey”. Allí comenzó el recorrido de la octava película del realizador neoyorquino por el mundo y en nuestro país se estrenó el 18. 

Éste era un relato inspirado en predicciones científicas meticulosamente investigadas y documentadas que agitaban a la comunidad académica en el entorno de la carrera espacial entre Estados Unidos y la ex URSS; una historia que también se aproximaba, osadamente, a desentrañar en el cine comercial implicancias filosóficas y metafísicas, dos temas que ahora sería imposible remarcar en el cine comercial de nuestros tiempos. 

Con un trabajo de producción que se expandió por cinco años, colaboró con el ambicioso Stanley Kubrick un gigantesco equipo de 36 diseñadores técnicos, representantes de 12 países que trabajaron en asociación con 40 científicos de investigación industrial repartidos a ambos lados del Atlántico. 

Su proyecto, tan elocuente como el positivismo frente a la tecnología espacial que dominaba el discurso social y político de la Guerra Fría - recordemos que un año después, Estados Unidos envió el hombre a la luna-, era totalmente visual, utilizando la potencia de la imagen como el gran catalizador de las sensaciones.

“Es una experiencia del tipo no verbal, -había afirmado Stanley en una entrevista-. Traté de crear una experiencia visual que trasciendiera las limitaciones del lenguaje y que penetrara directamente en el subconsciente, con su carga emotiva y filosófica”. 

Y fue así. Había llegado la hora de presentar la exploración espacial y el primer encuentro del hombre con la vida extraterrestre como nunca antes se había visto en el séptimo arte. 

¿Era mucho para un solo film de dos horas y 29 minutos? Sí, pero Kubrick ciertamente cumplió con su objetivo: no había que entenderlo todo en la narración. En realidad, había que sentirlo, dejarse llevar, como si estuviéramos viendo un anabolizado videoclip bajo los efectos de los ácidos alucinógenos que estaban de moda por aquellos años en la cultura hippie. 

El centinela 

Kubrick no se anduvo con pequeñeces. El guión fue escrito por él y el prestigioso escritor futurista Arthur C. Clarke (1917-2008), utilizando un cuento publicado en 1951 “The Sentinel”. Bautizado como el “profeta de la era espacial” por su prolífica obra de ciencia ficción, Clarke era parte de la trilogía del género formada por Robert Heinlein e Isaac Asimov. 

Kubrick y Clarke, según lo que ellos mismos admitieron, pasaron un total de 2.400 horas desarrollando el guión de “2001”, articulado en un primer formato como una novela.

Estos dos poderosos tótems, cada uno en su medio de expresión, arriesgaron el futuro financiero de la compañía MGM, cuyos dueños apostaron diez millones de dólares en la producción para arriesgarse en un film extraño y envolvente que ya se presumía de no estar al alcance de cualquiera, sobre todo cuando se adelantaba que uno de los temas centrales era el cuestionamiento de la existencia de Dios. 

“El sentido del misterio es la única emoción que se experimenta con más fuerza en el arte que en la vida”, había dicho Kubrick al preguntarle por los tópicos de su largometraje.

Si bien en la primera semana no llenó salas, sus maravillas y sus acertijos generaron un boca a boca sostenido y fueron los jóvenes sub 25 los que hicieron de esta película el mayor éxito de taquilla en la historia de la MGM. 

Y de paso, los seguidores del talentoso director disfrutaron del final más optimista de toda la filmografía de Kubrick, dejando al mismo tiempo un inmejorable espacio de ficción en el que se percibía una especulación excitante sobre el futuro de la tecnología y la condición humana.
Inteligencia Artificial

La obertura de “Así habló Zaratustra, op. 30”, el poema sinfónico compuesto por Richard Strauss en 1896, marcaba el cambio de secuencias temporales, arrancando con el prólogo del Pleistoceno, en la que el aterrizaje de un monolito parece hipotizar a los primates para que usen las herramientas como arma para sobrevivir.

Pero después otro salto: con el “Danubio azul” de Johann Strauss, convirtiendo un hueso lanzado al aire en una nave en forma de rueda que navega sobre la órbita de la Tierra. 

Más adelante, otro monolito en la Luna que inspira un viaje a lo desconocido a Júpiter en la nave Discovery. 

Una misión con astronautas en compañía de la súper computadora HAL 9000, el mejor personaje de la película, el cual confirma, en su desarrollo, en su locura, en su toma de decisiones, el gran mito de la ciencia ficción, en el que una máquina acaba siendo más humana que sus compañeros de viaje. 

HAL 9000, el diplomático perfecto, con el instinto de autopreservación desarrollado, astuto estratega, se transforma en un Prometeo desatado que se rebela contra su creador para hacerse dueño de su destino pero HAL es asesinado, convirtiéndose a su vez en el primer asesinato digital del cine. 

Cuando cruzamos al nuevo siglo, no llegamos a Júpiter como anticipaba la película pero se debió al excesivo optimismo con conquistar los planetas de la Vía Láctea que se respiraba en aquella época. 

“2001: A Space Odyssey” le dio la mayoría de edad al género de la ciencia ficción, que hasta ese momento sólo se desplegaba en la plataforma clase B, y con temas como las invasiones de monstruos extraterrestres y la paranoia de pensar a la ciencia como un monstruo apocalíptico. 

Reparó, aunque quizá no fue su intención primordial en Kubrick, en apuntalar el enorme poder popular del género. Hizo una película seria y marcaría el territorio imaginario que posteriormente inspiraría a Steven Spielberg, George Lucas, Ridley Scott, James Cameron y Christopher Nolan. 

Ha quedado claro: la película desafió las barreras desconocidas del tiempo y el espacio en el cine, en el camino hacia una reafirmación positiva de la condición humana. 

Una anécdota final: durante la proyección de estreno, 241 personas salieron del teatro, incluyendo a Rock Hudson, quien al final, frenado por un medio de comunicación, preguntó: “¿Alguien me dirá de qué demonios trata esto?”. 

Arthur C. Clarke dijo una vez: “Si entiende completamente ‘2001’, fallamos. Queríamos plantear muchas más preguntas de las que respondimos”.