Espectáculos Domingo, 4 de enero de 2015 | Edición impresa

Tito Francia: el diapasón azul

Eximio guitarrista, destacado compositor de música académica y popular, fue uno de los artífices del Nuevo Cancionero. Tito Francia representa un orgullo de Mendoza que trasciende las fronteras de nuestro país. Visitamos su casa y recordamos su obra a 1

Por Nicolás Sosa Baccarelli - Especial para Estilo

Podríamos comenzar diciendo que fue la guitarra toda, el nombre sagrado, el diapasón azul. Podríamos comenzar deslizando parcamente su nombre o mejor aún liberando al aire su apodo coronado de abrazos en la luminosa noche de Cuyo que lo hizo nacer y volver siempre (porque siempre volvió).

Repasar su camino de músico azorado, de punteador perplejo  ante  la música entera y recordar con justicia toda la historia, todos los pueblos que habitaron sus cuerdas, el porte de su nombre, el tamaño de su guitarra. Podríamos todo esto, como para empezar. Es que en Tito Francia se resume tanto…  

Nació y se crió entre músicos, en Mendoza, el 1 de marzo de 1926. Aprendió a leer música junto a sus hermanos, antes de tener edad para comenzar la escuela, y luego tomó clases de teoría y solfeo con Higinio Otero con quien también estudió piano. A los nueve años conforma un dúo junto a su hermano  y comienza a actuar por las radios mendocinas. Las radios: su principal escuela, y su casa.

Su aprendizaje musical continúa con otros maestros: José Plá, Enrique Trensal, Pedro Alcaráz y Núñez, y en el Conservatorio Gutiérrez del Barrio. Más tarde vendrían las clases de piano con Enrique Gelusini y con su amigo y también integrante del movimiento del Nuevo Cancionero, Juan Carlos Sedero.

El trabajo de su padre obligó a la familia a trasladarse muchas veces: Santa Fe, Tucumán, Buenos Aires. En Capital ingresó al Conservatorio Nacional pero no pudo concluir allí sus estudios ante la necesidad de volver a partir.

Luego continuó tomando clases de armonía, contrapunto, fuga y estudios superiores de guitarra en Estados Unidos, en uno de sus viajes. En rigor de verdad nunca dejó de sumergirse en el estudio del instrumento.

A los 17 años ingresa como músico estable en radio Splendid. Pasa luego a radio Aconcagua apenas se inaugura, de la mano de su director, Julio  Pozo, a quien él siempre consideró su segundo padre.  Como en su casa no tenía piano y en radio Aconcagua sí había uno, Tito contaba que llegaba  muy temprano para poder estudiar en ese piano. Aquí comienza a trabajar con quienes se transformarían muy pronto en sus amigos y compañeros de ruta: Bértiz, Ochoa, Gullo y Honorato. 

El próximo  salto lo da al ser convocado por Antonio Tormo. Aquí comenzaron las giras por el país y las actuaciones en radios porteñas de amplia audiencia tales como Radio El Mundo y Radio Belgrano.  Por estos años Francia toca en un conjunto de jazz y en los Trovadores de Cuyo con Hilario Cuadros. Deja el conjunto de Tormo para volver a Radio Aconcagua: él quería estar en Mendoza.

Su trabajo en las radios dura hasta mediados de la década del 60, momento en el cual las emisoras comienzan a prescindir de la música en vivo.  Por estos años Tito continúa trabajando en locales nocturnos hasta que surge la posibilidad de viajar a Estados Unidos. Después de esto viene una etapa de giras por oriente: Hong Kong, Tokyo, Taipei, Bangkok, y vuelve a América: Puerto Rico y Canadá. “String

Brothers” era el nombre del grupo, integrado por músicos argentinos y con un repertorio muy variado que abarcaba desde la música popular hasta la clásica. “No aguantaba más afuera” dijo en una entrevista. No soportaba estar tanto tiempo fuera de su provincia, lejos de sus afectos. 

En junio de 1974 ingresa como profesor adjunto de guitarra a la Escuela de Música de la Universidad Nacional de Cuyo y se mantiene en el cargo hasta 1986. 

La guitarra toda

Tito Francia representa una atrapante figura de la música, fue (es porque está claro que no ha muerto) un músico del encuentro, un punto de unión entre dos territorios generalmente escindidos: la música popular de raíz folclórica y la música académica. 
Su sólida formación, su conocimiento de diversos y complejos lenguajes musicales, su solvencia armónica, de lectura y escritura, de arreglos y orquestación,  lo mantuvieron distante del arquetipo de músico popular de su época, del paradigma del guitarrista folclórico de su tiempo.

Asimismo su larga trayectoria en el mundo de la radio donde acompañaba a voces de los más diversos estilos y texturas, su apego por la tierra que lo vio nacer,  lo mantuvieron ligado a esos géneros en los que muy pronto descolló: el folclore y el tango. 

En este último género acompañó a distinguidas figuras entre las que recordamos Alberto Marino, Roberto Rufino, Roberto Goyeneche, Tita Merello, Rosanna Falasca, Nelly Vázquez y Edmundo Rivero con quien viajó a  los Estados Unidos en una comitiva de la que también formaba parte Astor Piazzolla. 

Entre los innumerables grupos musicales que Tito integró y dirigió, Mendoza pudo disfrutar del célebre dúo que conformó junto al bandoneonista Andrés “Polaco” Krisac. Testimonio del afecto que Francia tenía por Krisac, es el tango que compuso en su homenaje y que formó parte de su disco “Polifacético”.

Pasó su vida enseñando, en esa casa histórica de Manuel A. Sáez por donde pasaron tantos músicos, hoy destacados, y orgullosos de su maestro. En esa misma casa su hija, la bailarina Mildred Francia, y su yerno, el músico Roberto Tristán atendieron a Los Andes para conversar sobre Tito. 

“Para mí hablar de Tito Francia es hablar de mi papá, en primer lugar. Tengo muchos recuerdos muy lindos… los domingos que me los dedicaba a mí. Salíamos al parque, al lago, al rosedal… Vivir con él tuvo también sus complicaciones, era un hombre muy solitario, le gustaba encerrarse al fondo, en silencio y allá se pasaba el día componiendo…” cuenta Mildred. Ese “fondo” es una pequeña cabaña ubicada al final de la propiedad donde Francia vivió sus últimos años. Por ese jardín de atrás se pasearon Mercedes Sosa, Cuchi

Leguizamón, Armando Tejada Gómez y tantos más. Allí tenía sus guitarras y el piano, su instrumento fundamental. “Paradójicamente Tito no tenía un gran amor por la guitarra como se podría pensar… Para él la guitarra era su instrumento de trabajo. Él componía en el piano”, recuerda Tristán, su yerno, con quien compartió muchos años. 

El legado

Cultivó toda la música con tesón y maestría.  Podríamos decir que el mundo (sí, el mundo, porque Francia llegó a remotísimos lugares con su música) lo vio pulsar el diapasón de su guitarra en prestigiosos escenarios. Tito abarcó la radio, los locales nocturnos y la sala de conciertos con la misma elegancia e idéntica presencia.

Su nombre está íntimamente ligado al surgimiento y desarrollo del Nuevo Cancionero, ese proyecto estético iniciado allá por 1963 aquí en Mendoza, que logró abrir una perspectiva nueva en la historia de nuestra música popular y brindó un impulso de renovación al canto de Latinoamérica. El aporte de Francia a este movimiento fue fundamental: él fue quien proveyó al grupo de diversas tradiciones musicales, de frescas melodías, de armonías insospechadas. 

En 1973 junto a Santiago Bértiz nos regalaron,  “Fiesta para cuerdas”: Bach, Paganini, Rimski Korsakov, Chopin, Piazzolla, Emilio Balcarce y obras de autoría del propio Francia, componían esta joya discográfica. Pocos géneros le fueron ajenos: tangos, canciones, cuecas, zambas, boleros, baladas, valses, música brasileña, foxtrot, tonadas, litoraleñas, vidalas, milongas.

Al mismo tiempo se volcó apasionadamente a la composición e interpretación de música académica, dejando una nutrida obra lamentablemente poco difundida. 
Pronunciar el nombre de Tito Francia es nombrar obras de la altura de Zamba Azul, Regreso a la tonada, Zamba de los adioses.

 Pero también es la Suite Ruralia, la Sinfonía Hiroshima, su Sonata para piano, sus conciertos para guitarra, para piano, para violín, sus poemas sinfónicos, sólo por nombrar algunas obras.

Su inserción como intérprete en circuitos de música clásica fue escasa, por razones no siempre fáciles de comprender.  Entre sus experiencias en estos círculos recordamos su actuación como solista en el estreno de su obra Ruralia, el concierto junto a Albertina Crescitelli, y algunas ocasiones donde ejecutó piezas para guitarra como sus Estudios.

El catálogo de obras realizado por el mismo compositor para la elaboración de la entrada léxica correspondiente a su persona para un diccionario de música española e hispanoamericana, fue completado por la profesora María Inés García en su libro “Tito Francia y la música en Mendoza. De la radio al Nuevo Cancionero” (Gourmet Musical Ediciones, Buenos Aires, 2009).

La nómina (que comienza en 1941 y finaliza en 1992, y en la predominan las obras inéditas  y  sin estrenar) revela algunos datos por demás interesantes.

Siguiendo la división que trazó el propio Francia, encontramos 70 “obras clásicas” y 94 “obras populares” (éstas son las denominaciones que utilizó). Un total de 164 composiciones que actualmente son objeto de estudio por un equipo de investigación de la Universidad Nacional de Cuyo, dirigido por la profesora García.

De cada uno de sus viajes volvía inspirado por un profundo amor a Mendoza. “Es tan difícil arrancarlo de su Mendoza natal como trasplantar una araucaria” dijo Tejada Gómez, su amigo.

El 30 de diciembre de 2004, partía Tito Francia. Inclinada al arrullo profundo del diapasón, toda la música lloró sobre seis surcos sonoros, sobre su guitarra buena que ya no es suya, porque es de todos.