Sup. Cultura Sábado, 21 de febrero de 2015 | Edición impresa

Susurros y secretos que juegan al compás

En esta nota, un análisis sobre aquella intertextualidad de la que se nutre nuestra canción ciudadana y que constituye su fuerte anclaje poético.

Por Nicolás Sosa Baccarelli - Especial para Cultura

Alguna vez contó el gran poeta e historiador del tango Horacio Ferrer que fue a visitar a don Raúl González Tuñón. Ferrer habló de “influencias”.

 González Tuñón lo paró en seco: “En el arte no hay influencias, hay fatalidades de la afinidad”, sentenció. 


Algunas de esas “fatalidades” tuñonianas -seleccionadas con un criterio absolutamente arbitrario- hemos querido tratar en esta nota. 


Sin embargo propongo al lector dos escalas en este recorrido: primero veamos algunos homenajes explícitos de los poetas del tango a otros escritores, y luego sí, algunos otros casos de “influencias” -muy notorias-  pero no reconocidas expresamente por sus autores.


Guiños y homenajes
Un testimonio de la admiración que muchos poetas tangueros sentían por la cultura francesa es “Griseta” (1924), con letra de José González Castillo.

Esta obra es un desfile de emblemáticos personajes de la narrativa francesa: “Mezcla rara de Museta y de Mimí/con caricias de Rodolfo y de Schaunard,/era la flor de París/que un sueño de novela trajo al arrabal...”.

Museta, Mimí, Rodolfo y Schaunard, pertenecen a “Escenas de la vida bohemia” (1851) de Henri Murger, cuya versión teatral (“La vida bohemia”) inspiró dos óperas (una de Puccini y la otra de Leoncavallo), además de operetas, zarzuelas y muchos años después, un musical y una película. 


Larga es la nómina de menciones y homenajes que Evaristo Carriego ha merecido por parte de poetas y compositores del tango. Veamos dos letras. 
Homero Manzi rinde culto a Carriego en “El último organito”(1949).

Una obra elegíaca donde se ve al último de estos mágicos artefactos, deambular con paso lerdo “hasta encontrar la casa de la vecina muerta, de la vecina aquella que se cansó de amar” y entonces, versifica Manzi, “allí, molerá tangos para que llore el ciego,/ el ciego inconsolable del verso de Carriego,/ que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral”. Se trata del mismo personaje que aparece en su tango “Viejo ciego”, escrito muchos años antes. 


Enrique Cadícamo hace lo propio en el tango “De todo te olvidas (cabeza de novia)” (1929), al preguntarle a la muchacha triste: “¿Acaso tu pena es la que Carriego/ rimando cuartetas a todos contó?”, refiriéndose, claro está, al poema “Tu secreto” que integra las “Misas Herejes” (1908) de Carriego.  


La influencia del modernismo sobre la poética del tango merece un capítulo aparte. Nos es grato recordar apenas una mención: el homenaje rendido por Cadícamo a Rubén Darío.

El gran poeta nicaragüense es mencionado en “La novia ausente” (1933), en estos versos: “Al raro conjuro de noche y reseda/ temblaban las hojas del parque también/ y tú me pedías que te recitara/ esa sonatina que soñó Rubén”  Y aquí el intérprete comienza a recitar “La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa (...)”. 


La Comedia Francesa y la italiana (Commedia dell’Arte) también tienen su lugar en la historia del género que nos ocupa. Existe en el tango un amplio registro de personajes extraídos de aquellas tradiciones dramáticas, y especialmente de elementos ligados al carnaval (sobre este tema existen más de 80 composiciones).

Por ejemplo, Pierrot y Colombina, aparecen en diversos tangos. Pensemos en “Pobre Colombina” (1927) de Emilio Falero,  y en el aún más conocido “Siga el corso” (1926) de Francisco García Jiménez. El Arlequín, también es una figura frecuente en la poética tanguera (a título de ejemplo recordemos “Soy un arlequín”, 1929, de Enrique Santos Discépolo). 


Las “fatalidades”
Fue el escritor e investigador de tango, Ricardo Ostuni, el que hizo notar la evidente similitud entre algunos versos de “Los mareados” (1942) y el poema “Finale” del francés Paul Geraldy.

La pieza se publicó en su libro “Toi et Moi” (“Tú y yo”) en 1913 y dice así: "Así, ahora, tú vas a entrar en mi pasado”. El diario El País de España, señalaba, en ocasión del fallecimiento de Geraldy, en marzo de 1983, que se habían llegado a vender más de un millón de ejemplares de ese libro.

Tal vez uno llegó a manos de Cadícamo. En tal caso, lo debió haber leído con gusto, acostumbrado a los versos de Verlaine, de Baudelaire, y de otros popes de la poesía francesa. 


Dice Gerlady en la versión de Ismael Enrique Arciniegas: “Y qué grandes creímos nuestros dos corazones, /¡y qué pequeños! ¡Cómo nos quisimos tú y yo!/ ¿Recuerdas otros días? ¡Qué gratas ilusiones!/Y mira en lo que ahora nuestra pasión quedó”.

Hay un indudable parecido con el tango de Cadícamo: “Hoy vas a entrar en mi pasado/y hoy nuevas sendas tomaremos.../¡Qué grande ha sido nuestro amor!.../Y, sin embargo, ¡ay!,/mirá lo que quedó...”. 


Si continuamos la lectura de Geraldy también podemos descubrir versos que nos recuerdan mucho más al tango “Rubí” (1944) del mismo Cadícamo (en un asombroso parecido) que a “Los mareados”.

Dice el poeta francés: “Con que, entonces, adiós. ¿No olvidas nada?/ Bueno, vete... Podemos despedirnos./ ¿Ya no tenemos nada que decirnos?/ Te dejo, pues, irte… Aunque no, espera,/espera todavía/que pare de llover… Espera un rato (…) ¿De modo que te he devuelto todo?/ ¿No tengo tuyo nada?/ ¿Has tomado tus cartas, tu retrato?...”


Dice Enrique Cadícamo en “Rubí”: “Ven… No te vayas…/ Que apuro de ir saliendo./ Aquí el ambiente es tibio/ y afuera está lloviendo./ Ya te he devuelto/ tus cartas, tus retratos./ Charlemos otro rato/ que pronto ya te irás.” 


Homenajes, guiños, influencias, fatalidades de hombres que vibran en las mismas emociones, que van y vienen en el universo de la poesía, que como el otro - el celeste- es uno solo.