Sociedad Miércoles, 17 de agosto de 2016 | Edición impresa

San Martín en el Gran Mendoza: El Plumerillo y alta montaña

Tras la creación del Ejército de los Andes y su posterior nombramiento como Capitán General de dicha fuerza, el prócer dejó el cargo de gobernador intendente para dedicarse a la tarea militar.

Por Carla Romanello - cromanello@losandes.com.ar

Tras la creación del Ejército de los Andes, el 1 de agosto de 1816, y su posterior nombramiento como Capitán General de dicha fuerza, San Martín dejó el cargo de gobernador intendente para dedicarse de lleno a la tarea militar.

En ese contexto, cobró central importancia el Campo de Instrucción, conocido hoy como El Plumerillo, lugar donde los miembros del ejército se dedicaron a practicar las maniobras de batalla.

Si bien la tradición oral marca que las tropas se instalaron allí entre el 30 de setiembre y el 1 de octubre de 1816, en el libro dedicado al sitio de Carlos Campana y Ana Castro se asegura que recién en diciembre todos los efectivos estuvieron ubicados en el campo de instrucción.

En épocas de San Martín, ese espacio contaba con entre 70 y 80 hectáreas, pero hoy se ve reducido a 4, ubicadas entre las calles Independencia y Lisandro Moyano de Las Heras, tal como relató Claudia Barraco, guía de visitas especiales. Allí se ofrecen recorridos tanto para turistas como para escuelas que se incrementan durante el mes de agosto.

Lo que se pretende mostrar es una recreación de lo que es un campo de instrucción, por lo que la visita comienza por las barracas -construcciones de paja y adobe- donde se alojaban los soldados. En su interior funciona una especie de museo con réplicas de ropa y armamento utilizado durante la guerra. En el centro del predio se erige un monumento que representa la liberación de Argentina, Chile y Perú.

“Les contamos cómo era un día de instrucción para que puedan ponerse en la piel de los soldados. La jornada comenzaba a las 6 de la mañana, horario en que se despertaba a la tropa y se le daba su ejercitación. Paraban al mediodía para comer y continuaban a la tarde. A la noche llegaba el momento de aseo personal y del uniforme. Los sábados se daban tácticas y estrategias de guerra y los domingos se oficiaban misas y se permitían las visitas de familiares”, describió Barraco. 

Una vez listas las tropas, en enero de 1817 partieron para concretar el Cruce de los Andes. El ejército se dividió en seis columnas, pero dos de ellas fueron las principales: una comandada por el general Las Heras, que se dirigió por el Paso de Uspallata, y la otra por San Martín, que cruzó por el Paso de Los Patos o de las Llaretas. 

La historia cuenta que todo el Ejército partió junto desde el Plumerillo y que las columnas se dividieron donde hoy se erige el monumento de Canota en la ruta hacia Villavicencio. Sin embargo, Campana aseguró que no se trata del lugar preciso donde se produjo la división, sino que se toma como un punto simbólico.

“El monumento actual se erige en 1935 por proyecto del gobernador Ricardo Videla, dispuesto a marcar hitos sanmartinianos en la ruta 7 como atractivo turístico”, narró. El problema fue que una crisis de ese momento limitó los fondos de la iniciativa. “Los ministros de Videla donaron parte del sueldo para construir ese hito en Canota, pero no porque ahí se dividió el ejército, sino como simbólico”, explicó.

En el punto elegido, se construyeron muros al costado de la ruta que lucen pintados de un impecable blanco. El sitio atrae a gran cantidad de visitantes, que lo eligen tanto para hacer asados como para tomar mate. 

Tal como informó Campana a 7 kilómetros de allí se encuentra la primera estancia donde se alojó San Martín en su camino hacia el Paso de Los Patos, conocida como El Jagüel.

“Le siguen las estancias 19 de Enero, Las Higueras, El Carrizal Norte, Las Cuevas Norte y Yalguaraz. Son postas en las que estuvo San Martín hasta llegar a Manantiales en San Juan”, señaló el historiador. La característica de estas estancias, que asegura están intactas, era que les permitía descansar y dejar pastar a los caballos. 

Alta montaña

Durante su gobernación y posteriormente, San Martín visitó la alta montaña, donde desarrolló maniobras estratégicas para lograr su cometido. En octubre de 1814 estuvo en la estancia de Uspallata, complejo ubicado en la localidad de montaña del mismo nombre.

“Ahí estuvo San Martín apostado unos días cuando recibió a los exiliados chilenos que perdieron en Rancagua, entre ellos O’Higgins”, aseguró Campana. Según relató, se trataba de un espacio grande en donde posteriormente, 1817, va a acampar Las Heras en su camino hacia Chile.

La estancia estaba ubicada, tal como precisó el historiador, frente al actual casino donde hoy se erige la Plaza de los Artesanos. Se trata de un punto desconocido por muchos, que luce caminos de piedra, bancos y vegetación. Durante los fines de semana se reúne gran cantidad de personas que se interesan por los productos artesanales locales. 

En ese mismo viaje, tal como remarcó el experto, el General creó una guardia en las inmediaciones del arroyo Picheuta. “San Martín buscó lugares para frenar un posible ataque realista y Picheuta fue uno de ellos”, dijo. Según explicó, se encuentra en la desembocadura del arroyo y del río Mendoza, del otro lado donde se ubica el famoso puente Picheuta, pero no puede observarse desde la ruta. 

Más arriba, en el camino que llega hasta el túnel Cristo Redentor se encuentran otros de los puntos en donde estuvo San Martín que son desconocidos por la mayoría. Se trata de las casuchas, una serie de refugios construidos en 1774, pensados para aquellos que cruzaban hacia Chile.

Hoy en día se encuentran dos en pie: una pasando Punta de Vacas y la otra en Las Cuevas, antes de la curva de la Soberanía yendo hacia el oeste. “San Martín estuvo allí en viajes posteriores al cruce. Él regresa en dos oportunidades y viene por el mejor camino, que es el de Uspallata”, subrayó Campana.

Un recorrido hacia la zona de alta montaña permitió avistar una de estas casuchas, que se encuentra al lado izquierdo de la ruta casi camuflada porque ostenta el mismo color rojizo de las piedras. Se trata de una pequeña construcción de ladrillos, con una sola abertura y techo a dos aguas que permitía que la nieve no se acumulara. 

Araceli Pelegrina, propietaria del refugio de montaña y museo Mundo Perdido, fue una de las únicas pobladoras de la zona que sabía de la existencia de las casuchas. “Originalmente eran 12 y fueron construidas por el padre de O’Higgins pensadas para todos aquellos que cruzaban la cordillera”, narró la mujer, que reconoció interesarse mucho por la historia del lugar donde vive.

“Con una arqueóloga visitamos las dos casuchas y en una encontramos inscripciones de la época de San Martín”, aseveró satisfecha. Ella lamentó que no estén señalizadas y que no se las valorice como se merece.