Más Deportes Martes, 10 de septiembre de 2013 | Edición impresa

Raimundo Orsi, "maestro de maestros”

Por Producción: Carlos Campana - Textos: José Félix Suárez

Las charlas con Raimundo Bibiani   Orsi se repetían con frecuencia a fines de la década del ‘60 en su casa de la calle Italia, en el barrio Trapiche de Godoy Cruz, donde residía con Eva, su segunda esposa, de nacionalidad chilena.    
 
En otras ocasiones esas amenas reuniones continuaban en sobremesas que se prolongaban hasta bien entrada la noche en la “Parrillada Arturito”, propiedad de su gran amigo Arturo López o en la pizzería “Un Rincón de la Boca” de la calle Las Heras.

A esos agradables encuentros plenos de nostalgia y melancolía en los que “Mumo” hacia un repaso de su vida solían sumarse Nicolino Locche, el Turco Jorge Julio y el colega Enrique Romero, entonces periodista de este diario y corresponsal de El Gráfico en Mendoza.

En mi caso, porque me encontraba en el comienzo de mi carrera de periodista deportivo que había iniciado en el periódico Aquí Deportes de Mendoza, en 1966 y continuado en la sección Deportes de Los Andes, a partir del mes de marzo de 1967, constituía todo un acontecimiento estar tan cerca de ese singular personaje único e incomparable, tan popular y tan respetado, considerado una leyenda del fútbol mundial.

Orsi había sido uno de los futbolistas más notables del amateurismo con el antecedente, que en 1934 se había consagrado campeón del mundo con la selección italiana.
 
Era un verdadero privilegio poder entrevistarlo, escucharlo y sonreír cuando contaba con ingenio y picardía muchas de sus  anécdotas más graciosas, en las que podía nombrar a Carlos Gardel, a su compadre Renato Cesarini y a Benito Mussolini, conocido como  “Il Duce”, que gobernó Italia bajo el régimen fascista en la época que Orsi jugó en ese país.
 
“Venga, charlemos con el Viejo”, fue el llamativo título de un artículo de mi autoría editado allá por 1968, en el Suplemento Deportivo de nuestro diario, que Rodolfo Braceli había ideado un año antes.
 
En esa y otras notas de la época  “Mumo” recorría toda la geografía de su inmensa trayectoria junto a su inseparable novia,  la pelota, y traía a esa mesa de  recuerdos, encanto y fantasía los hechos más salientes de su rica obra futbolística.

Orsi nació un 2 de diciembre de 1901 en  Barracas al Sud, partido de Avellaneda, Buenos Aires, y murió el 6 de abril de 1986, en Las Condes, “en mi obligado exilio de Chile”, como le contó a  Jorge Armando Lito Silva, dirigente del Deportivo Maipú, uno de los últimos amigos que lo visitó en Santiago, poco antes de su muerte.

Tenía entonces 85 años de edad, residía en la casa de una hermana de su mujer fallecida años antes, y cuando salía a caminar por las angostas calles y pintorescas arboledas de la residencial zona en que vivía se hacía guiar por un perro ovejero alemán que era entonces su permanente compañía.
 
“Mumo” se había quedado ciego por la progresiva pérdida de la visión  y -aunque no lo  admitía- en su fuero más íntimo no deseaba que los mendocinos lo vieran así. Es que Orsi era un mendocino más desde aquel lejano 1952, cuando llegó como entrenador al Deportivo Maipú por gestión de don Elías Latuf, directivo Cruzado que siempre se jactó del acierto de esa contratación.

Quizá vino por una temporada, quizá por alguna más, pero se quedó tres largas décadas, hasta que en 1982 se trasladó a Chile, donde murió cuatro años después. “Se fue en silencio, en la soledad de su destierro, lejos de su amada Mendoza, sin la postrer despedida de quienes tanto lo queríamos”, recuerdo que escribí en  respuesta a la dura noticia de su triste partida.

Desde su nacimiento a principios del siglo XX  “Mumo” creció junto a sus dos grandes pasiones: la música y el fútbol. Durante diez años estudió en el Conservatorio de Música de la ciudad de Buenos Aires, donde fue un alumno tan aventajado que  aprendió a tocar el violín.
 
Al mismo tiempo comenzó a jugar al fútbol como puntero izquierdo en las divisiones inferiores de Independiente de Avellaneda. Su debut en Primera División se produjo en 1920, en una recordada delantera que formaban   Zoilo Canaveri, Alberto Lalín, Luis Ravaschino, Manuel La Chancha Seoane y Raimundo Orsi y que según las crónicas de la época hacían maravillas dentro de la cancha cuando se inspiraban. 

Con los Rojos de Avellaneda logró los títulos amateurs de 1922 y 1926, que recientemente en una reparación histórica han sido reconocidos de manera oficial por la Asociación del Fútbol Argentino, por lo que ahora tienen igual valor que los del profesionalismo.  Así también tres ediciones de la Copa Competencia desarrolladas en 1924, 1925 y 1926 también organizadas por la Asociación Amateur.

Entre 1923 a 1928 actuó en la Selección Argentina, en la que señaló tres goles en quince partidos, fue campeón sudamericano en 1927 y subcampeón olímpico en 1928 en Amsterdam, Holanda, al perder en la final contra Uruguay. En esa época fue contratado por la Juventus de Italia, donde logró cinco campeonatos consecutivos entre 1931 y 1935 y donde tuvo como compañeros a otros dos futbolistas argentinos: Luis Monti y Renato Cesarini, con quien forjó una amistosa relación que perduró en el tiempo.

En la “Vecchia Signora” (“Vieja Señora”), donde también ganó la “Copa Dr. Geró” en 1930 y 1935, disputó 177 partidos oficiales y marcó 78 goles producto de una suma de virtudes: velocidad, pique, habilidad, gambeta y definición. Convocado a la selección italiana de fútbol, que pudo integrar por su condición de oriundo al ser  hijo de padres italianos, llegó a jugar 35 partidos internacionales, con 13 goles.
 
Integró además aquel recordado equipo que se consagró campeón del mundo en 1934 junto a otros tres argentinos: Luis “Doble Ancho” Monti, Enrique “Indio” Guaita y Atilio De María. En aquel Mundial “Mumo” marcó tres goles: dos en la goleada 7 a 1 frente a los Estados Unidos y el del transitorio empate en la final, cuando Checoslovaquia ganaba 1 a 0, hasta que en el alargue Schiavio señaló el gol de la victoria 2 a 1.

En su retorno a la Argentina en 1935 se reincorporó a Independiente para jugar posteriormente en  Boca Juniors (1936), Platense (1937) y Almagro (1938). A los 40 años continuó su carrera en Peñarol de Uruguay, porque era el club de la colectividad italiana en Montevideo y más tarde en Flamengo de Brasil, donde obtuvo el título del campeonato carioca. Incluso en 1936, con 35 años volvió a ser convocado a la Selección Argentina.

El gran DT

Luego de su retiro oficial Orsi inició su carrera de entrenador, que en sus comienzos lo llevó a trabajar en México y en varios países de Centroamérica, hasta que en 1952 el azar del fútbol lo trajo a nuestra provincia, donde desarrolló la etapa más exitosa de su nueva actividad. Resultó dos veces campeón con Deportivo Maipú (1953 y 1958), cuatro con Independiente Rivadavia (tres consecutivos en 1960, 1961 y 1962 y el restante en 1965) y uno con el Atlético San Martín (1966, equipo que también dirigió en el primer Nacional de 1967).

También  pasó por Godoy Cruz Antonio Tomba, Andes Talleres Sport Club, Gutiérrez Sport Club, Leonardo Murialdo y en varias oportunidades en la Selección Mendocina, como en el Campeonato Argentino de 1966 por la Copa “Adrián Beccar Varela”.

Cuando hablaba de Carlos Gardel sonreía feliz y no dejaba de evocar aquel viaje a París, luego de perder con Uruguay en la final de los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928: “El Zorzal estaba actuando en París y convidó a toda la delegación a comer un puchero en el cabaret “El Garrón”, que era propiedad de un argentino.

Como sabía que yo tocaba el violín pidió prestado un Stradivarius a un músico de la sinfónica que tocaba en el lugar y me invitó a que subiera al escenario para acompañarlo mientras interpretaba La Cieguita. Como los muchachos estaban muy alegres comenzaron a festejar tirándose miguitas de una mesa a otra hasta que todo terminó a los golpes y los empujones. En la confusión yo le pegué a un cliente con el violín en la cabeza y antes de que llegara la policía nos escapamos corriendo del local.

Al otro día nos andaban buscando para que pagáramos el instrumento que era carísimo, pero ya nos habíamos embarcado y nos salvamos de milagro”. Con la misma picardía hablaba de su compadre el “Tano” Renato Cesarini: “Como él estaba dirigiendo a River a fines del ‘56 lo hice viajar a Mendoza para que viera a Pedro Manfredini, el nueve que yo tenía en Maipú. Cuando lo vio me dijo: ‘Pero…qué le pasa compadre.

Se me está poniendo viejo…Qué me ofrece, mire cómo se pisa los talones cuando corre”. Quedé tan dolido que me dije a mí mismo: “El compadre me las va a pagar, ahora me lo llevo a Racing y después lo recomiendo a Italia”. Cuando Renato se enteró me vino a pedir disculpas pero yo le contesté: ‘Usted se lo perdió, compadre”.

Entre las vueltas de café, la noche seguía despierta bajo un manto de estrellas, mientras el querido “Viejo” continuaba su relato y arrancaba más sonrisas, hace casi cincuenta años.