Sup. Cultura Sábado, 14 de marzo de 2015 | Edición impresa

Norma Huidobro: “El humor suele estar presente casi siempre en mis libros”

La escritora presenta “Cleopatra lo sabía”, un policial para jóvenes, con guiños cómicos y algunas reflexiones sobre los típicos malos entendidos que pululan por las redes sociales.

Por Nancy Giampaolo - Especial para Cultura

Me podrías dar una síntesis argumental de "Cleopatra lo sabía"…

-Es una novela juvenil; un policial con tintes de comedia, por decirlo de algún modo. Hay un asesinato, desde luego, pero también unos cuantos enredos y malentendidos que conducirán al desenlace, hay personajes de edades variadas.

Y un blog, también, que se va intercalando con la narración principal y que se relaciona con el caso. Los personajes protagónicos no son adolescentes, sino adultos (jóvenes, pero adultos). En fin, no quiero dar más detalles, ya que el libro saldrá en mayo, durante la feria del libro.

-¿Cómo es esto de mezclar policial con comedia?

-En realidad, esa mezcla de policial con comedia es algo que suelo hacer; tengo unas cuantas novelas para chicos con estas características (“El misterio del mayordomo”, “El misterio de la casa verde”, “Sopa de diamantes”, la serie de “Los casos de Anita Demare”). El humor suele estar presente casi siempre en mis libros, en determinados personajes, en ciertas situaciones; creo que es uno de los rasgos de mis novelas infantiles y juveniles.

Siempre pienso que esto tiene que ver con el cine, con las películas argentinas que veía de chica; películas viejas de las décadas del 40 y principios de los 50, que yo veía por televisión a comienzos de los 60. Muchas eran comedias de tipo policial o de misterio, con detectives; con enigmas en colegios de señoritas, resueltos por alguna de las alumnas más avispadas; siempre con enredos y humor.

Era el cine de Niní Marshall, de María Duval, de Juan Carlos Thorry y las hermanas Legrand, entre tantos otros actores y actrices de aquellas décadas. Y yo era una niña que miraba esas películas en la tele y que pensaba que eran increíblemente viejas, cuando en realidad, como mucho, tendrían veinte años.

La novela de género policial recién la conocí a los trece años, cuando llegaron a mis manos unos cuantos libros de la colección “El séptimo círculo”, que dirigían Borges y Bioy Casares. 

-Y lo del blog, ¿cómo se articula?

-Lo del blog fue simplemente porque quería hacer algo con las redes sociales; primero se me ocurrió el Twitter y me puse a investigar un poco. Pensaba en un crimen que se resolviera a partir de un tuit de alguien que comentaba algo que, con el tiempo, llegaría a incriminarlo (a él o a otro) y de ese modo se lograba resolver el caso.

Después pasé al blog porque esta forma me permitía explayarme más, pintar mejor al bloguero y a sus seguidores. Lo que me interesaba era la cosa chismosa, el malentendido, el engaño, el disfraz, todo lo que se da tan bien en las redes.

-¿Cuándo empezaste con este libro y cuál fue el primer o los primeros disparadores?

-Lo empecé en mayo de 2013 (revisé mi cuaderno de notas para ser precisa en el dato). El disparador fue la idea de pensar en una trama en la que tuvieran lugar las redes sociales; lo que conté antes: pensé en el Twitter y finalmente quedó el blog.

Quería eso de ir intercalando una narración central con otra, periférica, como la del blog, pero decisiva para el desarrollo de la historia.

-¿En qué otros textos estás trabajando?

-Estoy con dos novelas, una de adultos y otra juvenil. Al principio fui escribiendo un poco de cada una, pero siempre llega un momento en que me decido por una, sigo hasta el final, y después retomo la que dejé. Ahora estoy en ese momento de la decisión y casi casi segura de que seguiré con la de adultos.

La juvenil tendrá que esperar un poco. No te cuento los argumentos porque es algo que nunca hago hasta que el libro esté terminado. También estoy corrigiendo unos cuentos (para adultos) que ya tienen algunos años y cada tanto los saco, los leo y los vuelvo a trabajar. 

Fragmento del Capítulo 1: 
“Si te vas, me mato”

(…)
No hizo más que apretar el botón del ascensor cuando oyó los gritos. Otra vez, pensó. ¿La última había sido el lunes…? El lunes, sí; y la semana anterior, casi todos los días, incluyendo el sábado. Pararon el domingo, lunes otra vez, descanso el martes y ahora de nuevo. Linda manera de recibir la primavera, dijo para sí, y entonces recordó la flor de papel que esa mañana le habían regalado en el restaurante donde había almorzado con sus compañeras como festejo del 21 de setiembre: una rosa roja de papel crepé con tallo de plástico, que había colocado en el portalápices de su escritorio. “Qué bien”, había dicho una de las chicas, “por lo menos no tiene espinas”. 
A medida que el ascensor se acercaba al quinto piso, la voz de la vecina crecía y, como un látigo, azotaba paredes, puertas, ventanas. El edificio entero se conmovía por el grito desgarrado de la mujer: “¡Si te vas, me mato!”. 
Rocío salió del ascensor y el latigazo le dio en pleno rostro. Mientras abría la puerta de su departamento, le llegó, perdida y cansada, suplicante, la voz de él: “Basta, basta, por favor… ¿hasta cuándo…?”.