Fincas Sábado, 25 de abril de 2015 | Edición impresa

Los bajos precios y las plagas diezman al membrillo

Sólo el 2% de la superficie frutícola provincial cuenta con estas plantas, la mayoría de ellas colocadas en las periferias de los campos. Lo poco que se produce se destina a fábricas de pulpa.

Por Jaquelina Jimena - jjimena@losandes.com.ar

Todo indica que el campo mendocino está “despidiendo” al membrillo. Sus hectáreas son tan escasas que sólo representan el 2% de la superficie frutícola provincial. Para ser más precisos y, según el Censo del 2010 del Instituto de Desarrollo Rural -IDR, hay sólo 1.397 hectáreas con de membrillo.

Las razones para su retroceso son múltiples: no es un cultivo rentable, su alto costo de laboreo no compensa su precio en el mercado. Su destino comercial está dirigido casi en exclusividad a las fábricas que usan pulpa para pasta base para realizar mermeladas y panes pero fuera de ese uso a mayor escala, el resto de la producción se pierde en la escala artesanal. 

A lo largo de su historia, no siempre su consumo y aceptación en el mercado estuvo tan deprimido como en la actualidad. En su momento, el cultivo tuvo como su principal cliente a las Fuerzas Armadas, debido a que este fruto era parte de la dieta tradicional del conscripto. 

“Cuando se dicta la Ley 24.429, esto es la ley del Servicio Militar Voluntario, por la que se elimina el Servicio Militar Obligatorio (SMO), el número de personal de las Fuerzas Armadas se reduce considerablemente, con lo cual la demanda del dulce de membrillo disminuye drásticamente.

Puede decirse que desde esa fecha (1995), el precio del fruto y el interés por el cultivo decayó año tras año con algún repunte muy ocasional”, punteó Antonio Marcelo Weibel, desde el área de fruticultura de la Estación Experimental Agropecuaria Junín del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria -INTA. 

A mediados de la década del 90, el consumo comienza su declive y, con ello, arrastró el cuidado hacia el fruto. 

En opinión de Weibel, los bajos rendimientos también están asociados a que la mayor parte de las plantas están como cortinas o “trincheras” (las plantas que se colocan para proteger el perímetro, cerca de los canales de riego).

Si producen, bien, si no, da lo mismo. lo cual hace que muchas de las tareas como tratamientos con plaguicidas, manejo de riego y suelo y fertilización no se hagan en forma adecuada ni a tiempo. Según este ingeniero, esta modalidad se observa claramente en las estadísticas del INTA.

“Existen pocas fincas en las que se efectúa actualmente el control de las principales plagas que ataca al membrillo como son la Grapholita y Carpocapsa, por lo que abrumadoramente la mayor parte del producto se comercializa para pulpa, con el consiguiente menor precio”, subrayó Weibel. 

En San Martín, desde la finca Mar, afirmaron que arrancaron las plantas hace algunos años por no estar productivas. En el emprendimiento productivo de 90 hectáreas, al membrillo lo usaban de cortina. “No era rentable” afirmaron desde la firma en tono categórico; “cultivo que no tiene buena venta comercial lo dejamos. En el caso del membrillo solicitamos un permiso al Iscamen para arrancarlos”, detallaron en Finca Mar. 

Desde la Facultad de Ciencias Agrarias, la especialista en ciruela y fruta en fresco, Flavia Gil, también se une para delimitar la escasa suerte comercial que posee el cultivo. 

“No es un objetivo de producción; siempre ha sido una fruta secundaria. En las fincas lo utilizan como una barrera o cordón de otras plantaciones, una costumbre que es heredada de Italia. Si uno analiza la historia del membrillo, hace unos 15 años se lo vendía como fruta en fresco en el Mercado Central de Buenos Aires pero esto luego decayó y hoy su consumo es muy secundario. Las grandes fábricas como Alco o Molto no tienen cultivo de este fruto”, puntualizó Gil. 

No obstante, en el derrotero productivo del membrillo hubo hechos relevantes. Hace 25 años el INTA mejoró la genética de algunas variedades del membrillo tratando de mitigar su mala prensa por ser un cultivo hospedero de plagas y moscas. 

“A nivel productivo posee algunas contras ya que es un fruto grande con carne apetecible para ciertos insectos, su ciclo es largo por lo que hay que empezar las laborales culturales en setiembre para recién finalizarlas en marzo. Además, cada 30 días hay que pulverizarlos por no mencionar la humedad ambiental. De este modo, el productor debe disponer de tiempo y dinero extra para un cultivo que no posee un buen valor de mercado”, sumarió Gil. 
A nivel teórico, una producción adecuada para membrillo debería ser superior a los 20.000 kilogramos por hectárea. En el campo provincial, el rendimiento promedio rondaría, según Weibel, entre los 6 y 7 mil kilos por hectárea. 

Pero no todo está perdido para el membrillo. Su nobleza reside -de acuerdo con Weibel- en un aprovechamiento de baja exigencia en suelo y las características de su floración tardía que hace que escape de daños por heladas, excepto la de 2013 que afectó la cosecha de 2014. 

En tanto, para producción de pulpa, su costo es muy bajo ya que no requiere de podas considerables ni raleo de frutos y, al ubicarse próximo a acequias de riego en forma de cortinas, se asegura una mínima dotación de agua. Para optimizar su uso, Weibel recomienda considerar los tratamientos con plaguicidas, según las alarmas indicadas por el Iscamen. 

Carlos Pugliese, en Rodeo de la Cruz posee unas 70 plantas, aunque -según sus palabras- “no las tiene bien contadas”. El membrillo llegó con la compra de la finca de una hectárea y media, por parte de su padre. Ahora los hermanos del productor, herederos también del emprendimiento agrícola, resolvieron dejar las plantas porque ya estaban allí. 

 “Había un desnivel y, como estaban ahí los membrillos, los dejamos. Básicamente los mantuve para sostener las parcelas productiva. Pero lo cierto es que hoy no es rentable. La desinfección es cara, ataca la mosca de los frutos por lo tanto no la podemos vender. Lo que hacemos es tratar de comercializar la buena producción a las fábricas para que luego lo procesen en dulce y panes”, detalló Pugliese. 

La escasa atención en las laborales culturales rondaron que las plantas tuvieran un deterioro continuo, pero Pugliese adelantó que no realizará junto a sus hermanos nuevas inversiones para elevar la calidad de la fruta. 

Dónde se encuentra
La información disponible del IDR detalló que casi el 70% de la superficie cultivada con membrillo está concentrada en el oasis Sur de Mendoza con 935 hectáreas en producción activa. 

El segundo en importancia es el oasis Este, con un 18% de la superficie cultivada; los departamentos más importantes son Santa Rosa, Junín y San Martín. 

La variedad del membrillo que más se implanta en la provincia es la Criolla Común con 488 hectáreas; le siguen en importancia la variedad no identificada con 334 y, luego, 306 hectáreas de la variedad Champion. El resto de las tierras se reparte en pequeñas franjas. 

Cuestión de pesos
A sacar cuentas: El precio para pulpa por kilo al productor varía de $ 0,85 a $ 1,50 y, con suerte y años de conocimiento con el acopiador, el precio puede saltar a los $ 2 el kilo. Los números lo colocan bastante más lejos que el durazno, que puede alcanzar los $ 4 el kilo y, con una utilización comercial mucho mayor, no sólo está destinado a la fabricación de dulce sino también en mitades comunes y consumo en fresco. 

El membrillo no corre con esas ventajas y la mayoría de las veces su consumo es destinado a fábrica donde, como ya se sabe, los precios están deprimidos. 

La piel del membrillo en algunos casos puede tener otros usos comerciales, como por ejemplo en la industria farmacéutica. 

Gracias a la pectina, una fibra natural que se encuentra en las paredes celulares de las plantas y alcanza una gran concentración en las pieles de las frutas como en este caso, es utilizada con agua y se une con el azúcar y los ácidos de la fruta para formar un gel; sus propiedades curativas son usadas como protector digestivo y hepático. 

Pero el grueso de la producción sigue concentrándose como procesados de fábrica y es ese embudo el que no permite elevar los precios. 

Es que los costos del laboreo son cuantiosos ya que entre curación de la hoja y flora para evitar las moscas u otro ácaro, el uso del agua, que por planta puede ser unos 120 litros mensuales, las fertilizaciones y, cómo mínimo, unas tres curaciones anuales, el costo asciende a los $ 14 mil anuales por hectárea que puede contener unas 600 plantas. 

Según Weibel el valor que se concede a este fruto está vinculado a la posibilidad de obtener dinero al momento de la cosecha de la vid, por lo cual muchos productores ven con agrado el mantener el cultivo como “fondo” para financiar parcialmente la cosecha de vid. 

Casi un dolor de cabeza
A pesar de su escasez, el membrillo teje historias que emergen de la tierra. Las plantas en la mayoría de los casos no son plantadas por decisión de los productores, sino de tierras que portan sus años y son trabajadas como producto de una herencia o una compra donde el cultivo ya estaba de antemano. El detalle no es menor.

Una planta de membrillo posee una vejez promedio de 40 años y en Mendoza gran parte de las plantas rondan esa edad. La vejez del cultivo tiene su explicación: no hay productores que apuesten por nuevas variedades o renovar las que tienen en su finca. 

Desde Junín el productor Roberto Porreta, posee 9 hectáreas donde el membrillo no posee un espacio protagónico. El hombre de campo posee uva, nogales y un poco de aceituna, y su tierra la compró hace 10 años. El membrillo, como en otros casos, ya venía plantado.

Como todos los productores, es lapidario con respecto a la suerte comercial del cultivo. 

“No es rentable”, señala tajante. En concreto, las plantas de membrillo de Porreta tienen un destino cierto: la fábrica de pasta base para el dulce. “El año pasado vendimos mejor pero casi no había producción”. 

El productor afirmó que a veces ha colocado abono pero sólo en los casos cuando le ha sobrado de otras plantas y enumera, a modo de justificativo, sus decisiones de inversión: “El agua está escasa, es cara y, como tengo que priorizar otros cultivos, prefiero destinarla a otras plantas. Por los alrededores han arrancado hace algunos años muchos árboles. Es mayor el gasto de mantener una planta que vender su producción”, desliza el hombre de Junín. 

De la firma Italo Luis Marinacci, Alejandro Cicareli señaló, lapidario, que el membrillo nunca fue rentable en sus tierras. El fruto es silvestre y no se recolecta, “Lo vendemos a unas personas de Rivadavia para molerlo y cuando la calidad es muy mala lo donamos, dejamos que la gente haga su cosecha y, si puede, lo transforme en dulce”, apunta Cicareli.

En la finca de 30 hectáreas en Lunlunta poseen 100 plantas las cuales no son curadas. 

“No tenemos un uso comercial, no sacamos ganancia, hay algunas plantas en los perímetros de las plantaciones. Es una fruta que no funciona como el rosal en el caso de los viñedos que son cultivos testigos y alertan sobre posibles plagas.

La producción, la que se puede rescatar en nuestro caso, está dirigida a jalea para uso doméstico. Sinceramente, no veo otro destino que no sea para mermelada o para pan de membrillo”, remarcó el productor.

El problema, según Cicareli, es que es un cultivo que vive amenazado por plagas, es hospedero de la mosca del mediterráneo, la humedad lo pudre, la piedra deteriora su carne, lo que traduce en problemas continuos. 

Todos los productores consultados por este suplemento subrayaron que los intermediarios (llamados acopiadores) les pagan poco, pero el precio de un dulce o jalea en una góndola bajo el programa Precios Cuidados de una lata Canale por 700 gramos, cuesta $ 30,50. 

“Gran parte del precio final lo conforma el packaging, los gastos de comercialización y el flete, por lo que los consumidores terminan pagando esos costos antes que la materia prima”, apuntó Cicareli.

En las fincas: entre la producción plena y la necesidad de diversificar

Las historias de productores saben de triunfos y algunas lecciones aprendidas.

Es el caso de Santiago Copoleta, que hace algunos años supo ser uno de los hombres fuertes del membrillo. Hoy transita otra realidad. En sus 9,5 hectáreas, de sus 3 mil plantas sólo queda un 20% en producción. 

El productor sabe que es un cultivo que desarrolla mucha madera, especialmente los “chupones” que son ramas que salen desde el tronco y que, entre otras cuestiones, ocasiona que la planta pierda vitalidad por alimentarse de la savia.

“Es costoso sacarlos pero hay que hacerlo. A los chupones hay que sacarlos con motosierra o herramientas especiales. Este trabajo es muy costoso y se necesita de personas calificadas para hacerlo”, apuntó Copoleta. 

Si bien la larga vida productiva que posee el membrillo es una característica a favor, no lo es tanto su ciclo productivo, el que se activa al quinto año de plantado.

Tampoco en el caso de Copoleta tiene los rindes garantizados. Con su inversión de    $ 14 mil por hectárea a nivel anual, una planta promedio de su finca recolecta menos de 10 kilos por planta, bastante lejos de los 100 kilos que puede dar el fruto, en promedio.

Más allá de poseer una de las pocas franjas de tierra con población de membrillos adelantó que “este año no va a cosechar, sólo por los costos”.

En otros casos, como el de la familia Funes, en Maipú, el membrillo viene incluido en un set de cultivos, no tiene protagonismo y es parte de una oferta de turismo rural. 

“Tenemos 400 plantas de esta fruta, también contamos con 400 olivos, 400 plantas de ciruela y 200 de durazno. El resto tenemos otros cultivos de uso hogareño como manzanos, olivos y almendros. De la producción de membrillo unos 3 mil kilos los compra un acopiador que cosecha y lo lleva a la fábrica y me deja unos $ 2 por kilo. Es una buena solución antes de que se pudra.

El resto que nos queda, que serán unos 200 kilos, los preparamos en dulces para venderlos a los turistas que visitan nuestra propiedad. Es una producción complementaria”, detalló Alfredo Enrique Funes.

En su caso, la fruta es utilizada como trinchera a modo de protección para evitar que se propague la maleza, a la vera de las acequias. 

“Funciona como un arbusto. Toda nuestras plantas son orgánicas. No realizamos poda, no poseen pesticidas y en materia de fertilizantes usamos residuos orgánicos de origen animal”, subrayó Funes. 

Para el productor y su familia la producción orgánica no sólo suma valor agregado a su propuesta de turismo rural, sino que también les permite tener otra variable de precios. 

Como señaló el hombre, los dulces son parte de una propuesta mayor de entretenimiento, recreativa y educativa de 7 mil metros de parque, quinchos y un salón de 120 metros cuadrados para eventos.

Para los Funes, su finca devenida en un proyecto que conecta el agroturismo, les permite escapar de la tiranía de precios bajos del mercado y el consumo algo esquivo del presente.