Más Deportes Miércoles, 1 de abril de 2015 | Edición impresa

La escuela del Bocha

Distinto al resto, por juego y cabellera, aquí la particular historia de uno de los últimos enlaces que dio AFA: Nico Arce. Dicen que empezó tarde, pero por suerte en Mendoza aún lo disfrutamos.

Por Juan Andrés Azor - jazor@losandes.com.ar

"Y por que si, 
porque sobran las bolas,
de matarla con el pecho
y no tirarla afuera..."

(El baile de la gambeta, 
La Bersuit Vergarabat)

Alguna vez, con apenas 15 años, fue el encargado de ejecutar el último penal de una serie que definía el campeón de la Liga Rivadaviense. Su remate fue a dar en el travesaño y él terminó derrumbado, llorando. La anécdota podría pasar entre tantas otras donde el héroe no fue tal.

Sin embargo, en medio de los intentos por consolarlo, alguien le susurró al oído, a modo de profecía, que el fútbol le daría nuevas oportunidades y alegrías. Aunque no recuerda bien quién fue, sí recuerda esa frase que lo marcó para siempre.

Hoy, 14 años después de aquella ejecución fallida, Nicolás Waldo Arce tiene motivos para sonreír. Las medias bajas, el tranco cansino, la mirada siempre en la pelota y su pelo ensortijado son marca registrada en este Gutiérrez Sport Club, donde porta la bandera del buen juego. El ‘10’ en la espalda no es casualidad.

Bajo sus pies descansa, además de la redonda, la responsabilidad de hacer jugar a este equipo de Sergio Scivoletto. De aquella derrota no parecen quedar rastros; apenas un rechazo a las definiciones por penales. “No me gustan”, confiesa entre risas. 

De la infancia en potreros de La Libertad, en Rivadavia, donde los arcos se armaban “con dos piedras y luego poníamos un poquito de plata cada uno para tomar el té”, según cuenta, a este presente en el Torneo Federal A, pasó mucho. Sacrificio, intentar, fallar y seguir intentando. Su primera pretemporada llegó cuando tenía más de 20 años.

“Arrancó tarde, sino estaría en otro nivel”, afirma Gustavo Castro, el DT con quien vistió la camiseta de Rivadavia. Su madre Ema pretendía que siguiera con los estudios, pero su papá Héctor soñaba con un hijo futbolista y fue clave para que la carrera se cimentara en tantas canchas del este provincial. Jugaba campeonatos amateurs donde deleitaba con sus gambetas y sus quiebres de cintura.

Jugó la Liga Rivadaviense, donde recibía más patadas que buenos pases. Su salto llegó cuando el ‘Huevo’ lo buscó para conformar aquel equipo memorable que llegó a semifinales del Torneo del Interior 2010. Tras aquella caída frente a Complejo Deportivo Teniente Origone, el Globo lasherino puso sus ojos en él y comenzó el recorrido que hoy todos conocen. 

“Como jugador no tengo que describirlo yo. Todos sabemos lo que es. Pero como persona vale que cuente sobre su humildad. Siempre está predispuesto a aprender, a superarse. Es un pibe que sufrió mucho en su vida y se merece todo lo que le está pasando”, dice Castro.  

Su particular peinado (algo así como un look afro) es la antítesis de los futbolistas de hoy y genera ilusión apenas se asoma por la boca del túnel. Juega y hace jugar. Llegó a Gutiérrez en 2012 y pareció encontrar su lugar en el mundo. 

Al ascenso conseguido en febrero hay que sumarle la próxima llegada de su hijo, el primero, fruto del amor con Gabriela, su mujer. “Esperemos que juegue al fútbol el changuito”, repite y ríe. Y quizás esa haya sido su mejor arma en tiempos cuando la vida no era fácil y cuando sus rivales lo golpeaban por ser flaquito y más chico.

Se bancó mil y un patadas y hoy dejó atrás aquella tarde en cancha de La Amistad, donde el sonido estremecedor del travesaño le dio una de las tristezas más grandes de su vida.

Su introversión lo lleva a cambiarse antes de cada práctica en el camarín visitante, rodeado de los juveniles, donde más cómodo se siente. “Participa de las bromas a veces, pero es muy callado”, cuenta José Ortiz, su socio a la hora del buen juego. Esa timidez que porta fuera del campo de juego muta cuando la redonda comienza a girar.

La tarde del sábado 25 de octubre del 2014 llenó de fútbol las retinas de quienes presenciaron el duelo frente a Huracán Las Heras. Aquella vez convirtió un gol memorable, arrancando desde la izquierda y definiendo ante la salida de Bonacci.

“Es el gol más bonito que hice”, elige al azar cuando se le pregunta. El idilio se hizo eterno. Las palmas quedaron rojas de tanto agradecer su juego. “Rompe el molde y se deja los rulos al viento, bien diferente al resto. Al igual que cuando tiene la pelota en los pies”, cuenta, de forma exquisita, el colega Gonzalo Ruiz ante la consulta. “Juega a un fútbol que ya casi no existe, que parece olvidado. Y por eso vale tanto verlo jugar. Nos devuelve la memoria”, reflexiona. 

A principio de temporada, cuando su equipo debía jugarse el ascenso en una final ante Huracán LH, Independiente Rivadavia y Gimnasia y Esgrima preguntaron por sus servicios. Era el salto de calidad que merecía. Sin embargo, se quedó a jugar la definición y su premio fue el reconocimiento de todo el pueblo gutierrino. Por eso vale su presente de sonrisas.

“Se juega como se vive”, se suele repetir en charlas de fútbol. Y Nico lo hace sin mochilas, sin deudas pendientes con el pasado. A punto de terminar esta nota me doy cuenta que de fondo sigue sonando la voz del Pelado Cordera cantando “Y, porque soy de la escuela del bocha, voy con la fantasía y la estrategia fría. Y, si no hay copa, que haya cope para la gente, que salta sobre el dolor y nace nuevamente”. Saltar el dolor. De eso se trata. Así en el fútbol como en la vida.