Aniversario Viernes, 18 de octubre de 2013 | Edición impresa

Esas palabras que solo usamos los mendocinos

La autora rescata algunas frases del recientemente presentado Con sabor a Mendoza, el resultado del trabajo de un grupo de lingüistas de la facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo).

Por María del Rosario Ramallo - Directora de la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras, UNCuyo
Recientemente, hemos contado con la magistral disertación, en el marco de la Feria del Libro 2013, del Dr. Pedro Barcia, expresidente de la Academia Argentina de Letras y actual presidente de la Academia Nacional de Educación. A propósito de la presentación de un refranero argentino, decía a los asistentes que, en las grandes ciudades, el uso del refrán se ha ido amorteciendo.

Los hablantes mendocinos que transcurrimos la segunda década del siglo XXI no escapamos a esta afirmación general. Por ello, un grupo de lingüistas de Filosofía y Letras se ha dedicado al rescate de ese saber ancestral y ha sistematizado su búsqueda en una antología, Con sabor a Mendoza, en donde se clasifican y explican frases mendocinas. En esta época de globalización, se ha encontrado en nuestra provincia una mezcla de herencias: lo autóctono se conjuga con lo español, pero también con lo proveniente de otros países hispanoamericanos; lo anecdótico y ocasional se mezcla con lo empírico, pero también con lo histórico y con lo emanado del mundo clásico.

¿Quién no ha dicho de algo o de alguien que está ‘a la altura de un poroto’? La voz ‘poroto’ proviene del quechua purutu, “persona que está en la niñez”. Por lo tanto, el asunto o la persona aludidas tienen escasa importancia o “altura”.

Y la expresión ‘como turco en la neblina’, ¿cómo puede explicarse? El dicho original es ‘perdido como tuco en la neblina’. El ‘tuco’ es la luciérnaga y es una voz usada, con preferencia, en el Noroeste de la Argentina. Es decir que, acostumbrado el tuco a brillar en medio de la noche, si hay niebla, pierde su luminosidad por contraste y, por consiguiente, su posible orientación. Al desconocerse la voz ‘tuco’, se la sustituyó por su afinidad fónica con ‘turco’. La frase así enunciada no tiene mucho sentido alusivo, pero se impuso de este modo en todo el ámbito rioplatense.

¿Quién de nosotros no ha llevado a sus niños ‘a peteco’? El Diccionario de americanismos ilustra al investigador sobre el origen: la frase proviene del quechua. ‘Peteco’ es un préstamo lingüístico del quechua apay con el valor de “sobre los hombros”.

Algunas locuciones tienen origen en una circunstancia histórica: ‘como caballito de batalla’ es una de ellas. La locución, que figura en todos los diccionarios académicos, alude al caballo que usaban los caballeros medievales. Se trataba de un ejemplar magnífico, aquel al que recurrían para afrontar sus mayores desafíos.

Para muchos es una contradicción afirmar que ‘alguien brilla por su ausencia’; sin embargo, la frase se origina también en una circunstancia histórica, según los Annales, obra del historiador latino Cornelio Tácito. Al final del libro III de sus Annales, el autor relata los funerales de Junia, esposa de Casio y hermana de Bruto -asesinos de Julio César- y explica que, siguiendo los usos romanos, precediendo a la urna que contenía los restos de la difunta, iban en procesión los retratos de sus antepasados.

Entre estos retratos estaban los de su marido y su hermano, pero ninguno de los dos había asistido al funeral; entonces, su ausencia fue llamativa y notoria, tanto que se dijo que estos personajes ‘brillaban por su ausencia’.

Cualquier elemento, para provocar brillo, debe estar presente, pues el brillo proviene del reflejo de la luz; contradictoriamente, si la ausencia de alguien es muy notoria, parece brillar.
No es conveniente enojarse ni sembrar discordia, ‘meter púa’ o ser ‘leche hervida’. En la primera locución, hemos entrado al ámbito del lunfardo: ‘meter’ toma la acepción de “promover o levantar un chisme, un enredo”, mientras que la ‘púa’, como elemento puntiagudo que pincha y duele, toma la acepción de “causa no material de sentimiento y pesadumbre”. La violencia y la rapidez en la reacción se asocian con el hervor de la leche: en la sabiduría popular, se conoce que la leche puesta sobre el fuego, una vez que hierve, se levanta súbitamente y desborda la capacidad del recipiente que la contiene. Traslaticiamente, alguien puede reaccionar inesperada y violentamente y desbordar los límites aconsejables de prudencia y decoro.

Finalmente, no enredarse en un lío es no ‘meterse en camisa de once varas’. La expresión original es ‘meterse en cañiza de once varas’ y era de uso campesino. La ‘cañiza’ es un redil hecho con cañas partidas por la mitad. Por otro lado, ‘vara’ era la cantidad de cerdos que una persona podía conducir con la ayuda de un palo, generalmente alrededor de cuarenta. La ‘cañiza de once varas’ era, pues, un espacio capaz de albergar unos quinientos animales.
Otro posible origen vincula la expresión con la ceremonia medieval de adopción. La criatura era pasada por la manga de una camisa y sacada por el cuello, en señal de aceptación. Puesto que la ‘vara’ es una medida antigua equivalente a unos ochenta centímetros, la prenda en cuestión debía medir unos diez metros.