Sup. Cultura Sábado, 21 de junio de 2014 | Edición impresa

El safari poético de un ser urbano

Luego de ser editado en Venezuela, México e Italia, llega la versión local de “La Tarde del Elefante y Otros Poemas”, último libro del poeta, ensayista y novelista argentino Luis Benítez.

Por Gabriel Jiménez - Especial para Cultura

De la mano del sello Buenos Aires Poetry,  “La Tarde del Elefante y Otros Poemas” estrenó la colección de poesía Pippa Passes que, además de Benítez, tiene planeado incluir a autores como  Dan Fante y John Ashbery.

El poemario de Benítez (Buenos Aires, 1956) nos lleva por una suerte de zoológico en un recorrido a través de nosotros mismos. Allí, también una serie de animales se presentan mediante el rasgo más natural: su relación con el más peligroso de todos los predadores, su domesticador.

Quizás la excusa perfecta para meterse en esta selva es el hecho de ya habitarla, pues cotidianamente recorremos una de asfalto. No debería haber peligro en este safari poético, salvo el perderse a uno mismo. Así de salvaje y urbana es la poesía que Benítez propone en “La Tarde del Elefante...”

A diario la ciudad presenta señales de animalidad nata; en estos textos podemos ver algunas de sus notas en su máxima expresión. 
Si bien a lo largo de sus poemas Benítez menciona distintas urbes, como Nueva York, París, Irán, Buenos Aires, entre más, no se centra en ninguna en particular sino en todas.

El poeta se ocupa de la noción de ciudad en general, de lo que ello implica, una noción bestial que se particulariza en cada caso por la relación que el hombre establece con este hábitat:

“estabas irritado de veras enojado / porque llegué una hora tarde / y te dejé solo en la enorme nueva york /por otra hora más entregado a ti mismo (...) decías sólo se está solo en las grandes ciudades.”

La ciudad puede ser a la vez un lugar desértico o superpoblado, de acuerdo a la disposición de quien la habite (o abandone). Las ciudades de Benítez tienen muchos habitantes, geografías y animales que irrumpen en la tranquilidad musical del tráfico y se confunden con uno mismo, aunque a veces no los veamos:

“hablabas del tedio de las ciudades (...) / hablabas de que no te habían incluido en esa antología / y decías que el marido de ella era calvo / seseoso y que dibujaba historietas / el tonto de los cómics repetías / mientras la gente / dejaba corriendo la acera / tumbaba las sillas / y olvidaba a los niños en su loca carrera / (...) entonces ese gordo la mole / se quedó parado cerca de nuestra mesa / (...) cinco mil kilogramos de pacífica selva / aplastando el asfalto un inmensa epifanía gris de cuatro metros de alto...”

Así, realiza con exactitud la tarea del poeta: se ocupa de los universales haciendo foco en los particulares. Toma la figura de ciertos animales para señalar problemáticas del hombre.

De este modo, el autor nos lleva a través del Central Park o el Jardín Japonés, hasta un río, una laguna o la Vía Láctea. Un paseo en el que la agudísima observación de Benítez hace foco en lo más profundo del ser humano. Aunque nos muestre elefantes, garzas, tigres, insectos, peces y serpientes, Benítez está hablando de otra cosa:

“mínima en la ventana una presencia activa / apenas diferente del aire en su elemental dibujo / más seis patas y dos alas que el cuerpo verde/ apenas una línea atravesó / millones de años en su aleteo / desde los ollares de los dinosaurios / hasta el sobrio y frío presente en mi ventana / nunca fue más grande y jamás abundó (...) su victoria hecha de un silencio seguro /como todas cosas.”

El poeta apela con maestría a infinidad de recursos y voces, manejos del tiempo y el espacio, elecciones gramaticales que llenan de vitalidad a estos textos.

El espacio, el tiempo, el mundo, el hombre y otras temáticas se dan en una constante dinámica, de poema a poema, generando una textura compleja pero que a la vez se deja atravesar. El poeta se ha tomado el trabajo de generar caminos por los cuales pasar, no es necesario apelar a machetes que desentramen esta jungla, se puede estar en ella armoniosamente.

Tal como escribe Neil Leadbeater: “En el caso de Benítez, cuya poesía se puede decir que es verdaderamente cosmopolita, se trataba de forjar una nueva identidad, diversa y compuesta por muchas facetas diferentes.

Su poesía tiene sus raíces en la literatura europea, la mitología clásica, la historia, la filosofía y la geografía. Su manejo singular de estos materiales eslo que le brinda una voz tan original.”

En tres líneas

1- Luis Benítez nació en Buenos Aires en 1956. Entre otras membresías, el autor forma parte de la Latin-American Academy of Poetry y la International Society of Writers (Estados Unidos), de la World Poets Society (Grecia), del Advisory Board de World Poetry Press (India), y de la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina (SEA).

2- Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales por su obra literaria, entre ellos el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991), la Mención de Honor del Concurso Municipal de Literatura (Poesía, Buenos Aires, 1991), el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); el Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); el Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); el Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Primer Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008).

3- Sus libros han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay. 

Fragmento

EL EXTRAVAGANTE VIAJERO, RÍO ARRIBA

Entonces lo vi en el agua aceitosa,
regalo de la industria y del odio a lo vivo,
remontando río arriba la corriente:
el salmón imposible,
un monstruo musculoso
ornado de verdes y violetas,
de naranjas y rojos,
en la librea que sólo presta el deseo
a los ansiosos por reproducirlo a toda costa.
Insólito tornasol entre la basura
del río condenado,
como un hombre empecinado
en encontrar el camino que le diga
“soy tu vida”, un regalo


para la candidez empecinada en creer,
un estímulo para los músculos tensados
bajo las ásperas escamas,
una sobredosis de hormonas
inundando el cerebro diminuto.
Y esa boca abierta al deseo de respirar
todavía algo más de su último día,
guardaba la postrera sílaba
de aquellos que no se dejan vencer
ni por su propia idiotez
ni por las aristas de los muelles
donde nunca paran, donde jamás
por cosa alguna se detienen.