Sup. Cultura Sábado, 22 de noviembre de 2014 | Edición impresa

El accionar patotero

Por Por María del Rosario Ramallo

Hay vocablos que usamos y escuchamos todos los días que nos despiertan sensaciones encontradas, ya positivas, ya negativas. Sucede esto con el vocablo “patota”, usado en nuestro país, en Bolivia, en Paraguay y Perú, en Uruguay y Venezuela, que tiene un significado negativo cuando se refiere al grupo que, normalmente integrado por jóvenes, suele darse a provocaciones, desmanes y abusos en lugares públicos. Así, “Los chicos no pensaron, se dejaron arrastrar por las amenazas de la patota” y “Me inmovilicé ante el accionar de la patota”.

El “Diccionario integral del español de la Argentina” nos dice que, en un uso coloquial, también se utiliza el término para designar al “grupo  de personas que tiene un accionar violento y se dedica a intimidar y/o agredir a otras personas para obtener un beneficio propio o de la persona u organización para la que trabaja”. Con ese sentido negativo, encontramos también el adjetivo “patotero”, con su femenino “patotera”, que sirve tanto para calificar al que manifiesta o posee los caracteres propios de una patota, al que es agresivo y prepotente, como también al que es integrante de ella: “El patotero desdibuja su individualidad en el anonimato y la impunidad que le da el grupo”.

Asimismo, el verbo “patotear”, que no consigna el diccionario académico, pero sí el diccionario integral mencionado, marca acciones absolutamente negativas: “Entretenerse agrediendo a la gente y provocando daños materiales; agredir a una persona; buscar provocar una pelea con una persona”: “Patotean salvajemente a un joven a la salida de un boliche” y “Después de lo que habían hecho, todavía me patoteaban”.

Sin embargo, este mismo vocablo puede tener connotaciones positivas: en tal sentido, lo interpretamos como “pandilla de amigos, generalmente jóvenes” y “grupo de amigos que suele reunirse y compartir actividades”; de este modo, decimos “Y toda la patota viajó en varios autos, con niños y en carpa” y “Nos aparecimos en su cumpleaños en patota”.

Algunos términos relacionados con “patota” están arraigados en el vocabulario popular, pero no han sido reconocidos por los diccionarios; tales son los casos de “patoteada”, como acción de patotear,  y el adjetivo “patoteril”, que se explica como relativo a la patota o patotero.

¿De dónde proviene el vocablo? El diccionario de lunfardo asocia la palabra con el vocablo “pato”, animal que habitualmente se mueve en bandada. En este sentido, se dice también que hay una alusión al andar pesado de este animal. Otra versión indica, en cambio, que “patota” se relaciona con “pacota”, voz derivada de “paco” o “paca”. Así se llamaba al paquete que, con un montón de baratijas –de allí la expresión “de pacotilla” –, podían llevar los marineros para vender por cuenta propia en los diferentes puertos. Por metáfora, en las costas chilenas, se comenzó a llamar “pacotas” a los sujetos cobardes y de poco valor que agredían en banda.

Es interesante saber que “patota” se vincula con “patovica”, voz que el diccionario de lunfardo registra y escribe en dos voces separadas, “pato vica”, con el valor de “hombre de cuerpo atlético y bien formado; empleado de seguridad en las discotecas, que además actúa como portero y decide la admisión de los clientes”. Según este diccionario, los dos términos aluden, en la primera parte, a la forma de caminar de ciertos jóvenes, que recuerda a la de los patos, y en la segunda, a la marca “Vica”, de patos comestibles comercializados en nuestro país, en la década de 1960.

Finalmente, hay una asociación que se hace del vocablo “patotero” con el adjetivo “sentimental”; en este sentido, la letra de un tango muy difundido nos dice: “Patotero, rey del bailongo,/ patotero sentimental/, escondés bajo tu risa/ muchas ganas de llorar.  Hoy ríes, pero tu risa/ solo es ganas de llorar”.

Me voy con una reflexión realizada por José Manuel Blecua, especialista en fonética y fonología y actual presidente de la Real Academia Española. Él, en ocasión de su reciente visita a Buenos Aires, para la  presentación del nuevo diccionario de las Academias de Lengua Española, hizo esta declaración que me parece muy adecuada, a la hora de decidir si debemos usar o no un vocablo: "Los únicos dueños de la lengua son los hablantes.

Como los sueños, las palabras no llegan cuando se las convoca sino cuando ellas quieren. No les rinden pleitesía a los académicos para conseguir el derecho de admisión. ¿Alguien dejó de expresar la "fiaca" que siente en sus conversaciones cotidianas porque el término –hasta la anterior edición– no figuraba en el diccionario? Una cosa es hablar y otra escribir.

La oralidad es mucho más elástica y admite múltiples modulaciones y variantes que la escritura, reglada por el imperativo de un deber ser articulado desde las instituciones escolares. […]Un diccionario no es más que un constructo teórico, es un modelo de cómo creemos que funciona una lengua, pero no es la foto de la realidad. Es casi imposible construir un diccionario a gusto de todos y la idea de un léxico homogéneo es un verdadero absurdo".