Sup. Cultura Sábado, 3 de diciembre de 2016 | Edición impresa

Cuando salí de Cuba

Por Luciana Sabina - @kalipolis

Aquella noche del 11 de enero de 1959 los 72 hombres fueron colocados de espaldas a una fosa común. Un aire de mar acarició sus rostros haciéndoles palpable la vida por última vez. El torbellino de angustia y desesperación que los sacudía finalizó tras la orden. Un látigo de plomo atravesó sus cuerpos y la historia. Es difícil pensar que todos murieron al instante, algunos fueron rematados en medio del fango. Habían servido a Batista. Motivo suficiente para no recibir juicio previo, ni trato humanitario y para que -durante generaciones- miles de personas justificaran sus muertes en pos de una ideología. Incluso cuando aún ésta no imperaba en la Isla.

Con los años las víctimas se multiplicarían. El 11 de diciembre de 1964 Ernesto “Che” Guevara lo reconoció en un discurso ante Naciones Unidas: “Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”.  Basándonos en la ONG Archivo Cuba las víctimas del movimiento castrista trepan a 7.179, entre los que se cuentan  3.110  fusilamientos y 1.170 ejecuciones extrajudiciales. Por su parte Erika Guevara-Rosas, directora de Amnistía Internacional en América, declaró que “a pesar de sus logros en el ámbito social, los 49 años de reinado de Fidel Castro se caracterizaron por una represión brutal de la libertad de expresión”.

La situación de miseria que azota Cuba se repite en cientos de escenarios latinoamericanos, entre los que lamentablemente figuramos.

Pero además de hambre y pobreza en la isla hay miedo, hay censura y no existe bloqueo norteamericano al que podamos culpar de ello. Las revoluciones que rompen cadenas y luego las utilizan para engrillar al pueblo dejan de serlo. Fidel traicionó a sus adeptos, tomó el poder apoyado en los principios del Movimiento del 26 de julio -entre los que se establecían elecciones libres y no figuraba el comunismo- para dejarlos de lado y establecer una dictadura sostenida económicamente por Rusia. 

Resulta incoherente diferenciar entre regímenes totalitarios según su cariz ideológico, considerando a alguno de estos mejor o de mayor altura moral. No hay dictaduras positivas, todas mutilan a sus pueblos volviéndolos miserables. Los argentinos lo sabemos bien. Ningún ideal puede justificar la muerte de un ser humano o su sufrimiento y nadie tiene derecho a silenciar al prójimo. 

Estos días hemos sido testigos del lamento de muchos. Simpatizantes del sistema castrista que a través de internet, en el confort de sus hogares y con la libertad de poder hacer con sus vidas lo que quieran, criticaban al capitalismo salvaje desde algún smartphone. Acababa de morir el gran rebelde. Aunque uno bastante extraño: el idealismo de Fidel terminó diluyéndose entre los 900 millones de dólares que -según investigaciones de Forbes- alcanzó su fortuna personal. Demasiado para un solo hombre dentro de cualquier organización comunista. Al parecer, Castro tampoco pudo respetar esos principios.

Durante más de medio siglo miles de cubanos fueron sepultados por la injusticia, en un país que pregonaba todo lo contrario y cuyo relato épico halló eco en América Latina. Sus tumbas son el legado más tangible de los Castro y junto a ellos, como dicta la canción, yacen los corazones de otros miles que hallaron refugio en el exilio. Las calles de Miami se vistieron de fiesta. Cayó un símbolo, el último vestigio del siglo XX. Simultáneamente, la algarabía era cruzada por el llanto de los ancianos recordando a su patria, aún tan lejana.   

“¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?” Podría preguntarse Jorge Luis Borges. La respuesta llegará con los años.