Espectáculos Martes, 1 de julio de 2014 | Edición impresa

Capitán, un amigo fiel

El perro dejó la casa cuando murió uno de sus dueños. Sin que nadie lo llevara, apareció en el cementerio de Carlos Paz -Córdoba-, que eligió como su hogar. Cada día, a las 18, se acuesta al lado de la sepultura. Un caso idéntico a otros varios, en el mun

Por LVI

Capitán es un perro mestizo, con algo de ovejero alemán y otro “de mezcla”. Llegó a la casa de Damián Guzmán (13), en Villa Carlos Paz (Córdoba), a mediados de 2005 como un regalo sorpresa de su padre, Miguel. A Verónica Moreno (52), la madre de Damián, el obsequio no le agradó tanto, porque significaba más trabajo en la casa. Una historia más, de tantas similares. Aunque otra, muy especial, empezó el 24 de marzo de 2006, cuando Miguel murió.


Pasaron los días y nadie notó la ausencia de Capitán. Había dejado la casa, como Miguel.


Al tiempo volvió, olfateó cada rincón y se fue. “Se quedó un tiempo viviendo afuera, a unos metros, a mitad de cuadra de la casa”, cuenta Verónica.
Después el perro desapareció. Lo pensaron muerto, o adoptado por otra familia. “Hasta que un día, cuando fuimos con mi hijo al cementerio, lo encontramos ahí. Damián comenzó a gritar que era Capitán y el perro se nos acercó ladrando, como si llorara”, expresa con emoción Verónica.
Pero al regresar, Capitán no los siguió, aunque lo llamaban. Se quedó en el cementerio, se quedó con Miguel.


Lo que sorprende a quienes conocen la historia es que Miguel murió en el hospital de Carlos Paz y su cuerpo fue trasladado desdeallí a una casa velatoria, muy lejos de su vivienda. Según el relato de la familia, ni ese día ni ningún otro el perro los siguió hasta el cementerio.

“El domingo siguiente volvimos a visitar la tumba de Miguel y el perro estaba ahí. Esa vez nos siguió, en el regreso, porque habíamos ido caminando. Se quedó un rato con nosotros en casa pero después volvió al cementerio”, relata Verónica. El cementerio es el hogar de Capitán.


Incontenible emoción 


Una madrugada, Capitán llegó a la casa alrededor de las 4. “Había familiares y uno de ellos me avisó que tocaban la puerta. Cuando salí, lo vi. Entró, se quedó un rato pero después quiso irse”, cuenta Verónica.


Damián tiene ahora 13 años y es el otro dueño del perro. “Cuando lo trajimos era chiquito. Yo también era chico y me encontré con la sorpresa de que mi papá había traído ese regalo”, relata. “Lo quise traer a casa varias veces pero él se vuelve al cementerio. Si quiere estar ahí, me parece bien que se quede: está cuidando a mi papá”, acota el pibe.


“Eso no es todo”. Héctor Baccega es el director del Cementerio municipal de Villa Carlos Paz. Sabe y confirma cada detalle de esta historia, pero agrega un elemento que suma otro punto de asombro: “El perro apareció acá solo y dio vueltas por todo el cementerio, hasta que llegó también solo a la tumba de su dueño. No lo llevó nadie hasta ahí. Y eso no es todo: cada día, a las seis de la tarde, va y se acuesta frente a esa tumba”, precisa.


“Capitán recorre el cementerio conmigo todos los días. Pero cuando llega esa hora se va para el fondo, donde está la tumba de su amo”, cuenta Baccega, antes de arrimar una reflexión: “Nos da una lección. Creo que los humanos tendríamos que apreciar más los recuerdos de los que se nos van. Los animales nos enseñan tanta fidelidad”.


Historias caninas paralelas


Los paralelos entre la historia de Capitán y la de Hachiko, el perro japonés que se quedó esperando a su amo muerto en una estación de trenes, son impactantes. La vida de Hachiko fue llevada al cine, con un film protagonizado por el actor Richard Gere. El perro acompañaba cada día a su dueño a la estación de Shibuya, en Japón. El hombre murió pero Hachiko se quedó esperándolo en esa estación durante años. La historia causó tanta conmoción en Japón que, además de ofrecer un guión para el cine, se expone su cuerpo disecado en un museo.


Un vecino de Monte Cristo (también en la provincia de Córdoba, a 25 km de la ciudad) fue trasladado años atrás de urgencia al dispensario local, donde murió. El hombre había llegado allí junto a su perrito, al que los vecinos apodaron Alicio. Desde la muerte, el animal se mantuvo en guardia frente al dispensario, como esperando el regreso de su amo. Nunca se quiso ir. Un grupo de voluntarios lo alimentó y le buscó varios destinos, pero una y otra vez regresa al dispensario. Nadie intenta ya sacarlo de ahí.


También en Cádiz, España, la historia de Canelo, el “perro de los gaditanos”, se asienta en la misma anécdota: el can acompañó a su dueño al hospital, dónde éste murió. Y él se quedó instalado en la puerta del dispensario durante el resto de su vida.
Estas anécdotas permiten constatar que, tal y como dicen, la fidelidad de los perros es a prueba de todo. LVI