Espectáculos Domingo, 25 de noviembre de 2012 | Edición impresa

"De atar. Un musical de locos”: una maqueta efectista del género

Por Por Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar
Cuando una obra, cualquiera sea su género, se para sobre la producción (valorada en números) para gestar la teatralidad del espectáculo, el resultado será siempre el mismo: los artificios vacíos del efectismo.

Es el caso de “De atar...”, el drama musical que este año ha decidido llevar adelante la Comedia Musical de Guaymallén, bajo la dirección de Hugo Moreno. Es que sí: hay una escenografía impactante, hay dedicación en el vestuario, hay una veintena de actores, cantantes y bailarines en el escenario (siempre y en todo momento), hay luces y más luces, hay una edición sonora que, incluso, le gana al vivo y nos ofrece las voces de los coros grabadas (un desatino tratándose de una obra musical).

Pero, lo sabemos, la sangre de un espectáculo no corre por los cableados de la tecnología sofisticada sino por las venas de los que ponen el cuerpo en la interpretación. La interpretación, en el género del musical, descansa en la corporalidad, la voz (y el canto) y el texto.

El primer desacierto de esta puesta  -que da pie a todos los otros- es el guión. “De atar...” cuenta la historia de un puñado de personajes encerrados en un psiquiátrico, que sufren traumas del pasado. El director del hospicio (Darío Anís, que junto a Enrique Lucero y Federico García sostienen la potencia dramática de esta obra) es un desalmado violador que (Hollywood, agradece las citas a sus innumerables películas) abusa de las internas y somete a todos a su voluntad. Hasta aquí podemos aceptar el pacto de ‘verdad escénica’ que hay entre escenario y platea, y convenir que hay una historia, aun cuando antes haya sido largamente transitada.

Pero es que el texto, escrito por Laura Fuerte, comete un pecado casi irredimible: nos propone una idea maniquea (y también muy usada en favor de la industria del espectáculo), basada en lo siguiente: “¿quién está loco?: el que está encerrado en un psiquiátrico, o aquél que no acepta las diferencias y no puede amar”. Es imposible adherir a tal simplismo. Como tampoco que sólo el amor salva las mentes estragadas.

De aquí en más encontraremos una serie de premisas dramáticas que impiden que esa convención de verdad sea posible: una depresiva que se ‘cura’ porque aparece un hijo inesperado a su vida es lo que, milagrosamente, detona la ‘sanidad’ del resto del hospicio como si de una plaga mágica se tratara.

La concepción de la puesta también navega en aguas expresivas turbulentas. Es que Hugo Moreno se toma de la premisa: “mucho es más” y carga el escenario de cuerpos, luces, vestuarios y canciones que no se articulan entre sí, que no responden a las demandas dramáticas de la trama y que funcionan como ‘islas’ expresivas: las internas lucen nalgas y escotes con aires de “Mad max” (la película futurista en la que Tina Turner mostraba sus longilíneas piernas), los criados parecen salidos de un film de la BBC de principios del XX; ejemplos de la desconexión visual con la narrativa.

La música (compuesta por Gabriel Fernando Álvarez) tampoco se ciñe a las demandas del texto sino que es una maqueta casi estándar de los sonidos típicos de los musicales de Broadway, con algún que otro apunte interesante en un par de climas; no más.

“Más no es más”: éste es el desencuentro conceptual de “De atar...” que, no obstante, ofrece una que otra imagen visual lograda y pone sobre el escenario el costoso dispositivo que supieron adquirir. Una pena.