Mundo Sábado, 4 de marzo de 2017 | Edición impresa

Antes contenida, retorna la deforestación en la Amazonia

El desmonte de los bosques y los incendios originan la décima parte de las emisiones que llevan al calentamiento mundial.

Por Hiroko Tabuchi y Clire Rigby © 2017 The New York Times

Hace unos meses, un representante de Cargill viajó hasta esta remota colonia en las tierras bajas orientales de Bolivia, en los confines más al sur del vasto río Amazonas, con una oferta tentadora.

El gigante estadounidense de la agricultura quería comprar frijol de soja a los habitantes menonitas, descendientes de campesinos europeos que habían estado limpiando la densa selva para sus asentamientos durante más de 40 años. La compañía financiaría las bodegas locales y la estación para pesar a fin de que los campesinos pudieran venderle sus productos directamente a Cargill en el sitio.

Uno de ellos, Heinrich Janzen, estaba limpiando un lote de 14.800 ha que había comprado a finales del año pasado, moviéndose de prisa para sembrar la soja a tiempo para una cosecha en mayo.

“Cargill quiere comprarnos”, comentó Janzen, de 38 años, mientras salía un humo azulado de un montón de vegetación en llamas. Su soja tiene demanda. Cargill es uno de varios comerciantes agrícolas que compiten para comprarles la leguminosa a los agricultores locales.

Selvas húmedas

Cargill confirmó las cuentas de los colonos y dijo que sigue evaluando si se abastecerá en la comunidad. Esa decisión dependería del estudio de la productividad en la zona y los títulos de la tenencia de la tierra, observó Hugo Krajnc,  dirigente de relaciones corporativas de Cargill para el cono sur, con sede en Argentina. “Pero si un campesino quemó su selva, no nos abasteceremos con él”, advirtió.

Una década después de que el movimiento “Salvar las selvas húmedas” forzara cambios que frenaron drásticamente la deforestación en toda la cuenca amazónica, la actividad está retornando con gran estruendo en algunas de las extensiones más grandes de las selvas húmedas tropicales del mundo.

Ese resurgimiento, impulsado por el creciente apetito del mundo por la soja y otros cultivos, está incrementando al espectro de un deslizamiento hacia atrás en los esfuerzos por preservar la biodiversidad y combatir el cambio climático.

En la Amazonia brasileña, la selva tropical más grande del mundo, la deforestación aumentó en 2015 por primera vez en casi una década, a 809.372 ha, de agosto de ese año a julio del siguiente.

Ello es un salto de alrededor de 607.029 ha respecto del año anterior, según estimaciones del Instituto Nacional para la Investigación Espacial del Brasil.

Aquí, al otro lado de la frontera, en Bolivia, donde hay menos restricciones sobre el desmonte, parece que también se está acelerando la deforestación.

Se han deforestado alrededor de 350.000 ha de tierra, en promedio, cada año, para la agricultura desde el 2011, según estimaciones del Centro de Documentación e Información de Bolivia, un organismo no gubernamental, en una zona de un tamaño casi equivalente al estado de Rhode Island (EEUU). Esa cifra ha aumentado de unos 148.083 ha al año, en promedio, en los '90 a 269.868 ha anuales en 2000.

Ahora, un nuevo estudio de una organización de activismo ambiental apunta hacia indicios nuevos de que los campesinos bolivianos y brasileños están desmontando a gran escala. Son aquellos que comercializan con Cargill el frijol de soja. 

Esa organización, Mighty Earth con sede en Washington, utilizó imágenes satelitales e información sobre la cadena de suministro del Instituto del Ambiente de Estocolmo, un centro de investigación ambiental, para identificar la deforestación en Brasil donde dos de los gigantes alimentarios con sede en Estados Unidos, Cargill y Bunge, son los únicos comerciantes agrícolas conocidos.

El mapeo de la cadena de suministros que hizo el Instituto Ambiental muestra el uso de los datos sobre aduanas, embarques, así como los de producción que tienen las municipalidades brasileñas para rastrear las exportaciones agrícolas hasta los productores.

Según el análisis de Mighty Earth, se deforestaron más de 129.800 ha entre 2011 y  2015 en las zonas de la sabana brasileña en las que opera Cargill, en una región llamada el Cerrado. Mighty Earth también vinculó a Bunge, el otro gigante agrícola, a más de 566.440 ha de 2011 a 2015.

En Bolivia no está disponible el mapeo de la cadena de suministro. Mighty Earth envió empleados a zonas en las que opera Cargill. La organización utilizó drones para registrar el desmonte en bosques y sabanas donde Cargill tiene silos. La Organización Noruega de Cooperación para el Desarrollo y la organización no gubernamental, Fundación por la Selva Tropical, Noruega, financiaron la investigación.

En forma independiente, un reportero de The New York Times viajó a zonas remotas de Bolivia. Entrevistó a los campesinos que participan en la deforestación, quienes dijeron que le vendieron la soja a Cargill. Ellos describieron lo que llamaron la presión de Cargill para incrementar su adquisición de soja producida localmente y sus intentos por mejorar los vínculos con los productores locales.

Hay informes de deforestaciones recientes con todo y que hace tres años Cargill y otras compañías firmaron un acuerdo emblemático que incluía un objetivo de “eliminar la deforestación de la producción de mercancías agropecuarias, como el aceite de palma, la soja y productos de res para el 2020”. Expertos de ese entonces dijeron que, para cumplir con la fecha límite, expuesta en la Declaración de los Bosques de Nueva York, las compañías tenían que empezar de inmediato a hacer que su abasto fuera más sustentable.

Tanto Cargill como Bunge sostienen que el informe parece inflar el papel que han tenido en la deforestación de la región. La parte de la soja de las municipalidades bolivianas que es para Cargill alcanzó alrededor de 8%, aclaró la empresa. Entre tanto, en la región de Matopiba en Brasil, según notó Bunge su parte fue de alrededor de 20%.

Y el frijol de soja es solo uno de los cultivos detrás de la deforestación. Así lo explicó Stewart Lindsay, vicepresidente para relaciones corporativas mundiales en Bunge.

“Una compañía sola no puede resolver este problema. Un paso positivo sería que más compañías adopten los compromisos de cero deforestación, apliquen controles para bloquear la entrada a sus cadenas de suministro lo que se cultive ilegalmente en zonas desmontadas, que reporten públicamente los avances y que inviertan millones de dólares para apoyar los esfuerzos de planeamiento del uso sustentable del suelo, todo lo cual ha hecho Bunge”, sostuvo Lindsay. (Bunge, no obstante, no es signataria de la Declaración de Nueva York sobre los Bosques.) En una entrevista, David MacLennan, director ejecutivo de Cargill, dijo que la compañía estaba estudiando los alegatos de deforestación en Bolivia y Brasil, vinculados a ella. “Si hay algo, si está sustentado, haremos algo al respecto”, manifestó MacLennan.

Y agregó: “Vamos a cumplir con nuestras obligaciones y nuestros compromisos. Nos hemos comprometido a terminar con la deforestación y hacer lo que nos toca para terminar con la deforestación. Nuestra palabra es nuestra obligación”.

Prioridades nacionales

La pérdida de bosques va en detrimento del clima de la Tierra. El desmonte de los bosques y los incendios que conllevan, generan una décima parte de todas las emisiones que provocan el calentamiento mundial, según la Unión de Científicos Preocupados, por lo cual la pérdida de bosques es uno de los mayores contribuyentes al cambio climático.

Solo cerca de 15% de la cobertura forestal del mundo permanece intacta, según el Instituto de Recursos Mundiales. El resto se ha desmontado, degradado o está en fragmentos, lo cual ha eliminado ecosistemas y ha desplazado a comunidades indígenas, afirman los científicos.

Detrás del incremento en la deforestación hay una estrategia de compañías alimentarias multinacionales para abastecerse de productos agropecuarias en zonas cada vez más remotas del  mundo. Ellas tienden a ser aquéllas donde las protecciones legales de los bosques son las más débiles.

La Amazonia brasileña, es el ejemplo emblemático del movimiento mundial por la conservación forestal, goza de cada vez más protecciones, como la moratoria anunciada en 2006 sobre el desmonte para la producción de frijol de soja.

Entre ese momento y el 2015, Brasil redujo la deforestación en la Amazonia en casi dos tercios, según estimaciones de Mongabay, el sitio de noticias ambientales, con base en datos del Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

El repunte en la pérdida forestal desde entonces, no obstante, ha generado inquietud en cuanto a que los avances están lejos de haberse asegurado.

Brasil estaba consciente del desafío de mantener a raya a la deforestación, dijo en una entrevista Everton Lucero, el secretario de cambio climático y selvas del Ministerio del Ambiente de Brasil.

“Estamos muy incómodos con las malas noticias de que tuvimos un aumento en la deforestación y estamos tomando todas las medidas posibles para para revertirlo el año próximo”, dijo Lucero. 

Los recortes presupuestarios en medio de la reciente agitación económica y política en Brasil, notó, había generado el caos en la vigilancia de sus selvas tropicales.

Cuando se viaja a regiones remotas, “a veces, nuestras unidades de comando y control se quedaban sin combustible para los helicópteros”, comentó. 

En Bolivia, por otra parte, se presenta otra situación. El presidente Evo Morales ha hecho de asegurar la “soberanía alimentaria” una parte importante de su agenda, lo que ha impulsado la expansión agrícola boliviana.

Relativamente, son pocas las protecciones forestales, y la autoridad gubernamental para los bosques y la tierra está encargada de las funciones, potencialmente conflictivas, de regular el uso del suelo, la silvicultura y la agricultura, así como de emitir las concesiones para la explotación maderera y la agricultura.

El país, sin salida al mar, ha declarado que espera desmontar casi 5.664.400 ha de selvas para 2025, a fin de convertirlos en suelo labrable.