Opinión Martes, 2 de diciembre de 2014 | Edición impresa

¿Qué hemos perdido con la partida de Pepe Eliaschev?

En recuerdo del gran periodista Pepe Eliaschev, recientemente fallecido, Kovadloff produce una reflexión sobre la profesión y la vocación del periodismo en estos tiempos tan aciagos, cuando los desafíos para cumplir con honestidad y probidad tal actividad

La extraordinaria repercusión alcanzada por la muerte de Pepe Eliaschev induce a interrogarse acerca de lo que una sociedad pierde con la desaparición de un gran periodista.

Para responder a esta pregunta, dos cuestiones previas exigen consideración. La primera: un periodista se destaca o bien cuando informa acerca de algo decisivo que la sociedad desconoce o bien cuando interpreta con inusual sagacidad algo que la sociedad conoce pero acerca de lo cual no ha reflexionado con suficiente hondura y originalidad. 


Pues bien: Pepe Eliaschev fue un gran periodista por haber cumplido con ambos requisitos: supo informar develando lo encubierto y supo interpretar clarificando y orientando en la comprensión de los hechos.

Supo valerse, además, tanto de la palabra oral como de la escrita, y en ambos casos con igual maestría. Unía, al expresarse, los recursos de una elocuencia infrecuente a los de una educación no menos inusual.

Si bien el presente era su tema, nunca lo redujo a la mera actualidad. Sabía articular, en la caracterización de nuestra época, los recursos provenientes de una cultura amplísima en la que el pasado operaba como fuente inagotable de sugerencias.

De ellas se valía con naturalidad para probar hasta qué punto el hoy y el ayer guardan un esencial parentesco, solo insignificante para quien desconozca la historia.


En las circunstancias actuales de la Argentina, la desaparición de Pepe Eliaschev es más que lamentable. El espíritu crítico pierde con su muerte una de sus voces sobresalientes.

En un país como el nuestro, en el que el ejercicio del poder se cumple tantas veces en desmedro de la ley, el aliento reflexivo de Pepe Eliaschev sabía imprimir al examen de los hechos la significación profunda que el trajín de la vida diaria casi siempre les arrebata.


Pepe Eliaschev fue inflexible con todas las formas del delito. Especialmente con el delito en el que suelen incurrir las dirigencias cuando rehúyen su responsabilidad.

Jamás estuvo dispuesto a entender la política como una práctica divorciada de la ética y homologable a la corrupción. No fue hombre de partido, si bien sus simpatías por el radicalismo fueron claras, sobre todo entre 1983 y 1989.

Su militancia fue cívica y alentada en todo por su vocación periodística. Pagó todos los costos que le impuso su irrenunciable apego a la libertad expresiva: los de la censura y los del exilio. Interpeló sin pausa a la vida partidaria sin resignarse a ver en ella un recurso menor de la democracia.

La República fue su desvelo primordial. La autenticidad con que procedía le generó tantos adversarios como admiradores. Sin proponérselo, llegó a ser un maestro en lo suyo. 


Ni la música ni la filosofía ni el arte ni la literatura fueron terrenos ajenos a su interés. Supo, como pocos entre sus colegas, que la creación espiritual que en todos esos campos se pone en juego puede nutrir medularmente la comprensión de nuestro tiempo.


Quienes como yo tuvimos la fortuna de ser sus amigos a lo largo de toda su vida (yo lo conocí cuando él tenía 18 años) no olvidaremos su formidable aptitud para escuchar.

Para meditar lo escuchado e incorporar lo entendido. Pepe Eliaschev era un oyente tan singular como fue singular su don para formular preguntas. La Argentina lo necesitaba mucho todavía. Me consuelo pensando que su ejemplo y su obra perdurarán en el recuerdo y el estudio de quienes aspiramos a vivir en una Argentina capaz de combatir su propia decadencia.

Por Santiago Kovadloff - Filósofo y escritor.- Especial para Los Andes