La Presidenta, en lo suyo. Grandes escenarios, multitudes, la atmósfera húmeda y sucia de un estadio y la voz un poco rota. Una imagen tantas veces vista antes y después de la muerte de Kirchner, figura omnipresente -una vez más- anoche en Vélez.
No sólo por la insistente evocación de la Presidenta es la referencia obligada del momento histórico del kirchnerismo. ¿Cómo vencer la tentación de preguntarse qué camino habría tomado en esta etapa? Tarea de sus viudas, que son muchas las que ha dejado en política.
Puede entreverse que la Presidenta ha invertido en este largo año y medio desde la desaparición de Kirchner, cierta lógica de la construcción de poder kirchnerista. Kirchner era el presidente de las consignas al límite en la tribuna y el atril feroz, y a la vez el jefe de Estado pragmático e incluso componedor. Decenas de anécdotas sostienen la idea, ninguna como la frase de su propio cuño: “No escuchen lo que digo, miren lo que hago”.
La Presidenta recurrió a apelaciones a la unidad de su propio espacio -Unidos y Organizados, una consigna de reverberancias distintas en el peronismo- pero también fuera de él, con el alcance que demanda el mensaje de un jefe de Estado. El recorrido, el “miren lo que hago” de Kirchner, es en su caso un “no miren lo que hago”.
El kirchnerismo está atravesando una etapa de cambios -la cuestión del recambio generacional después de casi una década no es una elección sino una imposición- que terminarán por rediseñar su fisonomía. Parece haber en la Presidenta una vocación reformista aún más acendrada que la que hubo en Kirchner -aunque el ex presidente recelaba de la tibieza del término- y acaso una dosis mayor de audacia (“profundizar la transformación”, dijo y dejó de hablar de modelo). Los procesos personales probablemente jueguen en esto.
El mensaje de Cristina Fernández -probada en la oratoria y el arte escénico- no dejó mucho más. Es difícil encontrar una frase que resuma su espíritu, como no sea la de la recuperación del rol del Estado en la economía -y para eso mejor escuchar a Kicillof, sin ironías- El resto es lectura de señas: la consagración de La Cámpora, con los Movimiento Evita y la Corriente, organizadores del acto; la sonrisa gardeliana de Boudou, el hombre inimputable; Mariotto, un paso adelante de Scioli en el escenario y en boca de la Presidenta.
Con sus ademanes, apuestas y afectaciones, la pregunta sigue siendo a dónde va Cristina rodeada de sus jóvenes.
El gobierno argentino negó ante la Organización Mundial del Comercio las acusaciones de 13 países más la Unión Europea que afirman que nuestro país ha puesto trabas a las importancias.
El Gobierno intimará a los agentes públicos que tienen la edad y los años de aporte para retirarse. Busca así ahorrarse casi 15 millones por mes. Extenderán el congelamiento de contratos.