Al morir su esposa, el dictador pasó de ser tutor de una joven de 15 años a su amante. Tuvo seis hijos con ella, pero no los reconoció.
domingo, 01 de enero de 2012
Él, sin ser un hombre especialmente apuesto, constituía, en conjunto, un bello tipo. Robusto, rubión, coloradote, de labios finos y expresión irónica -las expresiones a veces dicen más de nosotros que lo conveniente-, parecía mas bien un farmer inglés. Borges nos dice en su cuento “Diálogo de muertos” “… y lo cierto es que se parecía notablemente al arquetípico John Bull.”
Ella, cuando se conocieron, era una niña. Trece años tenía. Él ya era quien fue siempre. El célebre dictador argentino, sobre el cual aún hoy seguimos disintiendo, y contaba cuarenta y tres años de edad.
María Eugenia Castro (1.823-1.876) era hija de un oficial del ejército, el Coronel Juan Gregorio Castro, quien había nombrado a Rosas su albacea testamentario y tutor de su hija mayor, María Eugenia.
La niña María Eugenia, muerto su padre el Coronel, pasó a vivir en Palermo, la residencia de don Juan Manuel y su familia, como dama de compañía de la señora de la casa, doña Encarnación Ezcurra. Dos años después, muere la esposa del Restaurador, y la niña -ya toda una mujercita de quince años- muda su situación dentro de la residencia de Palermo. De pupila-criada pasa a ser la amante del Dictador. Allí convivían ambos.
Carlos Ibarguren nos dice: “Eugenia era una agraciada muchacha, morena, vivaz y sensual, una odalisca criolla…” Rosas la apodaba “la cautiva”. No era una relación escondida. Al contrario, a veces se los veía pasear juntos en coche y tuvieron seis hijos: Ángela (a quien Rosas llamaba “el soldadito”, y por la cual parece haber tenido alguna predilección), Emilio, Joaquín (“el chileno”, muy parecido a él), Nicanora (“la gallega”), Justina y Adrián.
Ninguno tuvo la suerte de ser reconocido por su padre.
En su testamento, Juan Manuel de Rosas manifiesta: “Jamás he tenido o reconocido más hijos en persona alguna que los de Encarnación mi esposa, y míos, Juan y Manuelita”.
Derrocado por Urquiza en la batalla de Caseros en 1.852, el dictador se exilia en Inglaterra y María Eugenia no lo acompaña. A partir de ese momento la relación continúa por vía epistolar.
Ella, que había quedado en Buenos Aires en muy precarias condiciones económicas junto a los hijos nacidos de la unión de ambos, le escribe quejándose. Él parece haber tenido en paz su conciencia, pues las cartas indican que al marcharse la había invitado a acompañarlo, cosa que María Eugenia había rehusado. “Si cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse con tanto interés en dos expresivas y tiernas cartas, hubieras venido, no hubieras sido desgraciada. Así cuando hoy lo sois, debes culpar solamente a tu maldita ingratitud”.
Ella continuó escribiéndole para reclamarle algún dinero, dada su atribulada situación económica, socorro que él negaba, alegando su propia pobreza. “A veces pienso en colocarme de peón en algún lado”. Nunca más volvieron a verse.
Él jamás se dirigió a ella con trato íntimo. Se despedía en sus cartas como “tu afectísimo paisano”, y en la última que se conoce, en el saludo final le escribe “tu patrón”.
María Eugenia murió a los cincuenta y tres años, antes de envejecer, acuciada por la pobreza, el abandono y las angustias. Juan Edgardo Martín - Especial para Los Andes