Medianoche en París, protagonizado por Owen Wilson.
"Midnight in Paris", el largometraje número 41 del director norteamericano Woody Allen, está rompiendo récords de taquilla en todas partes (en Mendoza está aún en cartel en Cinemark, Palmares). Sin duda no llegará ni a los talones de la recaudación de "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte", pero en la Argentina de las vacaciones de invierno le ganó a "Transformers 3" y hoy es la más vista en España, Bélgica, Francia, Noruega, Uruguay y Brasil.
Es y esto es lo más llamativo la película de mayor éxito de Allen en Estados Unidos en los últimos 35 años, con exhibiciones en más de mil salas y ganancias que a pocas semanas del estreno superan los 25 millones de dólares. Dentro de los números que históricamente han manejado sus producciones, tamaña popularidad resulta inesperada.
El primer hit de Woody Allen como director vino de la mano de su séptimo filme, "Annie Hall", rodado en 1977. Se llevó el Oscar a la mejor película, la mejor dirección, la mejor actriz (Diane Keaton) y el mejor guión original. El propio Allen estuvo nominado a la mejor actuación masculina (por su inolvidable papel de Alvy Singer, en donde por primera vez y para siempre hacía el rol de neurótico), compitiendo con figuras de la talla de Richard Burton y Marcelo Mastroianni (y también, todo hay que decirlo, John Travolta).
El premio quedó en manos de Richard Dreyfuss por "The Goodbye Girl". Semejante cosecha en la Academia de Hollywood no se repitió, aunque sus guiones ?siempre originales? fueron nominados varias veces. La última, por "Match Point", su primer trabajo realizado por completo fuera de Nueva York.
Ese filme y "Vicky Cristina Barcelona" han sido en la última década los grandes goles de Allen en su país natal. Pero ninguno logró superar allí los 40 millones de dólares de recaudación de "Hannah y sus hermanas", película de 1986 protagonizada por Mia Farrow y un cast de lujo, y que hoy sigue encabezando la lista de filmes de mejor recepción de Woody Allen en Estados Unidos.
Porque, lo sabemos, el autor de Brooklyn nunca ha sido profeta en su tierra. Ganó el Príncipe de Asturias en España, incontables premios BAFTA en Inglaterra, la apertura del Festival de Cannes queda recurrentemente en sus manos, y en Argentina es uno de los directores más queridos y entra holgadamente dentro del circuito comercial.
Y no es que a Allen le importe entrar en ese circuito ni ser masivamente reconocido en su país. Ya en "Annie Hall" dejaba bien clara su opinión acerca de Hollywood, con un Alvy Singer al que le entraban crisis de pánico de sólo pisar Beverly Hills. De hecho, tras el estreno de la aclamada "Crímenes y pecados" en 1989, Woody Allen se enteró de que se estaban haciendo proyecciones privadas del filme en el exclusivísimo barrio Bel Air de Los Angeles, ante numerosas celebrities que quedaban encantadas.
"Sé que he debido hacer algo mal cuando a mi película la está viendo en Hollywood un grupo de gente que afirma que es mi mejor trabajo, y resulta que algunas de las cosas que critico son, precisamente, las que ellos representan", dijo un horrorizado Allen. "Si en realidad fuera una película maravillosa, creo que no habría despertado ese interés."
Dejando de lado la probable neurosis que lo llevó a hacer declaraciones como la anterior, lo cierto es que a Woody Allen la crítica lo ha tenido siempre sin cuidado. Bueno, no siempre. Cuando era joven, recortaba y guardaba las malas opiniones de sus primeras producciones ("Robó, huyó y lo pescaron", "Bananas"), para reírse de ellas cuando fuese mayor y se hubiese convertido en el gran artista en que planeaba convertirse. Y si bien hoy millones de personas lo consideran un enorme realizador, él no opina igual: "La mayor parte de la obra de casi todo el mundo, la mía incluida, es mala porque cuesta mucho hacer algo bueno", dijo alguna vez.
Woody Allen no se considera un genio, pero sí alguien con suerte. El poco éxito económico de sus filmes nunca ha sido motivo para quedarse sin apoyos de producción, y cuando la situación se encareció en su país se fue a filmar a Europa, donde lo recibieron de brazos abiertos. Con todo, el éxito de "Medianoche en París", tanto en su país como en el exterior, ha sido una sorpresa incluso para él.
¿Y qué tiene esta película que la ha vuelto tan atractiva? Aunque sólo se puede especular, en parte parece tener que ver con la premisa sobre la que se funda la historia, que es un lugar común y que per se no resulta del todo interesante: "todo tiempo pasado fue mejor". Para abordar esa convicción generalizada (o esa suerte de fe universal), Allen recurrió, una vez más, a sus viejas obsesiones: el aspirante a escritor (Owen Wilson, en el papel de Gil Pender), la pareja disfuncional (con su prometida, Inez), el pase mágico (presente en películas como "La Rosa Púrpura del Cairo", "La maldición del Escorpión de Jade" y "Scoop") el pedante cultural (parodiado también en "Annie Hall" y "Maridos y esposas"), y desde luego, la literatura.
Pero esta vez las referencias literarias no son referencias: son el corazón mismo de la trama. Si en otras de sus producciones los nombres de Dostoievski, Rilke o Conrad permanecen en el limbo de las menciones, aquí los personajes literarios cobran auténtica vida. Gil Pender, alucinado con París y deseoso de darle cauce a su primera novela, se encuentra, sin mayores explicaciones, transitando tertulias de los años 20 junto a Hemingway, Scott Fitzgerald y Gertrude Stein; todos hitos de la literatura estadounidense que no hace falta haber leído para reconocer como hitos.
Y lo cierto es que a Allen no le interesó presentar a esos personajes desde la precisión biográfica: esos escritores y otras futuras celebridades culturales que aparecen en el filme, como Buñuel, Dalí y Picasso, no son más que una versión estereotípica de sí mismos, porque son, finalmente, la representación idealizada del protagonista Gil Pender. Para él la ciudad de París de aquella década dorada, tomada por una revolucionaria pulsión artística, fue con seguridad la mejor época del mundo para crear y estar vivo.
En el libro de ensayos humorísticos de 1971, "Cómo acabar de una vez por todas con la cultura", hay un capítulo sobre memorias de los años 20 en el que Allen parodia justamente esa inagotable pulsión artística, atiborrada de personajes geniales (y muy caricaturizables), que se conocieron e inspiraron entre sí. "Midnight in Paris" no es, en cambio, una parodia ni una caricatura. Es una suerte de exagerado sueño cumplido.
Y en el estallido de satisfacción personal que sucede al reconocimiento de alguno de aquellos iconos culturales, el espectador se identifica en la sorpresa del propio Gil Pender. Es posible que en esas identificaciones estriben buena parte de las razones del éxito de la película, al menos en Estados Unidos. Las referencias del filme no son para iniciados, son para todos.
Pero además está París. En "Vicky Cristina Barcelona", la ciudad no tiene incidencia alguna; salvo por la banda sonora, la historia podría haber transcurrido en cualquier sitio. "Midnight in Paris" sólo puede ocurrir en París, tanto por la trama como por las elecciones estéticas. Las escenas iniciales son típicas postales parisinas, y los personajes se moverán alrededor de las obras de Rodin, de los jardines de Versalles, del Sena. Pocos autores cinematográficos pueden recurrir a visiones estereotípicas y salir airosos. Woody Allen lo hizo por partida doble, porque no es un recurso que se espere en él.
Y en fin, si en nuestro país se hiciera una producción que, en clave de comedia, trajera a la vida a Borges, Girondo y Roberto Arlt, probablemente también se batirían récords de taquilla. Y de disgusto. Es poco probable que una obra así pueda gestarse por estos lados, porque los argentinos no solemos tener mucho pulso para reírnos de nuestros propios iconos.
Delante o detrás de las cámaras, ambos realizadores tienen el mismo enigma: cómo hacer cine independiente en Argentina y salir exitosos. A punto de venir a Mendoza como invitados del Bafici, Daniel Hendler y Ana Katz apuntan, enfocan y disparan: “Todas las salas se ocupan con producciones cada vez más chotas”. Un debate cultural eterno.
En charla con Cultura Los Andes, el premio Emecé 2003 desentraña los misterios de su última novela "Ruidos". "Son los ruidos de una mente en confinamiento. El "ruido metafísico" del que hablaba Antonio Di Benedetto a raíz de "El silenciero". El lenguaje como ruido, en oposición a Dios, que es el silencio", comenta.