Una charla entre un latinoamericano y un diplomático asiático depara más de un asombro en estas épocas de rápidas mudanzas globales. Mientras la situación en aquel lado del mundo se ensombrece, con la excepción contemporánea de China, esa extensa tribu de ricos enfrenta el acoso de la doble suba de los cereales y el petróleo que edifica, en cambio, un panorama diferente en esta parte del globo.
Es un encuentro de dos mundos con un cambio radical de perspectiva. Un paradigma que reclama una extensión de la mirada respecto a una región que la visión inmediata caracterizaría, paradójicamente, en su peor momento.
La V Cumbre Europa-América Latina que se realizó entre ayer y hoy en Lima exhibe esas contradicciones, que deben ser revisadas aun bajo el peso de la retórica inútil y sobresaliente en este tipo de encuentros. En el umbral de estos debates lo que aparece es una región en despojos por batallas interminables. Ahí está el choque entre Venezuela y Colombia por las FARC; la pelea con ruptura de relaciones incluida, entre Ecuador y Colombia, que invadió militarmente a aquel país. El litigio comercial con Europa entre Lima y Bogotá contra sus socios menores de la CAN, Quito y La Paz. El desencuentro Perú-Chile por la demarcación marítima. Y los desbordados conflictos internos en países clave del área como Bolivia y Argentina. Conviene sin embargo elevar la vista sobre la coyuntura. Aquel diplomático va a lo global, sin ingenuidades. “Están viviendo otra revolución económica. La Cepal detecta un récord de inversión con más de US$ cien mil millones”, detalla. Ese ímpetu se alimenta en el crecimiento del precio de los commodities, cereales y energía, que es parte de un ciclo largo de la economía provocado por la transformación de China y la India, aunque no son los únicos actores que impulsan estas subas por demanda.
Al tratarse de un ciclo largo y no corto la cuestión en ambos mundos se mide en el mediano y largo plazo. En Asia hay países exitosos como Corea del Sur, envueltos en esas sombras no coyunturales, que importan dos tercios de su alimento y generan apenas 5% de la energía que consumen. Vietnam, que viene creciendo, debió previsionar parte de su cosecha de arroz -es el segundo productor mundial-, para evitar que se caiga del plato de su población. En otros sitios se hace evidente la urgencia para saltar hacia modelos de mayor productividad. Empresas de Seúl, como Samsung o Hyundai, analizan instalar en Argentina fábricas de componentes electrónicos o en Brasil, de automóviles, atento que la demanda es tal que conviene procesar en destino. Este crecimiento de conjunto y más allá de las calamidades de América Latina, se hace sobre los escombros de la Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio, lastrada ya hasta el abismo por la negativa de los latinoamericanos a abrir sus mercados, muchos de ellos ahora pujantes, a cambio de apenas una mengua de la estructura de subsidios agrícolas y ganaderos en el primer mundo. Europa chapalea además ahora en su propia trampa por los cupos que impuso hace dos décadas para eliminar la sobreproducción de cereales o de leche. Las cuotas, cuya vigencia se estirará al menos hasta 2015, provocan que el continente no logre excedentes agrarios para aprovechar esta nueva ola. Pero si las elimina, destruirá a los pequeños agricultores protegidos por el precio sostén que les paga el Estado para salvarlos de los vaivenes del mercado. Difícil que acepten ese destino sin batallar. Entre tanto, lo que producen no alcanza y la presión a la demanda se multiplica.
Parte del conflicto dentro de la CAN refleja ese espejo. El grupo andino, con el impulso de Lima y Bogotá, busca un acuerdo de libre comercio con Europa pero Bolivia, con el respaldo de Ecuador -los otros dos socios-, ha planteado un punto poderoso. La Paz admite la asociación entre la CAN y la UE pero demanda vincular la desgravación de los aranceles a fijar metas de exportación de productos bolivianos con valor agregado. Temen, con razón, ser arrasados por la competencia europea. Peter Mandelson, el comisario específico de la UE, respondió indignado a esa demanda sugiriendo que quedarían aislados los países chicos que la defiendan. Pero la reacción muestra la dificultad para comprender la profundidad de un cambio de ciclo que es evidente para muchos otros.
Francis Fukuyama, de polémica fama por su defensa de los términos ultraliberales y que no hace tanto como para olvidarlo, se atrevió a sepultar la historia, retrocede ahora como ha venido haciendo sobre sus propias huellas, en una reivindicación inesperada de América Latina. “Sin temor a equivocarse, América Latina no merece ningún respeto para Washington”, dice en un artículo reciente “la revolución silenciosa” y recuerda con cierto desprecio al Nixon que en 1971 profería en privado: “Hoy a la gente le importa un comino América Latina”.
Los latinos no son sólo importantes, dice, porque rebasaron a los afroestadounidenses como minoría étnica en EEUU, sino porque “la región es hogar del mayor conjunto de democracias en el mundo” y reconoce, original para su propia historia, que el Consenso de Washington y “el conjunto de políticas favorecidas por la Casa Blanca” causaron los estancamientos de fines de la década del '90 y originaron los actuales gobiernos.
En plena mutación cuelga además la siguiente frase: “El desarrollo da forma a la materia. Si EEUU no puede ayudar a llevar a su vecindario hacia la democracia liberal y de mercado, es difícil determinar qué ha estado tratando de transformar en países al otro lado del mundo y que presentan más diferencias culturales. El discurso dominante en el hemisferio occidental sostiene que las ideas estadounidenses en torno al desarrollo han fallado”. También muchas de las europeas, vale señalar por nuestra parte. Es mucho más que otra mirada. CC