He aquí un sueño muy extraño que tuve anoche. Soy mujer y vivo en el campo, dirijo una hacienda en un lugar selvático que puede ser Chiapas o Misiones, el ambiente es quiroguiano y el tono narrativo también. Todos los personajes son como los de Bruno Traven, muy masculinos, hombres rudos.
Una mañana se aparece un tipo muy bajito, bronco y suficiente, con sombrero de paja toquilla y pistolas a los lados, y con toda simpatía y tratándome a lo macho de “güerita” me anuncia que van a cruzar el barco a través de mis territorios. Yo respondo que los barcos andan por el agua y que para eso ahí tiene el río. Él sonríe, dizque galante, y me dice que no, que a ese río ya lo navegaron y que ahora, para ir al otro río, deben hacer un puente seco para el barco.
Yo miro detrás de él y veo una especie de enorme fragata, o galeón, no sé, un barco de velas como del siglo XIX, con dos mástiles pelones y alrededor un montón de gente martillando y trabajando; hay cajas y cajones en desorden como si durante toda la noche hubiesen estado desembarcando y subiendo la nave a la costa. En ese momento recuerdo el filme de Herzog, Fitzcarraldo, cuyo argumento también se basa en el cruce de una nave a través de la selva y sí, quizás yo soñé anoche mi versión. La diferencia es que en mi sueño no hay indios; los nativos no sé dónde están porque los peones son todos blancos. Por eso me parece que mi hacienda onírica no está en Brasil, y tampoco en el Sur de México, mi sueño le debe más a Horacio Quiroga que a Rosario Castellanos.
El chaparrito me mira esperando respuesta y yo, bien plantada sobre mis botas de montar, le exijo que se retire de mis tierras por la paz, porque no voy a permitir que por desplazar ese barco destruyan las selvas vírgenes, las arboledas milenarias, la armonía de mis territorios. El petiso se ríe, con diabólica suficiencia, y me propone que mejor dejemos trabajar a sus peones mientras bebemos un trago porque después de todo, güerita, dice, usté no ha sido amistosa hasta el momento y ni siquiera le ha ofrecido un vaso de agua a este humilde admirador suyo.
Yo agarro la escopeta de junto a la puerta y le apunto directo a la cintura. Al enano se le borra la sonrisa en el acto y alza las manos como pidiendo calma, güerita, calma, y yo –que sé que estoy soñando– la verdad es que empiezo a disfrutar del miedo de ese cabrón. Orita mero se retiran ustedes de mis tierras, le digo.
Y cuando el cabrón chaparro abre la boca para seguir alegando, le encajo un balazo en el piso que ni sé de dónde sale porque yo jamás he disparado, jamás he tenido un arma en la mano y créame que las odio, pero pues ni modo, en el sueño ahí estoy soltándole un escopetazo al enano entre las piernas. Él da un brinco como de chango y hace una pirueta mientras todos corren a protegerse y los míos, porque es claro que tengo peones fieles en mi hacienda, se atrincheran y preparan para la resistencia pues, seguramente, lo que sigue ha de ser la guerra.
Los del chaparro se reúnen allá, por donde el pinche barco está ya en tierra, montado sobre unas maderotas que parecen un dique seco sobre el que supuestamente planean desplazar la nave, y pues los míos clausuran puertas y ventanas, revisan los armamentos de la casa y las gordas de la cocina –que las hay, y en este punto el sueño sí parece de Castellanos o de Elena Garro, incluso de Laura Esquivel– se arremolinan para preparar vituallas y agua hervida y cortan trapos para curar heridos, como negras y mulatas durante las Invasiones Inglesas, aceite hirviendo y todo lo que se quiera.
Yo me instalo en el porche, atemorizada y alerta pero sin desesperación, y me pregunto cómo es posible llegar con tanta facilidad a situaciones extremas; por qué los seres humanos, movidos por la soberbia, la ambición o la estupidez son tan irresponsablemente capaces de dar pasos que sólo conducen al conflicto. Me pregunto, sí que con angustia, acerca de mis propios límites: ¿Por qué no he medido yo las consecuencias de mi balazo?
¿Cuánto seré capaz de resistir ahora el acoso? ¿Estoy realmente dispuesta a dar una batalla en la que nadie vencerá y cuyo único resultado previsible es la destrucción de vidas y hacienda, e incluso de las selvas que quiero proteger? ¿Acaso ahora represento yo la fuerza reaccionaria que siempre se opone a los cambios, que busca impedir las mutaciones, que se resiste a todo lo que modifica al mundo y a las cosas? ¿Acaso ese pinche enano simboliza un supuesto progreso, una modernidad que yo rechazo sin más argumento que disparar un escopetazo entre sus piernas?
En eso estoy cuando una de mis gordas viene a anunciarme que la sopa está lista, que mejor la tome ahorita porque la batalla comenzará en pocos minutos más. Ya han visto cómo los forajidos mandados por el chaparro tomaron posiciones alrededor de la casa mientras otros, allá lejos, mueven la nave a través de la fronda para lo cual talan árboles con sierras escandalosas y alteran el mundo silencioso de mis selvas.
Es la guerra, nomás. La angustia me gana de pronto, me envuelve una sensación espantosa, de frustración y de miedo, y me suelto a llorar. Con la pura angustia pero también con harta rabia, así, furiosa, tomo nuevamente la escopeta y salgo.
Para matar o morir.
Y en ese pinche momento me despierto. Y digo pinche porque me hubiera encantado saber cómo carajos terminaba esa batalla, ese sueño.
En el silencio de la noche
Cuando el silencio vence a la noche y en el hospital hasta lo mínimo deja de moverse, y el goteo de un grifo en el baño se torna perceptible, me invade el sueño. Es un instante en el que el tiempo parece detenerse, como si los gozos, o las posibilidades del goce, se extinguieran por completo y para siempre y uno supiera, como el condenado a muerte de Truman Capote, que no habrá esperanzas en el nuevo día.
Monte sin luz
Anoche tuve una pesadilla espantosa: mi madre viene a despedirse, alterada, llorosa y sangrante. Declara que el sufrimiento es peor que la enfermedad (quizás dice que el dolor es lo peor de la enfermedad) y me anuncia que morirá en las próximas horas. Yo me enojo y le reclamo: que siga luchando, que no se resigne. Ella me mira entre lágrimas y pronuncia estas palabras: “El monte sin luz no se ilumina jamás”. Yo no entiendo y me enfado aún más. Le grito que todo anuncio es innecesario y sádico.
Cuando despierto son las seis de la mañana y todo en Manhattan es blanco. Un frío cruel y despiadado impera en Central Park y desde el décimo piso admiro la belleza de la nieve cubriendo la madrugada oscura. Estoy por cumplir sesenta años y pienso que evoco la muerte de mi madre, décadas atrás en un hospital de provincia, como un conjuro contra mi propia decrepitud. Para Thomas Mann la vejez sólo es el pasado hecho presente. Para mí todavía es miedo en estado puro.
El recuerdo de mi madre no es, por eso, una pesadilla. Sí una incesante oscuridad, un monte sin luz.
Dos mil empanadas
Al comienzo ignoro que se trata de un sueño, pero debo hacer y cocinar dos mil empanadas aunque no sé para quién ni para celebrar qué. Siento una angustia que no debería, porque siempre me salen riquísimas, bien condimentadas y jugositas. Tengo experiencia y es un trabajo que me gusta. Uno vierte la cucharada de relleno sobre la masa aplanada en la palma de la mano, y siente el peso exacto en la concavidad. Luego se cierra la masa, doblada al medio, y se hace un primer repulgue con los dedos. Después se mojan los bordes con unas gotas de agua y se los sella aplastándolos sobre la mesa con un tenedor.
Mientras las hago, una por una, evalúo si será mejor hornearlas o freírlas, porque la reunión se hará pasado mañana, o sea dos días después del momento en que sueño que preparo las empanadas. Como disyuntiva adicional me pregunto si convendrá guardarlas crudas en el freezer, o cocinarlas en el horno y luego congelarlas, o simplemente conservarlas en la heladera para una calentadita final. También se podría freírlas y dejarlas alineadas sobre la mesa, tapadas con servilletas o manteles.
Mientras sopeso las posibilidades de mi indebida obligación, no dejo de preguntarme por qué y para qué, y para quiénes, debo pasar toda la noche preparando dos mil empanadas. Me digo entonces que si uno es escritor sólo cuando escribe –la idea es de Onetti– y recuerdo que Osvaldo Soriano escribía sólo cuando quería hacerlo, la pregunta correcta es si tengo ganas de hacer lo que estoy haciendo en el sueño.
La respuesta es que no y pronunciarla me despierta, menos cansado que si hubiera trabajado toda la noche en la cocina. Y de inmediato me pongo a escribir.
Sueño con el tigre
En éste no sé quién soy, si hombre o animal, pero camino por la selva con mucho cuidado porque sé que anda por ahí un tigre. De pronto descubro, en un claro de la maleza, un excremento gordo y largo, como de diez centímetros, ignoro de qué animal. Me acerco, lo huelo y lo desprecio, cuando se me aparece el enorme jaguar.
Lo miro fiero mientras viene lenta y cautelosamente hacia mí, y le grito con toda autoridad: ¡quieto carajo que yo vi primero esta comida!
El tigre se detiene.
Nos miramos, feroces, y me doy cuenta de que no se batirá cobardemente en retirada. Entonces con una pata, o mano, corto un pedacito de la mierda y lo lanzo hacia él y digo: ahí tiene, si quiere, ese poquito. El tigre se adelanta y come sin oler.
Me mira.
Corto otro pedazo, esta vez más grande, y lo arrojo detrás de él. Ahí tiene, coma si le gusta pero conmigo no se meta. El tigre da un salto hacia atrás con impresionante agilidad y se come el pedazo. Luego se relame y vuelve a mirarme.
Me preocupo porque ya queda poco. El tigre me mira con sus ojos de fuego. Decido velozmente darle el último trozo entero. Se lo lanzo mientras digo ¡cómase todo, carajo, y déjeme en paz!
El tigre se adelanta nuevamente, huele y come. Se relame. Y para mi sorpresa enseguida hace pis, una meada hedionda y fuertísima, como un gato que marca territorio. Yo tomo distancia despacito, consciente del peligro. El tigre huele su pis y decide, como alegremente, que ipso facto le vendría bien defecar. Lo hace mientras yo aprovecho para ir alejándome imperceptiblemente de su área de ataque. No le quito los ojos de encima mientras el largo animal, que está sumido en un sector de sombras gruesas, en la semioscuridad ahora se baña felinamente, lamiéndose todo, parte por parte. En la sombra parece negro como una pantera. Ahí se queda mientras yo me voy alejando cada vez más hasta que consigo ponerme a salvo.
Lo más curioso es que me despierto completamente excitado. Mientras orino pienso que este sueño debiera llamarse
“El tigre comemierda”. Empiezo a reírme a carcajadas, y a pura carcajada escribo esto.
Enano de Tilcara
Para Elena Bossi y Jorge Accame
Qué cosa más rara este sueño, parece un cuento de misterio: el tipo es un enano jiboso, de bigotes enormes y panza prominente, y viene de Tilcara, dice, para hacer un anuncio importante. Trae la misión de anunciarle un premio a un escritor pero no sabe su nombre ni tiene la dirección exacta. Recorre mi calle y toca a nuestra puerta.
Cuando salgo, me mira como si él estuviera más arriba y me pregunta: “¿Es usted?” “Sí claro, yo soy yo”, le respondo. Pero no entiende mi chiste y sonríe como si hubiera encontrado la piedra filosofal.
Apenas sobrepasa el metro de estatura pero se comporta con la seguridad de un mastodonte. Se presenta como el hijo de Jorge Calvetti, dice, poeta también él, de Tilcara. Es rector del único colegio que hay allí, según afirma, y ha viajado toda la noche en micro, vía Tucumán, sólo para anunciarme que me darán un premio.
No sin desconfianza, le pregunto por qué no llamó antes de venir y me contesta que en Tilcara no tienen teléfono. Sé que eso no puede ser verdad, pero el enano sigue: “Vengo de ver al gobernador”, y sé que miente, es obvio que miente.
Pero digo ajá y espero a que siga.
Y sigue, y dice que cumplida su misión, ahora va a tomar el avión de las 12 para volver a Jujuy. Es muy loco todo, porque no hay vuelos de aquí a Jujuy. Se lo digo. Pero él replica que ha venido en el avión de la Gobernación de Jujuy, no en micro desde Tucumán.
Y de qué premio se trata, pregunto con ironía, y el enano responde que es otorgado vía decreto presidencial y con firma del secretario de Cultura y el aval de la Asociación de Poetas Quebradenses. Que tengo que confirmarle en el acto si voy a ir a recibirlo, y en qué fecha. No tienen teléfono ni correo electrónico por lo que debo firmar mi aceptación en el anverso del decreto presidencial de fecha 25 de julio. Yo advierto que todo es un disparate pero el enano, sin transición, me dice que cumple también en informarme que el primer nombre propuesto para el premio fue el de Andrés Rivera, pero algunos escritores y docentes se opusieron, sólo mi nombre concitó unanimidad y entre los que me votaron están Héctor Tizón y su mujer. Enseguida afirma que enviarán el avión el próximo viernes a las 10 de la mañana, que la ceremonia en Jujuy será por la tarde y que me traerán de vuelta a Resistencia al día siguiente a la hora que yo estime más conveniente. Que las fechas que tienen son limitadas, y que mejor no proponga cambios porque para más adelante nada puede preverse.
Me entrega una carpeta flaca, creo que vacía, y taconea al uso militar antes de retirarse.
Lo miro alejarse por el medio de la calle, moviendo el culo a cada pasito, y voy despertando lentamente. Mi sueño se diluye como la bruma de Yala al amanecer.
Panteón
Sueño con una de las primeras familias pobladoras del Chaco. Apenas llegados del Friuli, Adoloratta y Benito Rosciani hacen construir el más fastuoso panteón del cementerio municipal: mármol rosa de Carrara, bronces labrados en Chile y cajones de roble de Eslavonia están listos para recibir sus cuerpos desde que ellos son jóvenes.
Una voz me recuerda que no es conveniente pensar demasiado en la muerte, pero yo respondo-pienso, en el sueño, que no soy un Rosciani, sólo uno que sueña. Tampoco es recomendable repetir palabras propias del más allá, me apostrofa la voz. Y bien lo sé, pienso-digo.
Tales certezas sólo me producen incomodidad mientras recuerdo-canto aquello de la gran novela de Asturias: “Alumbra lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre sobre la podredumbre”.
Opina Monterroso que ésas son frases sin significado que sencillamente están allí, aunque no cabe duda de que son palabras infernales y que quien las elige y repite, lo quiera o no, va entrando sin saberlo en el Infierno. Siento frío y miedo, de pronto, y miro lo que sueño: con tenacidad de hormigas, todos los domingos durante más de treinta años los Rosciani limpian el panteón y lustran los nobles materiales que guardarán sus restos cuando el Señor los convoque a su lado. Y con el mismo rigor mezquinan cada centavo a sus cinco hijos, a quienes educan en estricta austeridad, rayana en avaricia, pues los Rosciani no son pobres pero viven como indigentes.
Hay en el sueño un fundido a negro, la voz se silencia y sólo se escuchan murmullos y lloros. Don Benito ha muerto y poco tiempo después fallece también su amada esposa. Y la paradoja, se diría, está cantada: el panteón se ensucia y deteriora rápidamente, por la sencilla razón de que nadie va jamás al cementerio, ninguno de sus hijos y nietos se interesa por lustrar bronces y mármoles, velozmente todo se llena de moho y fétidos olores ganan el interior mientras las malezas crecen alrededor del otrora orgulloso panteón.
Hay otro corte en el sueño y, un año después, una mañana aparece un aviso en “El Territorio” ofreciendo el panteón en venta. Enseguida hijos y nietos se reparten el dinero, creman los cuerpos y, por correo postal, envían las cenizas al alcalde del pueblo donde todos nacieron, con una breve esquela en dialecto friulano que dice que ésas son las cenizas de Benito y Adoloratta Rosciani y que, si acaso en el pueblo no saben qué hacer con ellas, bien puede el Señor Alcalde metérselas allí mismo.
Incluso en los sueños es difícil encontrar el modo de llamar a ciertas venganzas de la vida que no admiten nombres más atinados.