La épica imagen de las patricias mendocinas bordando la Bandera del Ejército de los Andes responde más al imaginario popular que a la realidad. Aunque la gesta libertadora les debe mucho a estas mujeres, las manos -que manejaron con destreza las agujas para diseñar laureles sobre el celeste y blanco- fueron las de las hermanas de la Compañía de María.
El aporte de estas monjas no se redujo a una tarea artesanal. Como respuesta al entusiasmo y exigencias que el General San Martín plasmaba en sus cartas, también trabajaron en la confección de los uniformes, donaron frutos secos, mulas y dinero, y -después de la campaña- albergaron a las familias de notables que eran perseguidas por el gobierno de Rosas.
Su compromiso con la Patria, sumado al mérito de ser la primera escuela que impartió educación formal para mujeres en el Virreinato del Río de La Plata, hizo que vecinos de La Alameda, entidades sanmartinianas y el gobierno de Capital declararan de interés histórico y cultural al Monasterio de la Buena Enseñanza.
A través de una ordenanza, se rescató la obra educativa de más de dos siglos de la Compañía de María, su vieja Capilla de 1935 y el largo muro sobre la calle San Martín, único vestigio del establecimiento de 1867.
La idea es que estos adobones constituyan el primer muro histórico de la capital mendocina e incluirlos en el circuito histórico-patrimonial de La Alameda (Biblioteca San Martín, Solar del General y la extensión del paseo hasta Ayacucho que decretó cuando era gobernador)
Vida activa y compromiso
El monasterio se fundó en 1780 y por mucho tiempo funcionó en la calle Córdoba. El terremoto de 1861 mató a 23 religiosas y 24 alumnas, y las que sobrevivieron pasaron por fincas prestadas, por la Capilla del Rosario de Guaymallén -donde recibieron a niñas huérfanas por la catástrofe- y finalmente se instalaron en el sitio que hoy ocupan. El predio les fue donado e iba desde la calle San Martín hasta Perú.
La enseñanza que impartían las monjas era bien conocida por el pueblo. En sus aulas aprendían niñas mestizas y mulatas, junto a las hijas de notables. Se cuenta que el sonido de la campana escolar era el reloj con el que los vecinos organizaban su jornada, y San Martín estaba entre ellos. En el rincón evocativo, que hoy guarda celosamente el colegio, se puede ver a la Virgen del Buen Nombre, frente a la que oró el General.
La vida monástica se sostenía gracias a lo que producían en sus tierras. En el Archivo Histórico de la provincia descansan cartas donde San Martín y Luzuriaga les piden colaboración.
Lo mismo sucedió con la bandera del ejército. Estudios históricos locales descartan de raíz que las patricias hayan bordado la enseña en 24 horas, ya que hoy las damas mendocinas necesitan 15 días -por lo menos- para hacer una réplica. "Ellas pueden haber buscado los materiales, pero el bordado es de las monjas de la Compañía de María. Es un trabajo especializado", acotó la profesora en Historia de la Educación, Elizabeth Lúquez.
La similitud entre los archiconocidos laureles del emblema y las ramas que las monjas bordaban en los ornamentos sacerdotales no deja lugar a dudas.
En realidad, las hermanas recibieron una carta del General agradeciendo los servicios prestados, incluido el bordado. Pero en trámites judiciales, el documento histórico se perdió. De todos modos, la historiadora Ana Castro confirmó que esta carta salió publicada en el diario El Tupungato a fines del siglo XIX.
Tenía 64 años y sufrió un infarto. Creó un famoso personaje: el detective Pepe Carvalho.