• Domingo, 13 de agosto de 2017
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Votando

El cronista reúne en una sola nota todas las reflexiones que le merecen las elecciones que ocurrirán hoy. Ideal para leer y luego cada uno pensar sus propias reflexiones.

Julio Bárbaro - Periodista. Ensayista. Ex diputado nacional. Especial para Los Andes

Votamos como si estuviéramos acostumbrados, como si fuéramos una democracia consolidada. Y eso, cierto en las formas,  pareciera una gran mentira en la realidad. 

Votamos sin tener partidos, sin pertenencia ideológica, con recuerdos confusos a los que denominamos como peronismo o radicalismo o liberalismo o lo que fuera, pero sin participar de instituciones que le asignen permanencia a las propuestas. 

No hay partidos, sólo algunas mafias que manejan negocios intermediados por los sellos. 

Pocos o ninguno de los candidatos viene de una trayectoria política. No hay fuerzas permanentes que permitan y favorezcan el debate y la formación de dirigentes.

Hay enemigos, unos dicen que es el populismo y los otros los acusan de ser neoliberales. Términos bien amplios que parecen plenos de contenido y terminan no diciendo nada.

Se dicen peronistas personajes que logran cargos en su nombre sin tener ni idea de qué implica esa memoria. 

Tampoco los que se dicen liberales saben bien de qué se trata. 

Los que la tienen más clara son los que se quejan, esos no dudan pero tampoco proponen. Criticar es tan simple como complejo es proponer. Y construir equipos para gobernar, afinar las ideas logrando consenso en un grupo de gente capaz, eso entre nosotros casi ni se conoce.

Elecciones como siempre, con un partido de gobierno consolidado en su poder estatal, abarcando toda la geografía y una oposición dispersa. En rigor la oposición son los restos del que gobernaba, atomizados por efecto de la derrota. 

O sea que hay un partido del poder que está y varios otros del poder que estaba. 

Gobernar permite unificar, concentrar, conducir, y perder la elección implica deserciones permanentes, hasta que un nuevo jefe se haga cargo de acceder al gobierno.

La idea central estaría en torno al poder y cómo lograrlo. Eso limita la propuesta a la ambición de cada etapa, y nos deja sin futuro, sin destino común. Años donde se generan riquezas enormes, grupos y personas que acumulan desmesuras, contracara de millones que se van cayendo del sistema. 

Ahora aparecen los que quieren elecciones cada cuatro años, no entienden de qué hablan. Para una sociedad en decadencia la elección es una esperanza, una válvula de escape, una manera de imaginar que participan. 

Esos que hablan de cuatro años creen, imaginan, que van a generar mejoras sin alterar la distribución de la riqueza. No soy marxista ni mucho menos, pero hay un grado de concentración del capitalismo que convierte a la democracia en un dibujo, en un absurdo.  El poder ya está repartido y en muy pocas manos, lo que queda es votar e imaginar que uno influye cuando opina. Absurdo, no altera nada, ya todo se lo llevan los grandes, votar es una manera de imaginar que la democracia sigue vigente.

Y entre Cristina y el Gobierno confrontan como si Cristina fuera de izquierda y el Gobierno de derechas. Las diferencias son mínimas, el Gobierno es más ordenado y no imagina posible la teoría del estallido. 

Volvieron los de “Carta Abierta”, se creen importantes,  pero son incomprensibles. Imaginan a Maduro como un estadista que ilumina el futuro y se enfrenta con los obreros de PepsiCo, eso es tenerla clara. Si alguna vez hubo un pueblo que coreaba “alpargatas si, libros no” seguro que enfrentaba a una demencia parecida. 

El Gobierno está muy lejos de conformarme y Cristina y sus seguidores me asustan, se me ocurren portadores de una cuota exagerada de fanatismo y sin sentido. Y ambos bandos se ponen duros, fanáticos, ambos están más marcados por el odio al enemigo que por el amor a su pretendida causa. Pienso votar a Massa- Stolbizer, me siento bien con ese equipo donde hay varios, casi todos los que nos salvaron de la crisis del dos mil uno. Y eso es mucho. Le propuse al Presidente que incorpore alguno de esos economistas, tuve ocasión de almorzar con Mauricio Macri y Aldo Pignanelli, creo que en ese equipo hay hombres con mayor experiencia y conocimiento que varios de los actuales. 

Votamos hoy, es una esperanza. Lo más significativo va a pasar en la elección, o mejor dicho, después de las elecciones. El verdadero debate es entre los que consideran que la economía mejora y los que como yo, pensamos que con este grado de concentración no hay salida. 

Macri es mucho mejor que Cristina, porque no arriesga llevarnos a una confrontación con disfraz ideológico y matriz de corrupción. Pero después de las elecciones se necesita salir de la cárcel de Marcos Peña y Durán Barba, de esa mediocridad aburrida que imagina que la política fue superada por los buenos modales. Mandar de vacaciones a Emilio Monzó y darle poder a Peña es un error grave que ya están pagando el Gobierno y la sociedad toda. 

La política, en serio y con grandeza, repensar el Estado, con sus proyectos y su rumbo. Esa tarea no la ejecutan ni los gerentes ni los inversores y mucho menos los asesores extranjeros que ni saben de qué se trata.

Ganar elecciones es una cosa, gobernar es otra, y de eso, hasta ahora, los que ganaron están haciendo muy poco. 

Las elecciones son como la crotoxina, un remedio imaginario para un enfermo terminal.  No van a modificar nada, absolutamente nada, y después de ellas nos volveremos a lastimar con la realidad, esa que hace años que no nos animamos a enfrentar.