• Domingo, 10 de septiembre de 2017
  • Edición impresa

Violencia, y nada más

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

 

Apocalipsis 6: 3,4. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira. Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada. 

En estas mismas páginas, la semana pasada el historiador Luis Alberto Romero, y en esta edición el ensayista Fernando Iglesias, para hablar del presente nos remontan a los años setenta.

¿Es que volvieron?, se preguntan. No, pero hay aprendices de brujos que buscan su retorno, y lo buscan, además, por las más míseras razones de vulgar politiquería.

Durante los primeros dos años del gobierno macrista, la oposición más furiosa trató de “delarruizarlo” a ver si podía caer en dos años. Pero luego de las PASO buscan crear un clima político setentista en el país.

Lamentablemente, opera en contra de la verdad histórica el que muchos no vivieron ese tiempo, el que otros quieran olvidar tanto horror y que el resto más significativo, los que lo vivieron intensamente, en su  mayoría hayan mitificado los 70 al comprar el relato con el que el gobierno anterior intentó crear un pasado que no fue y, para colmo, continuarlo. 

Los años 70 fueron una monumental síntesis de todo lo malo del siglo XX transcurrido hasta ese entonces. La suma de las violencias, furias y odios que nunca acabaron de cerrarse, culminaron de la peor forma en esa década. Es como si todos los demonios contenidos en nuestra conciencia histórica se hubieran combinado para aparecer juntos y tal como los Jinetes del Apocalipsis lanzaran todos los males sobre la tierra. Porque en verdad la violencia fue bíblica entonces en nuestro país. Infernal, despiadada. Una época donde es imposible reivindicar a ninguna de sus facciones en pugna. 

Hay cosas con las que no se debería jugar. Esto de banalizar el recuerdo de los 70 mediante la creación de un clima de caos, llama al renacer de la violencia pues hay mucha furia y mucho electoralismo mezclados. El setentismo es un arma feroz que nadie debería invocar, porque suele volcarse contra sus propios invocadores.

En la primera mitad de los 70 la sociedad argentina se acostumbró (de tanta increíble reiteración de muertes políticas) a la violencia explícita como no había ocurrido nunca antes. Y en la segunda mitad vivió la paz de los cementerios, esa donde por arriba parece no acontecer nada, pero por debajo de la superficie, la muerte pulula a sus anchas.  

Hoy nos enojamos porque en la grieta de nuestra intolerancia a veces usamos las palabras como piedra, o sea, nos las arrojamos mutuamente en vez de enriquecernos con las diferencias.

Pero en los 70 lo que se tiraban unos bandos a otros eran literalmente muertos. Los asesinatos, como en un juego macabro, eran cartas de negociación. Los Montoneros, después de que Perón ganara la presidencia con más del 60% de los votos, acribillaron al jefe de la CGT, José Ignacio Rucci, para -según sus propias palabras- negociar en mejores condiciones con el General.

Por su parte, el grupo mafioso estatal de parapoliciales dirigido por José López Rega denominado Triple A, por cada acción de la guerrilla duplicaba la apuesta y mataba al azar a cualquier persona de izquierda, fuera de la guerrilla o no. De lo que se trataba era de demostrar quién tenía más capacidad para exterminar físicamente al adversario como si se tratara de una competencia deportiva sin regla alguna.

Los Montoneros, al asumir Perón, divulgaron un documento en el que caracterizaban al tres veces presidente de haber sido hasta antes de su retorno a la Argentina, un militar burgués aliado objetivamente a los grupos revolucionarios, pero que ya en el país estableció una alianza con las fuerzas reaccionarias y que por lo tanto, había que comenzar a separarse de él hasta llegar al enfrentamiento final con el mismo, ya que se estaba convirtiendo en el jefe político del enemigo oligárquico.

El tenor de casi todos los debates era de ese estilo, vale decir delirante. Por eso así como es tan difícil aún hoy olvidar las masacres humanas acontecidas en aquel tiempo, ya casi nadie recuerda las razones que se aducían de unos u otros bandos, porque todas eran la sinrazón pura.

En realidad, la violencia sin más, sin adjetivos, se había apoderado de la Argentina. En la población porque se acostumbraron a tolerarla como si cayera lluvia. Y en los principales actores políticos porque jugaron con ella sin saber predecir sus consecuencias, como si se pudiera usarla y luego frenarla. Algo imposible.

Para la triple A y el peronismo de derecha la violencia era un elemento político más, útil para matar “infiltrados”. Mientras que para la izquierda era el principal instrumento de la revolución.

Previo al golpe, cuando  las matanzas se multiplicaron, el militarismo devino la única forma de hacer política. La guerrilla consideraba a la violencia como algo redentor y afiliaba gente no en base a la ideología que sustentaran sino a la actitud que tuvieran con respecto a la violencia. La violencia era la única ideología existente en los finales del gobierno peronista, de un lado y del otro. Los muertos políticos, aunque fueran vicegobernadores o intendentes, ya ni siquiera figuraban en las primeras planas de los diarios por ser tantos. A pesar de que la historia argentina estuvo llena de hechos violentos, no hubo nunca una época como ésta, donde la convivencia con la muerte se convirtiera en algo tan común, tan cotidiano, casi diríamos, tan normal.

Todo esta parafernalia, esta locura explícita y transparente, pareció terminar con el golpe militar de 1976 que supuestamente venía a poner orden en el caos. Pero lo que ocurrió es que el mal de la violencia pegó un salto cualitativo. Ahora devino la principal política de Estado, ya no se la ejecutó en los márgenes sino en el centro del poder. Ya no eran guerrilleros y parapoliciales los que luchaban entre sí, sino la misma institución a cargo del Estado.

Si para los guerrilleros la violencia era redentora, para los militares  era salvífica. Vale decir, para salvar el alma había que destrozar los cuerpos pecadores. Todo era expresado en los 70 en términos apocalípticos.

En la creencia de los militares, la violencia debería llevarse a los subsuelos para aparentar externamente un orden, pero los ejecutantes no deberían ser un grupo especial de tareas sino todo el ejército y el resto de las autoridades del Estado aunque fueran civiles. En su perversa lógica, si todos eran cómplices de la masacre (aunque más no fuera obligándolos a mirar, cómplicemente, hacia otro lado) nadie podría mañana ser acusador de nadie. Como un juramento de sangre ninguno que formara parte del poder debería dejar de matar, o al menos dejar de contemplar la matanza.

Mientras la sangre corría como nunca por los subsuelos, por arriba un feroz relato se instalaba crudamente. Uno de sus grandes divulgadores fue la revista “Gente” que antes del golpe había coqueteado con el peronismo (su edición cuando la muerte de Perón fue memorable y conmovedora) pero que apenas asumieron los militares pidió disculpas públicamente y de un día para otro, pasó a sostener la política represiva de los militares sin el menor escrúpulo como si fuera un partido de goles donde se contabilizan los muertos tal cual goles para un equipo o para otro.

Claro que sólo hablaban de los muertos aparecidos, no de los desaparecidos que junto con el criminal robo de bebés se mantenían más o menos en secreto. Porque no es que todos ignoraran todo, más bien todos sabían un poco de todo. En las tertulias de la alta (y no tan alta) sociedad se discutía si a los presos había que matarlos mediante un juicio o lisa y llanamente exterminarlos. En los autos aparecían las calcamonías de que los argentinos somos derechos y humanos. Los militares estaban más preocupados por no dar a conocer sus crímenes en el exterior que adentro del país donde contaban con muchos adherentes o simpatizantes, activos o pasivos.

Hubo gente como la por entonces famosísima escritora Martha Linch, bestseller desde los 60, que le propuso a Perón hacer la revolución, pero en plena dictadura militar se convirtió en ferviente defensora de aquel a quien vio como un nuevo Perón: el almirante Emilio Massera. Lynch daba entrevistas en las revistas políticas que autorizaba la dictadura cantando loas al militar y ubicándolo como el futuro líder político de la Argentina. A su vez, en un diario propio, Massera le proponía al resto de los militares que en vez de una guerra con Chile, lo que teníamos que hacer era una guerra con los ingleses (eso lo decía dos años antes de Malvinas).

Por su parte, los Timerman (padre e hijo) sostenían en sus publicaciones que Videla no era Pinochet, porque uno era un general democrático y el otro no. Los jefes guerrilleros, mientras sus “soldados” eran desaparecidos, torturados y asesinados, negociaban con los militares, particularmente con Massera, las condiciones de un pacto. La Unión Soviética, por razones económicas, devenía el principal aliado externo de la Argentina dictatorial y eso se traducía en un apoyo de las cúpulas partidarias del PC hacia el gobierno, aunque sus militantes de base no dejaran de desaparecer.

Todo esto y mucho más fue la pura realidad. Una realidad absolutamente representativa de los años 70. El peronismo y los militares -los grandes y casi excluyentes protagonistas de la década- se exterminaron entre sí. Los peronistas entre peronistas, luego los militares contra todos y al final los militares con Malvinas se auto destruyeron. Después y hasta el presente vendría otra historia, que con todos sus bemoles, ni de lejos contendría tanta locura y delirio

En aquellos años 70, en contra de lo que algunos pretenden hoy, hubo toda la maldad del mundo, pero lo que no  hubo fueron ni héroes ni santos, sólo víctimas y victimarios..

En aquellos años 70 la mayoría de la población votó por Perón, se ilusionó con el abrazo de éste con Balbin y lloró cuando Balbin lo despidió en su entierro. Pero luego contempló con indiferencia una guerra  de facciones que le resultaba ajena, se indignó con la hiperinflación del rodrigazo, sintió un alivio cuando supuestamente las fuerzas armadas terminaban con el caos, luego se replegó a lo privado hasta salir a la calle multitudinariamente con el  mundial del fútbol y a nadie le importó demasiado el uso político del mismo.  Después esa mayoría se comprometió épicamente con Malvinas y vivó a Galtieri.

Finalmente participó en el renacer democrático con una masiva adhesión a los partidos, pero más fruto del cansancio y la desilusión que de la esperanza. Por eso si bien no hay nada que rescatar por arriba, en los años 70 tampoco hay demasiado a rescatar por abajo. Todo fue una gran tragedia. Que sólo hay que recordar para no repetirla, o para repeler a los aprendices de brujos que hoy quieren volver a jugar frívolamente con la violencia. Porque, como vimos en los 70, se sabe cómo se empieza pero nadie sabe cómo se termina. Aunque siempre se termine mal.