Opinión Domingo, 14 de enero de 2018 | Edición impresa

Suturando la grieta - Por Julio Bárbaro

Somos un caso raro de decadencia sin explicación. Dos sectores que se acusan mutuamente y ninguno de ellos tiene aciertos dignos que mostrar

Por Julio Bárbaro - Periodista. Ensayista. Ex diputado nacional. Especial para Los Andes

Cuando una sociedad lleva décadas fracasando y además tiene dos grupos enfrentados y convencidos de que ellos son los únicos que pueden salvarla, cuando eso sucede es muy probable que no pueda encontrar su salida.

Tener dos burocracias enamoradas del poder puede no servir en nada a la necesidad de encontrar un grupo dirigente dispuesto a repensarla.

Al Estado nacional le fueron amputando pedazos, lo terminaron deformando, hay muchos que viven de él mientras los ciudadanos, los verdaderos dueños del mismo, viven soportando que jamás se ocupe de ellos. 

Uno no quiere ser pesimista, tampoco negador, cualquiera sea el tema que elijamos, desde la educación pública a la salud, desde la pobreza a la inflación, cualquier variante nos deja en claro que "todo tiempo pasado fue mejor".

Somos un caso raro de decadencia sin explicación, de dos sectores que se acusan mutuamente mientras ninguno de ellos tiene aciertos dignos de ser exhibidos.

Cualquiera que tenga sus años y sea sensible a la realidad, cualquiera, sufre el dolor de ver cómo los caídos ocupan sus veredas, cómo los que piden se van convirtiendo en una dolorosa costumbre. 

Hubo un tiempo cuando nos reflejábamos en Europa, un mundo donde todos los habitantes están integrados, sin caídos, sin quienes necesitan pedir limosna.

Recordemos la Europa de post guerra y cómo nos admiraban, los inmigrantes que venían a encontrarse con "la América" y luego sus nietos retornando al país de origen.

Cada tanto alguno repite la estupidez sublime de "Europa está en decadencia". Solo en Los Ángeles los que duermen en las calles superan el medio millón, ese es un modelo de sociedad donde los exitosos no necesitan hacerse cargo del caído.

Europa es otra cosa, un intento de sociedad que prioriza la integración. En los últimos años nos enamoramos de los Estados Unidos, de esa realidad donde hay un triunfador y un derrotado, y los caídos son cada día más, cada uno lucha contra esa tendencia a volverse insensible a lo cotidiano, contra esa capacidad del humano de acostumbrarse y amoldarse a todo, especialmente a ignorar el dolor ajeno, a dejar de ver aquello que lo cuestiona. 

El actual gobierno tiene seguidores y detractores, nada nuevo, hasta ahora todos fracasaron y tuvieron sus enamorados, sus enemigos y sus beneficiarios.

Ahora cuesta instalarse por fuera de la grieta. Yo voté a Macri para superar a Cristina, el pasado es patético, el presente todavía no se entiende.

Comienza a haber deserciones de la esperanza, gente, mucha, que me dice lo voté pero no lo volvería a hacer. Imaginan que van a tener otro a quien votar, tienen derecho a desplegar la imaginación, por ahora solo eso, oposición no hay a la vista.

El viejo peronismo encontró un grupo de jóvenes convencidos de que acumular fracasados puede ser una vía hacia el triunfo. Si uno fuera paranoico imaginaría que es un invento de Durán Barba.

Los restos del peronismo son pedazos de yeso que no pueden integrarse, pertenecen a distintos rompecabezas; amontonando ambiciosos no suele encontrarse una idea, un proyecto, una vocación de entrega como la que hoy necesita nuestra sociedad.

El gobierno tiene la suerte y el problema de que no existe una oposición. Los gobernadores actúan como simples empleados administrativos.

Demasiados funcionarios para hacerse cargo de una sociedad que no cree en ellos, o que descree, que vuelve a refugiarse en el escepticismo. El endeudamiento asusta, la inflación no cesa, y los intereses bancarios acarician a los inversores mientras lastiman a los que producen.

Las Lebac son un “plan descansar” para los que tienen dinero, para los que tanto se quejan de los subsidios, de esos que con las privatizaciones supimos conseguir. 

Ni se me pasa por la cabeza retornar al pasado, necesito que el presente me devuelva la esperanza, me resulta difícil conseguirlo, pero es necesario intentarlo. Algunos oficialistas imaginan quedarse para siempre, pasó con todos los que gobernaron, aburrida expresión de la inmadurez.

Y en medio de eso hubo violencia y hasta algún intento de retornar con las cacerolas. Hay un Parlamento que debate, es un gran avance, salimos de la degradación que generaba el ahora detenido Zannini, personaje que inventaba las leyes e impedía que los legisladores las modificaran. Recuerdos del autoritarismo en su versión más patética.

Ahora los legisladores legislan, modifican y proponen, los duros se achican, la secta que soñó ocupar la totalidad de la sociedad agoniza. Esa sí es una buena noticia.

Pero por sí sola no alcanza para devolvernos la esperanza. Los aumentos son todos a favor de las empresas y en contra de la gente, eso tiene un límite, los ricos ganan y acumulan demasiado, los que pagan no dan más.

Criticando al populismo, al peronismo y al Papa no van a convertir el sinsentido en política. Necesitamos pacificar, son muy pocos los que se hacen cargo de proponerlo.

Endeudamiento e inflación, ¿por cuánto tiempo? No es un proyecto que nos lleve a ningún lado, sirve para sacarnos de un pantano, pero no nos dicen todavía a qué distancia estamos de esa tranquilidad que nos da la tierra firme.

Durán Barba no necesita relato, nosotros al menos sabemos adónde nos quieren llevar. Con la imagen no alcanza, se vuelve imprescindible que nos acerquen alguna certeza.