Opinión Domingo, 11 de febrero de 2018 | Edición impresa

Qué perdimos cuando perdimos a Bodoc - Por Leonardo Rearte

Por Leonardo Rearte - lrearte@losandes. com.ar

1. En Panquehua, la literatura es eso que se susurra entre mate y mate, después de la siesta y antes de que el sol mute a sombra. Aquellas historias que confunden fantasía y realidad (quién se anima a desanudarlas) conforman un catálogo de aparecidos, de personajes vanamente inmortales, de un realismo mágico tan cotidiano como las tortitas raspadas tiznándose sobre el brasero. Allí pasó su infancia Liliana Bodoc, haciéndose de fábulas que varios años después mucho tendrían que ver con la Saga de los Confines, libros que la convirtieron en una celebridad continental de la literatura juvenil. Cuando su nombre comenzó a escribirse en letras de molde en las vitrinas de las grandes librerías, ella tuvo la generosidad de prestarse a un largo reportaje que publicó la revista Rumbos. Allí me dijo: "Era una niña huérfana de madre -su mamá murió joven de un ataque cardíaco, un día de viento zonda, justo cuando Liliana, de 7 años, volvía de la escuela-, con un papá que hacía todo lo posible por estar en casa y que no podía, porque tenía que trabajar como técnico operario en la fábrica Minetti. Es probable que haya recibido todas estas historias de Adela, una señora que nos cuidaba y que estaba muy empapada de la cultura de la región. Era muy amiga de creer en aparecidos, su conversación estaba teñida de supersticiones, amuletos y recomendaciones".

Puede resumirse así: un día, la actriz y profesora de Literatura tuvo ganas de repasar leyendas precolombinas y de contar algo del imaginario regional que la cautivó de chica; el género elegido fue el de mundos perdidos y personajes mitológicos, el mismo que brilló en la pluma de Tolkien. Se ubicó frente a la pc de su casa de entonces, en  Vistalba, y detalló con paciencia de recluso la historia genealógica de una familia de guerreros, en un tiempo muy lejano, en un lugar que lo es más aún. Narró gestas íntimas, detrás de una alianza entre hombres y criaturas, entre animales y fuerzas naturales, en busca de un botín de guerra inclaudicable: la libertad.

Su primera novela, "Los Días del Venado" -2000- se convirtió, para sorpresa de su autora, en un verdadero suceso editorial. A la novela debut les seguirían Los Días de la Sombra -2001-, de la cual salieron a la venta seis ediciones, y Los Días del Fuego, el cierre de la trilogía. Sus libros se leen con avidez en casi todo el continente. Bodoc dijo en aquella charla que nunca buscó tanto premio, tanto reconocimiento. 

"¿Recordás esa canción de Silvio Rodríguez que dice: 'Debes amar el tiempo de los intentos. Debes amar la hora que nunca brilla y si no, no la emprendas que será en vano'. Creo eso, lo creí cuando hice teatro, cuando parí a mis hijos... amando el intento, el resultado importa menos. De ninguna manera hubiera podido trabajar en Los Días del Venado durante un año, y escribir dos, sólo pensando en el resultado. El proceso fue la primera alegría". 

2. La escritora respondía con una claridad envidiable preguntas que como periodista me venía haciendo hace mucho. Por ejemplo, ¿los escritores se alejaron de la gente o la gente de los escritores? "Creo que a todos (escritores y lectores) nos están obligando a alejarnos de las cosas más valiosas de la vida. De los amigos, de los afectos, del ocio (en el mejor sentido de la palabra) y del arte. Tiene que ver con que estamos viviendo muy mal".

Otra duda, cuya respuesta dejó enseñanza: No hace tanto, Mendoza tenía el aura de lugar prolífico, donde se generaba, desde la música, el teatro y la literatura, un pensamiento nuevo. ¿Cómo se puede explicar la chatura de hoy? Dijo de un tirón: "Tiene que ver hasta con lo económico. Ha tocado a los artistas, a la gente, a las ganas de hacer cosas... Si bien he empezado a notar algunos retoños en lo musical y en lo teatral, es indudable que ha habido todo un largo período agónico en nuestra provincia…   Además, nosotros nos quejamos de que Buenos Aires no nos mira y no nos atiende, pero nosotros mismos no nos atendemos. No sé si nos despreciamos, pero sí desconfiamos de nuestros propios artistas. Algunos mendocinos me dijeron: 'Yo dudé de comprar tu novela porque sabía que era mendocina'. Eso jamás me lo dijeron en Buenos Aires".

3. Liliana Bodoc era (qué dificil escribir ese pretérito imperfecto) mendocina por adopción. Llegó muy niña de Santa Fe para encontrarse con un mundo que la maravillaría. "Tenía toda la libertad para andar por el barrio, y por un bosquecito que había detrás de mi casa. Juro que tenía una percepción profunda de lo mágico. Había allí una cueva de piedras, que para mí era un lugar donde vivían enanos. ¡Y te ponía las manos en el fuego de que era así! Para mí Panquehua era un territorio muy seco y desolado, pero lleno de magia y libertad". 

Esta semana nos enteramos de la muerte, un infarto mientras dormía, de la figura literaria mendocina más trascendente desde la partida de Antonio Di Benedetto. "¡Ese saco no me lo pongo! -me retó entonces, me retaría ahora-. Me cuesta llevarlo, me pesa, porque es injusto. Somos muchos los escritores mendocinos que por muchas razones merecemos ser reconocidos. Conseguí que Buenos Aires me editara, pero eso no me hace ni mejor ni peor que nadie. Me siento cerca de los escritores mendocinos, comparto sus sueños. Esto de tener un cartel en particular, la de la 'escritora del momento', no lo vivo con ninguna alegría".

Cuando perdimos a Bodoc, perdimos su generosidad, su talento, su humildad, su creatividad, su claridad. 

-En todos estos años, ¿averiguaste para qué sirve un escritor?

-¿Para qué sirve una caricia? Para lo mismo.

En definitiva, perdimos a una escritora. La mejor de todas.