Opinión Lunes, 16 de abril de 2018 | Edición impresa

Otra manera de formar una familia - Por Eleonora Lamm

La falta de regulación lleva a la clandestinidad y ésta nunca ha sido una aliada para proteger a las mujeres.

Por Eleonora Lamm - Doctora en Derecho de la Universidad de Barcelona. Licenciada en Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo.

Considerando las principales aristas del debate bioético actual en torno a la gestación por sustitución (en adelante GS), mi objetivo es poner de manifiesto lo que verdaderamente está en juego, dado que no se trata solo de permitir esa práctica con todas sus consecuencias, sino en avanzar o retroceder en el reconocimiento de derechos, libertades, autonomías y cuerpos.   

La GS es una técnica de reproducción humana asistida, que se presenta como una experiencia cada vez más frecuente y asidua a nivel internacional, por lo que corresponde dar una respuesta legal. 

Hoy las tecnologías reproductivas permiten concepción sin relación sexual heterosexual, gestación sin maternidad, filiación registral directa basada en la voluntad de procrear independiente del aporte de material genético y cualquiera sea el estado civil, la orientación sexual o la identidad de género.

Se puede acceder a la maternidad o paternidad con material genético de otra persona (con lo que una mujer sin óvulos puede ser perfectamente progenitora legal), con embriones de otras personas, con embriones formados por material genético de hasta 3 personas (donación de ADN mitocondrial).

Dentro de este marco de pluralidad familiar se inserta la GS, como una forma de acceder al derecho a formar una familia y de reconocimiento de libertades, pluralidad, diversidad, autonomía y secularidad, propias de una sociedad democrática.

Sucede que gestar un niño es una función biológica de la que no necesariamente deriva que la mujer deba criarlo. Separar las responsabilidades parentales de los aspectos relacionados con la gestación permite mostrar que el alumbramiento constituye una de las cosas que una mujer puede elegir, pero que en modo alguno debe erigirse en la definición de su papel social o de sus derechos legales.

La GS rompe con la regla de que la maternidad deviene del parto y con esto provoca el quiebre con una lógica heteronormativa de siglos de antigüedad. En la GS quien gesta y da a luz no es madre.

Pero además, puede que quien recurra a la GS sean dos varones o un varón solo, con lo cual aunque geste y dé a luz una mujer, no hay madre, sino dos padres, o un padre solo. Es más, puede que quien geste y dé a luz sea un varón, conforme nuestra ley 26.743.

Con esto, la ecuación, gestar-parir-cuidar  también se rompe en la maternidad subrogada, y con ello la falsa presunción de que las mujeres estamos "naturalmente" preparadas para el trabajo de cuidado.  

Toda mujer tiene derecho a controlar su cuerpo en razón de la libertad reproductiva -tales como el derecho al aborto, o a controlar el número y espaciamiento de sus hijos. Entonces, ¿por qué negarles el derecho a elegir actuar como gestantes? 

Este argumento supone libertad y autonomía. Entender que la gestación por sustitución implica siempre una explotación de la mujer es un reduccionismo paternalista que subestima a la mujer y a su capacidad de consentir.

Esta necesidad de regulación se presenta además como indispensable para proteger los derechos del niño o niña que nace, quien tiene derecho a una identidad y a una filiación conforme a su realidad.

Si de verdad nos preocupan los derechos humanos de las personas involucradas, entonces la respuesta a la GS no puede ser otra que regular.

La falta de regulación impulsa a la clandestinidad, y ésta, aunque potenciada por quienes pretenden "ocultar" una frecuente doble moral,  nunca ha sido una aliada para proteger a las mujeres.