Opinión Martes, 3 de octubre de 2017 | Edición impresa

María Julia y los noventa

Queda la impresión de que María Julia Alsogaray fue la única que pagó, como si el peso de la justicia tuviera mayor relación con la casualidad que con la culpa. Cargaba sobre sus hombros un apellido pesado, la expresión de un pensamiento económico que hab

Por Julio Bárbaro  - Político y ensayista. Especial para  Los Andes

 

Su muerte para muchos cierra un ciclo y para otros reabre un debate. Queda la impresión de que fue la única que pagó, como si el peso de la justicia tuviera mayor relación con la casualidad que con la culpa. 

Cargaba sobre sus hombros un apellido pesado, la expresión de un pensamiento económico que había acompañado a varios golpes de Estado. 

Su padre, don Álvaro, tenía una concepción liberal demasiado poco nacional. El liberalismo es un pensamiento muy valioso en lo político como para reducirlo solo a su versión de mercado. La democracia fascista con economía de mercado es un engendro que siempre termina en fracaso. 

Los golpes de Estado de Chile o de Brasil defendieron el patrimonio nacional, Pinochet no vendió el cobre ni Brasil Petrobras, nosotros regalamos nuestras propiedades en situación de golpe siempre, y con la democracia también. 

Sin duda parece haber hecho más daño económico Menem que el mismo Martínez de Hoz. 

Aclaremos que el liberalismo, como toda vertiente de pensamiento, tiene dos versiones posibles, la nacional y la colonial. Hubo un marxismo nacional importante, sin embargo terminamos con los Kirchner en la peor versión del izquierdismo sin patria. 

Con la muerte de María Julia uno toma conciencia que nos falta digerir tanto los setenta como los noventa. Ambos son momentos de crisis con derrota del campo nacional.

Los setenta son la violencia, los desaparecidos, pero también la deuda sin sentido. Se abrían bancos todos los días, si ganaban era para ellos, si quebraban lo debíamos pagar entre todos. 

Y en los noventa inventan la teoría de destruir el Estado. Ya la dictadura insistía con una oblea en los coches de la muerte que rezaba, “Achicar el Estado es agrandar la Nación”. Y con ese cuento lo vaciaron, se llevaron todo lo rentable y nos dejaron aquello que daba pérdidas. Se lo repartieron como si fuera una caja de bombones, forjaron el "un peso un dólar" para llevarse fortunas, y cuando todo estalló lo explicaron haciendo silencio.

Siempre insisto, como teoría personal, que si cuando cambiamos del "uno a uno" al "tres a uno" las empresas no quebraron, o sea, que si les pagamos un tercio y seguían vivas es que nos estaban robando. Privatizaban hasta la administración de ferrocarriles, todo privado subsidiado es coima segura; para que no roben los obreros se lo damos a un intermediario que nos va a devolver un buen porcentaje y se va a encargar de impedirlo. No hay otro ejemplo en el mundo de destrucción del ferrocarril. Privatizamos los aeropuertos, donde no hay competencia: hay Estado o hay retornos.

La guerrilla marxista imaginaba que con la violencia llegarían al poder y harían justicia. Menos mal que no llegaron, sin duda serían mucho más dañinos que el peor capitalismo. Y los liberales imaginaban que vendiendo todo la gente iba a vivir mejor. Dos variantes irracionales de pensamientos que sólo son valiosos cuando están en manos de gente normal, de eso es lo que carecemos. 

Nos salvamos de Cristina, aun cuando tarde en disolverse ya no le queda mucho hilo en el carretel. Ahora tenemos que salvarnos del ala demasiado comercial del Pro. Sólo la falta de respeto por la política permite que lo de Santiago Maldonado y la toma de colegios adquiera la dimensión de crisis que tienen. Una cosa es ganar elecciones, otra muy distinta gobernar y ser exitoso. Demasiada deuda para tan pocos logros. Es cierto que nos dejaron un caos, tan cierto como que todavía no se entiende bien a dónde nos quieren llevar ahora. 

Lo bueno del presente es que los que odian a Cristina son más que los que odian a Macri y los que aman o sueñan con un proyecto colectivo no saben todavía a quién amar. Sólo salir de Cristina nos va a permitir ingresar a una etapa superadora del conflicto para poder optar por el proyecto. Y a veces asombra cómo el poder del Estado arrasa con las lealtades, que parecían asentadas en ideas y eran tan sólo expresión de intereses. En Menem, en los Kirchner y ahora en Macri, el poder del Gobierno se expande en una sociedad donde el oportunismo tiene la imagen de convicción mayoritaria.

Menem y los Kirchner fueron partidos del poder, se disolvieron lentamente cuando sufrieron la derrota. Por ahora no pareciera haber “nada nuevo bajo el sol”. 

Nos queda la deuda de forjar una oposición democrática, de salir de la grieta que es la matriz de la cultura de la violencia. Aislar a los violentos y convocar a los democráticos, dos tareas tan complementarias como imprescindibles. 

Pacificar, un desafío que no es fácil, pero que es el único camino al futuro. Combatir la demencia imponiendo la pasión de la cordura, en lo económico puede haber aciertos o fracasos, en la democracia debemos construir para siempre. Es lo único trascendente que está bajo nuestra responsabilidad.