Opinión Domingo, 1 de octubre de 2017 | Edición impresa

Los adultos imberbes

 

Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

El 5 de noviembre de 2006, en una columna similar a ésta, llamada “La rebelión de los padres”, hablamos de una novedad histórica motivada por la sanción que se les aplicó a unos chicos del último año de un prestigioso secundario de Mendoza por haberse excedido malamente en la fiesta de despedida. La novedad fue que los padres de todos los alumnos se pusieron a defender la pésima conducta de sus hijos como si se tratara de un hecho revolucionario en contra del sistema educativo represivo y los profesores autoritarios. O sea, convirtieron una travesura en un hecho político, pero lo peculiar no fue eso sino lo que sigue, tal como lo dijimos en aquel entonces y ahora citamos con algún grado de extensión por su similitud con el presente:

“De tanto en tanto suelen aparecer épocas que no son ni conservadoras ni revolucionarias, sino épocas cretinas en las que quienes se rebelan no son los chicos (éstos solamente se portan mal) sino los padres en nombre de los hijos y contra los maestros. Asumiendo el padre el papel de cómplice de su hijo y condenando al maestro por supuestamente representar éste el papel de enemigo del hijo. En tanto, el adolescente aprovecha el conflicto entre sus mayores para sacar de adentro suyo lo peor de sí mismo”. 

“Ni siquiera les permiten a los chicos rebelarse solos. Los padres lo hacen por ellos. Los padres denuncian a los maestros. Los padres lideran la revolución estudiantil. Como si sus hijos fueran tarados, como si los chicos no fueran capaces de hacer esas cosas por sí mismos cuando fuera necesario, sin auxilio de los progenitores y aun en contra de ellos, como siempre lo hacen en épocas normales”. 

“Y entiéndase bien, no pretendemos que nuestros hijos concreten ‘sus’ sueños, sino los ‘nuestros’, por eso los apadrinamos. Por nuestro interés y no por el de ellos. No somos en el fondo sus cómplices, sino que queremos que nuestros hijos sean nuestros cómplices”. 

Hasta allí las similitudes de lo que ocurría en 2006 con lo que ocurre hoy cuando los pibes siguen tomando escuelas (tal como acaba de suceder en decenas de establecimientos de la Capital Federal). Sin embargo en algunas cosas están apareciendo notables novedades entre aquel tiempo y ahora. 

En 2006 seguíamos diciendo:

“Ante tamaña rebelión paterna, el resto de los actores sociales se calla. Los hijos, porque otros hablan por ellos. Las autoridades docentes, porque ante la menor sanción que apliquen son consideradas enemigas, represoras y asesinas. Las maestras, porque si retan al chico que les tocó la cola o las acusó de ejercer la profesión mas vieja del mundo, les inician un juicio o las toman de los pelos. Los sindicatos docentes, porque siendo su deber defender a los maestros injuriados por padres y chicos, no lo hacen porque no quieren "enfrentar entre sí a los sectores de la comunidad educativa”.

Para así cerrar la nota:

“Y, ¿para qué negarlo?, los revolucionarios están ganando. Aunque, en realidad, los que están ganando son los padres. Y no le están ganando al ‘sistema’. Les están ganando a sus hijos, que a la postre serán los únicos perjudicados de esta extraña rebelión de esta extraña época en la que vivimos”.

Pues bien, la gran novedad de las tomas 2017 con respecto a las de 2006 es que en aquel entonces eran sólo los padres los que tomaban el lugar de sus hijos, mientras que el resto de los actores sociales relacionados con la educación miraban hacia otro lado, desorientados por la extrema agresividad de esos padres que jugaban a la revolución en nombre de sus hijos.

La gran novedad, entonces, es que los padres siguen actuando exactamente igual, pero el resto de los actores sociales, no. Ya no son indiferentes. Y no vaya a creer, estimado lector, que han reaccionado contra estas prepotencias paternas. Exactamente al contrario: se han plegado a las mismas. Se han sumado a la rebelión de los padres. Por ende, ahora hay maestros y profesores rebeldes, sindicalistas rebeldes y jueces rebeldes. Todos juntos han decidido ser los defensores de los chicos tomadores de escuelas, o más aun, los que los incitan a tomarlas. 

Los maestros y profesores que antes eran agredidos por los padres, ante el evidente fracaso en repeler la agresión, ahora se van aliando con ellos, pero no para educar al alumno sino para rebelarlo, o asumiendo que rebelarlo contra el sistema es la forma de educarlo. 

Los sindicalistas que antes no jugaban ni para un lado ni para otro hoy les ofrecen asesoramiento gremial a los chicos para que hagan la huelga, y más, los incluyen en sus filas. 

Y los jueces emiten fallos por los cuales declaran legalísimas todas las tomas e ilegalísimos todos los intentos de las autoridades por frenarlas.

Ya no son sólo los padres, sino que van siendo todos los adultos los que se rebelan en vez de los chicos, los que los usan de títeres o marionetas de sus propósitos políticos, ideológicos o electorales. O vaya a saber la profunda razón de sus propósitos que más que a una ideología, nos hacen acordar a aquel añoso personaje de historieta de Lino Palacio llamado “Don Fulgencio”, una persona muy mayor que lo único que quería hacer era jugar como un niño. Por eso lo llamaban “el hombre que no tuvo infancia”. Ahora nos encontramos frente a infinidad de adultos que “no tuvieron adolescencia”, o que si la tuvieron quieren que sus hijos la repitan en vez de dejarlos desarrollar sus propias experiencias. 

Una forma de autoritarismo aparentemente al revés, pero autoritarismo al fin. Porque más que ocuparse de que sus hijos se porten bien, se ocupan de que se porten mal. 

Los viejos padres exigentes al menos obligaban a sus hijos a rebelarse contra ellos para portarse mal. O sea que dejaban la libertad de rebelarse a entero costo y cargo del adolescente, con lo cual los pibes aprendían el valor de las cosas y sus riesgos. Ahora, ni esa libertad le dejan. Hasta de su derecho a portarse mal se han apropiado los adultos. 

Antes, cuando cometían una falta, los adultos se enojaban y castigaban a los muchachos o hacían como que se enojaban aunque en el fondo los comprendieran en su necesidad biológica y cultural de diferenciarse de sus mayores. Pero los comprendían por amor, no por ser sus cómplices o por querer inculcarles sus ideas. Retarlos era una forma de amarlos. 

En cambio, los nuevos adultos no retan como los viejos adultos, sino que se disfrazan de permisivos y tolerantes pero con el mismo objetivo autoritario de los tiempos antiguos: el de obligar a los chicos a pensar como ellos en vez de dejarlos pensar libremente. Olvidándose que lograr que cada adolescente piense por sí mismo es la única revolución educativa que importa.