Vendimia Miércoles, 14 de febrero de 2018

La vid y el nosotros en la literatura mendocina

Godoy, Llerena, Bufano, Draghi Lucero, entre otros, distinguieron en su literatura elementos que identifican a lo "típico" mendocino.

Por Orlando Gabriel Morales / Incihusa-Conicet

Los historiadores han señalado con acierto que la Fiesta de la Vendimia mendocina surgió en el contexto de una crisis de la vitivinicultura en la provincia. Igualmente importante es apuntar que esa festividad, que toma la forma de un ritual social orientado a reforzar los lazos sociales, la identidad y la cultura, surgió en la coyuntura de las múltiples experiencias que abonó el regionalismo cultural y se sustanció de una producción cultural que desde el siglo XIX se había interesado por definir los elementos identitarios propiamente cuyanos y mendocinos.

Los intelectuales y escritores jugaron desde el siglo XIX un papel importante en ese emprendimiento siempre inacabado a partir de su interés por lo típico, arraigado en la costumbre y el paisaje.

Con el propósito de esbozar sólo parcialmente esa trayectoria literaria, en esta apretada síntesis se destacan algunos referentes que han hecho aportes sustanciales, tales como Juan Guadalberto Godoy, Juan Llerena, Alfredo Bufano y Juan Draghi Lucero.

El paisaje de Cuyo fue descubierto ya en el siglo XIX por los ojos de "nuestro" primer poeta conocido, Juan Guadalberto Godoy, como un Canto a la cordillera de los Andes (1842), donde la montaña, el Tupungato, se yergue como altar a la libertad: "Qué sublime y grandiosa es la presencia / de tu gigante mole inconmensurable / Cuando la luz incierta de la luna / Alumbra una por una / Las ondas quiebras de tu frente altiva"

A esa primera representación estética del paisaje cuyano, y a su interpretación como un elemento identitario, se sumó más adelante el aporte del puntano Juan Llerena, de inspiración humboldtiana, quien escribía en 1867: "Espléndidas montañas, accidentes pintorescos, lagos dormidos, llanuras en pendiente, verdeantes praderas y áridos desiertos, todo contribuye a dar a su aspecto físico un carácter de suma variedad y magnificencia"

Antes, en 1849, Llerena había reclamado la falta de una mirada hacia el propio paisaje en la literatura de la región: "Nuestra naciente literatura apenas ha podido elevar su vuelo hasta esos grandiosos cuadros de la naturaleza derramados con profusión sobre el suelo privilegiado que habitamos" (en Manifiesto romántico). Y en Cuadros descriptivos y estadísticos de las tres provincias de cuyo (1867), obra encargada por los tres gobiernos cuyanos, aseguraba que la serie de cuadros lograda ponía de relieve la naturaleza y ventajas locales, "llamando la atención de los inmigrantes y especuladores de buena fe". La llamada a la colonización era transparente: "La provincia de Mendoza en particular se distingue por su carácter hospitalario y tolerante para con los extranjeros", decía Llerena.

Uno de los inmigrantes que podía dar fe de ese trato amigable era Michel Aimé Pouget, ingeniero agrónomo de origen francés, quien arribó en 1853 contratado por el gobierno de Mendoza a instancias de Domingo Faustino Sarmiento. Pouget vino a introducir en la provincia variedades de cepas francesas: malbec, cabernet, merlot, semillón, sauvignon, chardonnay.

Décadas más tarde, el ferrocarril llegó con su fuerza arrolladora: "El silbato de la locomotora debe despertarnos en todo sentido", sentenciaba un articulista en 1881 en el diario mendocino El Constitucional. La masa inmigratoria europea de fines del siglo XIX hizo lo propio como mano de obra para la cosecha de la uva y como parte del mercado de consumidores de vinos. 

Ahora el paisaje del vino se delineaba extendido sobre el árido y cálido terruño mendocino como una trama de canales, acequias e hijuelas que se anudaban con asentamientos humanos y productivos.

"Nuestros viñedos que antes eran agrupaciones irregulares de plantas, que poco producían, van tomando una forma regular y hasta elegante. Estos progresos se deben, en gran parte, a los extranjeros", aseguraba desde sus páginas Los Andes en 1886.

Pues bien, si los románticos buscaban lo típico no únicamente en el paisaje, sino también en las costumbres, en las tradiciones, eran ahora éstas el elemento social en eclosión.

Las costumbres no pueden separarse de los hombres. Juan Llerena aseguraba en la obra citada de 1867 que "las costumbres mendocinas son todavía muy españolas". Los mendocinos, decía, "son robustos y bien formados, de buenos colores y de una complexión sana; entre sus jornaleros se encuentran los hombres más robustos de la república". Parece claro que Llerena sólo tenía ojos para un tipo de hombres, pues no menciona al habitante prehispánico del Cuyum ni a los descendientes de los negros africanos esclavizados incluso hasta 1853 -que llegaron a representar el 30 por ciento de la población en los primeros años de la revolución-.

Curiosamente, la fotografía que tomó en 1890 Augusto Streich de cosechadores mendocinos Pesando las uvas, que acompaña esta nota, incluye entre los trabajadores al menos un tercio de personas "de color". Esa fotografía social no refuta el dato de una gran presencia de inmigrantes europeos en la vendimia, pero registra la presencia afrocuyana, supuestamente extinta. ¿Era un caso excepcional o la sociedad mendocina era multiétnica? La definición del color, el tipo, la "raza" o la etnicidad de la argentinidad sería precisamente una de los intereses del criollismo y de la literatura nacionalista de fines del siglo XIX y principios del XX, que recogerá el regionalismo literario en Cuyo.

El regionalismo literario, nos decía el filósofo mendocino Arturo Andrés Roig, no ha sido "más que un aspecto de todo un amplio movimiento de regionalismo cultural que abarcó las más diversas fases: la plástica, música, folclore, educación y aún lo jurídico y lo político" (Mendoza en sus letras y sus ideas, 1996). Una de las manifestaciones en que se concretó el regionalismo cultural, aseguraba Roig, fue la institución de la Fiesta de la Vendimia. En el terreno de la literatura mendocina, anotaba el antes citado, distintas producciones de orientación vanguardista, sencillista, de inspiración folclórica y de intención social de la Generación de 1925 coincidieron en un enfoque regional, subsidiario del nacionalismo literario que buscaba restituir el prestigio de las cosas y de la realidad nativas casi olvidadas, en términos de Ricardo Rojas (Euriendia, 1924), frente al brillo incandescente de lo exótico y de las modas europeas.

En esta línea de ideas, varias décadas más delante de la iniciática literatura mendocina que abrevó por vez primera en el paisaje natural cuyano, Alfredo Bufano se inspiró en un rancho mendocino y anotó una de sus tan sencillas como hermosas apreciaciones sobre el paisaje, el tipo y las costumbres: "Sobre oscuras esteras de trenzada totora / el sol de otoño seca, tuerce, comprime, dora / uvas, higos, ciruelas, duraznos opulentos / y zapallos y choclos y sartas de pimientos". En el mismo poema no dejó pasar el matiz somático que Llerena no había podido ver: "En el corral cercano una mujer trigueña / con otoñal cachaza la dócil vaca ordeña" (en Tierra de Huarpes, 1927). Al volver la vista sobre lo nativo, el mestizo, heredero de lo Precolombino, es redescubierto.

La retracción y definición de lo propio frente al avance del cosmopolitismo y de la "invasión" de lo foráneo ocupó entre otros al excepcional Juan Draghi Lucero, etnógrafo, historiador y escritor que tanto aportó a las ciencias y a la literatura de Cuyo y Mendoza. Draghi posó su mirada sobre el paisaje del secano lavallino y se interesó por rescatar las tradiciones cuyanas a través de documentos históricos dispersos en archivos y de registros etnográficos que elaboró en encuentros con algunos antiguos portadores del folclore popular en vías de desaparición.

En el Cancionero Popular Cuyano (1938), sostiene que "en lo que se debe insistir para fijar las características cuyanas, es en la conquista precolombina: el agua del regadío". El goce y el gobierno del agua hicieron a una población estable, organizada y con tradición de respeto mutuo y regularidad. Ligado a la agricultura, "la viñita fue el segundo cariño de todo colono", decía Draghi. "¡Ah, el vinito de Cuyo…!", exclamaba al describir las costumbres del colono. Pero había más, "Llegan miles y miles de 'gringos', ya como obreros ferroviarios, ya como nuevos viñateros que plantean en gran escala la bodega de tipo europeo". Y no vienen solos, "este renovado aluvión inmigratorio que se vuelca en Cuyo desde antes de 1885 trastrueca la antigua y sosegada vida criolla, decae el folclore, ya que es necesario que algo representativo muera para que haya tradición" (en Cancionero Popular Cuyano).

Manuel Delgado Ruiz, en oportunidad de introducir una edición de Tristes Trópicos del célebre antropólogo Caude Lévi-Strauss, decía sobre el etnógrafo que "en su papel de Pepito Grillo del propio mundo del que procede […] el investigador de las modalidades exóticas de la humanidad se verá abocado a practicar una asombrosa forma de ciencia, crónicamente determinada por la muerte ineluctable de su objeto, lo que le convierte en una suerte de ave crepuscular que aparece en el momento en que las sociedades otras agonizan, precisamente para fiscalizar y levantar acta de sus últimos estertores".

En efecto, Draghi asiste a un fenómeno de este tipo y se lo relata así a Daniel Prieto Castillo: "Las lagunas de Huanacache significaron abundancia para Mendoza. Poco a poco, y con la llegada del ferrocarril andino, se extienden las viñas, tanto en Mendoza como en San Juan. Se va mermando el agua de la laguna hasta el momento en que no llega ni una gota del río San Juan y del Mendoza, porque todo es absorbido por las viñas. Entonces se produce la dispersión del pueblo huanacachino" (en La Memoria y el Arte, 1994).

El cambio cultural es difícil de asimilar cuando se busca una esencia, un atributo objetivo y perdurable en el tiempo, idéntico siempre a sí mismo.

Pero para la década de 1940 en las producciones culturales locales algunos símbolos de lo típico identitario de Mendoza exhibían ya cierta legitimidad y permanencia. Los paisajes naturales y humanos propios del terruño parecían hacerse más evidentes.

En Ángel Pérez Vega, "el pintor de la vendimia", como gustan llamarlo (en Valor arquetípico patrimonial en la pintura de Ángel Pérez Vega), el paisaje del vino y la vendimia posterior a 1940 aparecen como un motivo propio del "hombre de la tierra de Mendoza", según sus palabras. Lo testifican así los exquisitos óleos que son vistos por los ojos del mundo como representativos de Mendoza, y que remiten al proceso vitivinícola en cada una de sus fases, a los usos y costumbres de la viña y al viñador mendocino.