Opinión Martes, 5 de diciembre de 2017 | Edición impresa

"La ilusión de elegir la secundaria" por Alejandra Vargas

Por Alejandra Vargas - Editora

“Mamá... ¿por qué no me retaste cuando me saqué un 8 en cuarto grado? ¿por qué no me exigiste más?”, fue el cuestionamiento desconsolado de una niña luego de saber que no tenía banco en ninguna de las cinco opciones de las secundarias públicas del Gran Mendoza y que tampoco había entrado en ninguno de los colegios de la UNCuyo.

La mujer -con el alma partida- intentó explicarle que el 9,50 era un buen promedio y que su desempeño en la escuela primaria era el de una muy buena alumna.

La misma desesperanza tenía dibujada en su rostro la madre de un escolta que intentó inscribir a su hijo en una escuela de Maipú durante la segunda instancia y le advirtieron que debía ir a sorteo porque el 9,50 era un promedio bajo para esa institución. Días después estaba retirando los papeles y el dinero de la Cooperadora que ya había pagado porque se había quedado sin banco en el establecimiento que había elegido.

Estos dos casos entre los 30.858 alumnos (de escuelas públicas y privadas) que este año terminan la primaria pueden resultar banales para las autoridades escolares que aseguran que hay bancos para todos los integrantes al nivel medio en el ciclo 2018. Seguramente, es así (aunque todavía hay padres que están buscando una escuela acorde a sus intereses) y sólo el tiempo dirá si la elección -o no-  o el ingreso -o no- a tal o cual escuela fue lo mejor.

Pero mientras tanto las expectativas, angustias, temores, especulaciones y esperanzas que se viven en el seno de cada familia que tienen un integrante finalizando la primaria son más complejas cada año.

Desde la Dirección General de Escuelas admitieron -a Los Andes, a principios de noviembre- que les ha llamado la atención “un aumento muy leve, pero sostenido en el nivel de promedios, particularmente  en los últimos tres años”.

Entonces, la mirada se posa en el modo de corregir las evaluaciones, los trabajos prácticos, la conducta, la responsabilidad de llevar los elementos solicitados, etc...

Algunos niños aprenden a leer y a sumar sin dificultad y obtienen “dieces” en los primeros años. Luego, tal vez, no lo pueden sostener; pero la seño “para no arruinar la libreta” o “para evitar tener que dar explicaciones a los padres” mantiene el 10.

Otros niños tienen padres que no se bancan un menor rendimiento de su hijo y se quejan en la escuela para que le cambien la nota y están encima del docente con un tono prepotente.

A esto se suma “la grieta” entre la educación privada y la pública. “Si bien en la privada el nivel de exigencia es mayor, como tiene secundaria y no quieren que los chicos se vayan nunca les ponen diez”, interpreta un papá de una escuela privada; aunque también se encuentran comentarios como:

“En las privadas regalan nota porque se paga”. La grieta se extiende dentro del sistema público. Y aquí muchos de los que hablan sin saber señalan que en las escuelas marginales o rurales es más fácil sacarse 10 que en una escuela urbana.

La tan mentada objetividad del sistema de corrección es relativa; de eso, no hay dudas. De lo que sí tengo dudas es que mi hijo en un par de años pueda entrar a la escuela pública que tienen taller de robótica como él quiere y -si bien trato de bajarle el nivel de ansiedad- ya se está preguntando qué será de él si no puede ingresar donde quiere.