Opinión Lunes, 12 de febrero de 2018 | Edición impresa

La Constitución de 1853: las ideas de la Generación del '37 - Por Luciana Sabina

el documento se sancionó en una argentina dividida y al borde de la anarquía, donde la violencia se imponía.

Por Luciana Sabina - Historiadora

Los intelectuales enfrentados a la tiranía rosista consideraban que el camino debía ser trazado desde lo legal, ciñendo al pueblo a este nuevo orden, generando hábitos desde las altas esferas a través de una ley guía.

Este proceso se  observó en toda Latinoamérica, dónde se aplicaron constituciones inspiradas en otras realidades, cometiendo una serie importante de errores.

Creían que sin ella sería imposible organizarnos, mientras Juan Manuel de Rosas daba largas al asunto diversas voces reclamaban su sanción. Juan Bautista Alberdi señaló que  “Toda postergación de la Constitución es un crimen de lesa patria; una traición a la República”. 

Justo José de Urquiza comenzó su lucha contra el Restaurador esgrimiendo, principalmente, la necesidad de dotar al país de una Carta Magna, para Alberdi era el único que podía llevarlo a cabo.

Una vez vencido el Restaurador, el grupo porteño decidió prescindir del entrerriano dividiendo a la facción vencedora. El proyecto constitucional no hizo marcha atrás y finalmente en 1853 se volvió realidad. El Congreso Constituyente que la consagró se reunió en Santa Fe. 

Martín Zapata -representante de Mendoza y alberdiano- escribió a Alberdi: “Dentro de pocos días la comisión de Negocios Constitucionales acabará y presentará a la discusión del Congreso su proyecto de Constitución cuyo fondo será el de usted”. El tucumano no concurrió y se mantuvo a la expectativa en Chile.  

Alberdi era consciente de que sobre una base conflictiva, como la que existía en el país, sería imposible llegar a buen puerto. Su solución fue plantear la inclusión en el documento constitucional de elementos tanto federales como unitarios, para de este modo saldar los conflictos. El documento se sancionó en una Argentina dividida y al borde de la anarquía, donde para variar las pasiones eran difíciles de aplacar y la violencia imponía el ritmo. Muchos dudaban de la supervivencia de la Carta.

Más allá de las luchas intestinas, la Constitución debía imponerse a las costumbres de un pueblo nacido bajo el signo del desorden. Incluso, algunos sacerdotes la tildaron de “hereje” debido a que en su artículo 14 proclamaba la libertad de cultos. Consecuentemente fue combatida desde sus atrios.

Desde nuestra provincia, Vicente Gil escribió a Alberdi solicitando que aportara “la influencia de su nombre en apoyo de la Constitución, para vencer las resistencias que principian contra ella. Los congresales mismos no parecen muy seguros del éxito; ellos creen hallar obstáculos para plantearla y reclaman la cooperación (...) de la prensa de Valparaíso y de Mendoza, a fin de ilustrar a los pueblos e impulsarlos a su adopción (...) Ya comprenderá cuanto necesitamos su auxilio”.

A la luz de esta información no resulta tan descabellada la postura de Rosas al respecto y la idea de una Constitución de tipo histórico-nacional.

De hecho, en la actualidad nuestra incapacidad para cumplirla ocupa a diario los titulares. Sin embargo, consideramos que los cambios en una sociedad se generan imponiendo hábitos civilmente saludables -cuanto antes mejor-, siendo la Constitución la base; aunque muchas veces sólo se trate de palabras escritas en un papel amarillento al que nadie parece respetar.