Opinión Miércoles, 10 de enero de 2018 | Edición impresa

Juguetes inteligentes, padres bobos - Por Laura Antún

Hay chicos que no acaban de tomar la teta y ya tienen entre sus manos un "smart toy".

Por Laura Antún - Editora

Un osito con Wi Fi graba a un niño pequeño y manda el mensajito al celular de sus padres, felices de estar conectados y "estimular" al chico nacido en la era digital. Otro nene no acaba de dejar la teta pero sabe manipular una tablet para bebés, lo que garantiza que se insertará en el mundo en el que nació y que es un poco superdotado. Otro tiene bajados todos los contenidos de "Learning Lodge Navigator", cosa que aprenda mucho más de lo que debe para su edad y que sea un nene que distinga todos los colores a los 3 años para deleite y aplauso de toda la familia.

Son la generación criada con “smart toys”, o juguetes inteligentes, o juguetes interactivos con cámara: desde kids celulares hasta tablets de bebé, pasando por muñecas amigables cuyos ojitos filman o peluches mensajeros. Dispositivos con datos que entran a la red manejados por criaturas más que inocentes, la mayoría de las cuales siquiera sabe leer.

Lo cierto es que el juguete inteligente ha hecho quedar a millones de familias como estúpidas: cuanto más caro y más conectado está el "toy", mayor es la cantidad de datos que es capaz de extraer sobre la familia, los papis, las mamis, los gustos de ambos; sobre las casas, la disposición de las habitaciones, los muebles, el poder adquisitivo y las cuentas en redes sociales.

En 2015, cinco millones de cuentas de clientes de la empresa Vtech y casi 200 gigabytes de fotos de niños fueron filtradas a la web. Vtech es el fabricante de juguetes electrónicos con sede en Hong Kong que más vende en el mundo y que está en el mercado argentino.

La empresa debió pagar ayer una multa de 650 mil dólares en Estados Unidos por quedarse con datos, pero no piensa cerrar sus operaciones, alimentadas por ventas que no paran de crecer a nivel global y que superan con creces el valor de las sanciones.

Los aparatitos tienen micrófonos y cámaras conectados al enorme abismo de Internet, un planeta tan fascinante como peligroso y difícil de controlar y predecir. Un universo en el que un menor de edad está desnudo, indefenso, solo.

"Estos nuevos juguetes son invasivos y bastante vulnerables desde el punto de vista informático, por lo que hay que tener mucho cuidado con los micrófonos y cámaras que transmiten información por Internet, ya que, a diferencia de lo que ocurre con las webcams o micrófonos de una notebook, los ojos y oídos de estos juguetes no se pueden tapar", advirtió, antes de Navidad, María Belén Sclarandi, responsable de Contenidos y Difusión del BA-Csirt, el centro de expertos en ciberseguridad del gobierno porteño.

Los pequeños y simpáticos juguetes no tienen las normas de seguridad de cualquier computadora y no dan la opción de cambiar contraseñas, porque claramente están orientados a la primera infancia.

La publicación especializada Motherboard contó cómo un grupo de hackers se metió a millones de dispositivos rosaditos y celestes y robó correos, contraseñas, fotos, diálogos y filmaciones que después eran accesibles desde Google.

Lo paradójico es que estos niños, cuando empiezan la escuela, son incapaces de resolver un problema porque no entienden los enunciados. Ni hablar de hacerles leer un libro: un infierno para su cerebro hiperestimulado, una tarea demasiado lineal para quien no aprendió a jugar con barro, a ensuciarse y a tener paciencia. 

Algunos siquiera pueden ver una película, porque no tienen capacidad de hilar una trama que requiere tiempo. 

Las consecuencias que se pagan son demasiado altas. Que un osito con cámara filme cada movimiento de un niño es un tanto tétrico. Que un gatito le hable a un bebé desde una tablet es digno de película de terror. 

Tal vez esperar para “insertar” a un niño a la era digital no sea tan malo como muchos creen. Que no sepa los colores ni hable en inglés a los tres años es “un mal menor ” al lado del infierno que puede avecinarse con un chiquito indefenso expuesto a millones de datos que circulan libremente por las redes.