Opinión Domingo, 8 de octubre de 2017 | Edición impresa

España, Cataluña y nosotros

Por Por Julio Bárbaro - Periodista. Ensayista.

Lo bueno de la historia es que cuando se decide a hacer grandes cambios suele no ser anunciada por nadie. Después de ríos de tinta a favor y en contra del mundo comunista, de pronto se nos cayó el Muro de Berlín en nuestras narices sin que ningún analista lo hubiera previsto. Ese desmesurado hecho, que terminaría cambiando el rumbo de la humanidad, no tuvo anunciantes. 

Algo parecido sucede en la rebelión catalana, ríos de tinta de encuestadores y contadores -estas dos especies que intentan ocupar el lugar que la filosofía y la política abandonaran- suman y restan como si los mercaderes del templo terminaran ocupando el lugar del sumo sacerdote. 

Acerca de la palabra "patria", como en todo, hay versiones y convicciones antagónicas. Para Vargas Llosa es un "no lugar", enamorado del ciudadano universal ni se le ocurre opinar de las raíces. 

Parecido a nuestro Copy, Damonte Taborda, que nos regaló su obra "Evita" que el actual Gobierno en un gesto más mediocre que ecuménico instaló en el museo Cervantes. La obra es tan mala que si no se nominara "Evita" a nadie se le ocurriría soportarla. Digo la obra, no los actores, que como en otro absurdo como la película "La cordillera" salen bien parados, aun cuando lo hacen a pesar del dramaturgo, tal como la obra de Pirandello "Seis personajes en busca de autor".

Para José María Arguedas, poeta peruano, "Es la patria y no el alma la que diferencia al hombre del gusano". Para Leopoldo Marechal, "la patria es un dolor que aún no tiene bautismo".

Y para el oscuro personaje español Alfonso Guerra, alter ego de Felipe González, si uno es socialista no puede ser nacionalista. Los negocios son superiores a las patrias, el consumidor es el único personaje universal digno de respeto. Y el Alfonso lo dice con cara de prócer, como si no supiéramos el daño que generaron en nuestro continente. 

Y allá, los catalanes debaten con el resto de los españoles los límites de la identidad cultural y la integración política. Hablar de números y legalidades en estos casos tiene poco o nada que ver, en un mundo que para algunos se "universaliza" es lógico que las culturas, con su lengua y su historia, intenten conducir su propio destino. 

No pasó mucho tiempo del "Brexit", se calmaron las violencias, fracasaron como la ETA o el IRA, pero después de ellas suele aparecer la sabiduría en alguna de sus variantes.

En los Estados Unidos hubo un "Setiembre Negro" y luego terminaron instalando a un presidente propio. Son naciones capaces de adaptarse a la historia; no es nuestro caso, no logramos coincidir en nada.

El Santo Padre no viene a visitarnos, no seríamos capaces de recibirlo juntos, cada quien haría su acto, no logramos instalar algo colectivo sobre nuestras tan duras como superficiales diferencias. Es quizá el hombre más importante en el presente, la humanidad así lo expresa, a nosotros nos queda grande.

Unos quieren que sea del Pro y los otros de Cristina y la asociación de ateos agresivos sumada a la masonería adoradora del horóscopo. Todos juntos se imaginan autorizados a hablar mal del Papa argentino, todos le pasan facturas por no actuar según ellos le exigirían.

Tan grotesco como real. Ni los católicos ricos y elegantes soportan su mensaje, el gran y patético invento del término "populismo" les alcanza para condenar a Su Santidad y a Perón. Así es la mediocridad cuando se ocupa de defender tan solo intereses económicos, que de eso y no de otra cosa se trata.

Cristina juega sus últimas cartas, le sirve más al Gobierno que a la oposición, en rigor su tarea es impedir que surja una alternativa opositora digna y democrática. Cuando pasen las elecciones veremos transitar la economía que para el oficialismo tiene brotes verdes y para muchos es tan sólo la reiteración de otros procesos de la misma corriente ideológica que terminaron -todos- en un estallido.

Dólar bajo, intereses altos, balanza de pagos desastrosa y tomando deuda externa ilimitada. Y luego, en ese caos, siempre habita una mejora pasajera del consumo.

Ni los economistas que nos salvaron con Duhalde del estallido ni los de extremo liberalismo dejan de anunciar los riesgos del modelo. Pero nos salvamos de Scioli, de lo peor, de la amenaza del estallido de las mismas instituciones. Al lado de eso, la crisis de la economía termina siendo apenas un mal menor. Diferentes niveles de la decadencia. 

España debate con Cataluña dos concepciones de identidad nacional, dos ideas de patria. Generan envidia, más que nada en nosotros, que arrastramos una grieta donde los consumidores universales se enfrentan al proletariado también universal. En nuestra profunda grieta es donde no hay patriotismo de ninguno de los dos lados. Una grieta que solo divide dos propuestas de la decadencia, ambas copiadas de experiencias ajenas.

El gobierno se consolida, el sindicalismo se aleja de la amenaza del paro para ingresar al diálogo, los propulsores del caos pierden vigencia en las calles y en las urnas. Y otra vez la economía se convierte en el elemento central de nuestra estabilidad democrática.

La democracia exige un nivel de distribución de la riqueza del que parecemos habernos alejado demasiado. Con un Estado desmesurado junto a pocos y enormes grupos concentrados, votar termina siendo una instancia que poco o nada puede modificar la realidad. Sin democracia económica no hay democracia política. Y ese conflicto parece que todavía no estamos decididos a enfrentarlo.