Opinión Martes, 31 de octubre de 2017 | Edición impresa

El VIII Congreso Internacional de la Lengua Española (2019): celebración de la palabra

Por José Luis Moure - Presidente de la Academia Argentina de Letras

Quinientos ochenta millones, se afirma, son hoy los hablantes de español. Acaso la cifra pueda  refinarse hacia abajo, pero el resultado no alteraría la evidencia de que compartimos un idioma de alcance vastísimo tanto por el número de usuarios como por el de naciones involucradas, veintiuna de las cuales lo tienen como lengua nacional o mayoritaria. Solo el chino mandarín la supera por el número de quienes la poseen como lengua materna, y veinte millones la estudian como lengua extranjera.

El idioma nacido hace más de mil años en un áspero rincón del norte hispánico, devenido lengua general del reino cuando gobernaban los Reyes Católicos, hizo pie en América en 1492 y se extendió imparable por la inmensa geografía del continente nuevo, acompañado solo por el portugués de Brasil. Aunque la historia quiso que en el norte el Río Grande le impusiera una frontera con el inglés, desde hace muchas décadas la escalada inmigratoria de los países del sur ha venido permeando ese límite, de suerte que el español cuenta hoy allí con más hablantes nativos que Argentina o España.

Acaso el viejísimo fantasma de la disolución del latín después de la caída del Imperio Romano, cuya dialectalización se plasmó en lenguas diferentes (italiano, retorrománico, rumano, francés, sardo, portugués, castellano, etc.), llevó a no pocos intelectuales y filólogos del siglo XIX a pensar que la autonomía política de las naciones americanas, ganada en las guerras de la independencia, podría conducir a un colapso semejante. Por inspiración de la Real Academia Española (fundada en 1713) y a su imagen, la creación de academias americanas de la lengua (desde la colombiana en 1871 hasta la de Guinea Ecuatorial, en 2013 -la nuestra se había establecido en 1931-) fue un inicial intento de preservar, a través de la defensa de la lengua compartida, el vínculo que la historia y la política habían disuelto. Y en una segunda instancia, la creación en 1951 de la Asale (Asociación de Academias de la Lengua Española) se propuso estrechar la comunicación entre esas corporaciones hermanas consagradas a promover el buen uso del idioma común.

Desde 1997, la convergencia de objetivos del Instituto Cervantes, la Real Academia Española y la Asale dio lugar a la celebración, cada tres años, de los congresos internacionales de la lengua española (hoy mencionados bajo el acrónimo CILE), que tienen lugar en una ciudad de España o Hispanoamérica. Así, entre 1997 y 2016 se sucedieron los encuentros de Zacatecas, Valladolid, Rosario, Cartagena de Indias, Valparaíso (que el terremoto de 2010 impidió realizar), Panamá y San Juan de Puerto Rico. Y por primera vez en la historia de estas reuniones, una iniciativa del Ministerio de Turismo de la Nación y de la provincia de Córdoba determinó que otra ciudad argentina después de Rosario haya sido elegida como sede del octavo CILE, que habrá de realizarse entre el 27 y el 30 de marzo de 2019.

Los CILE fueron concebidos como foros de reflexión sobre la situación, problemas y retos del idioma español, con la finalidad explícita de avivar la conciencia de corresponsabilidad de gobiernos, instituciones y personas en la promoción de la lengua, en tanto privilegiado instrumento que vertebra a la comunidad hispanohablante. Sin perjuicio de su objetivo fundacional, el desarrollo de estos congresos internacionales ha llevado también, y de manera creciente, a una puesta en vidriera de la ciudad que los acoge y, por extensión, del país anfitrión. Si se atiende al hecho de que el último CILE (Puerto Rico) recibió a 300 periodistas acreditados y tuvo un promedio de 1.500 visitantes diarios y 140 expositores y ponentes provenientes de 25 países, podrá tenerse idea de su dimensión y de la complejidad organizacional que requieren. Y de alguna manera explica también que en ellos, además del tratamiento de temas específicamente referidos al idioma, se incluyan los que aporta el mundo de la economía, de la publicidad y del turismo, agrupados hoy bajo el rótulo "industrias de la lengua": piénsese, a modo de concentrado ejemplo, en la intensa actividad editorial reflejada en libros, revistas, manuales, diccionarios y métodos interactivos de enseñanza de español, en los variados dominios de la traducción (literaria, científica, técnica, automática, etc.) y del doblaje de películas y series, y en las implicancias económicas del turismo idiomático, que fomenta el aprendizaje de la lengua mediante estadas de corta duración en distintos lugares de la geografía española y americana. La docta Córdoba trabaja ya intensamente para que todas estas dimensiones del idioma sean adecuadamente examinadas.

Cada una de las convenciones internacionales de la lengua fija el lema que guiará su desarrollo. El de Córdoba, presentado en Buenos Aires el pasado 21 de setiembre (del que Los Andes se hizo oportuno eco), será "América y el futuro del español. Cultura y educación, tecnología y emprendimiento".
Obligada de alguna manera por el exitoso antecedente rosarino (2004), la Argentina espera hacer del próximo CILE un acontecimiento provincial y nacional. Y más que un encuentro de escritores y lingüistas (los habrá), este octavo Congreso quiere ser una celebración de la palabra en las muchas dimensiones que la tienen como protagonista: la palabra de la literatura y del periodismo, pero también las voces que conviven con la música tradicional, las que el pueblo crea en la oralidad de cada día, las que se revisten de los muchos acentos y variedades que conforman el mapa dialectal del país.

Un corolario necesario. Quien esto escribe logró que la palabra educación figurara en el lema del Congreso, convencido de que la Argentina no debe hoy desplegar semejante esfuerzo cultural y económico sin atender también a esta acuciante deuda nacional. La Academia Argentina de Letras, que ejerce la secretaría académica del CILE, procurará que el encuentro sea también un receptáculo de variadas actividades de alcance federal -paneles, actos, concursos y talleres con participación de estudiantes y docentes- que devuelvan a la palabra y a la lengua de nuestro país la jerarquía que reclama la formación intelectual de las generaciones nuevas. Se trata del idioma en el que Jorge Luis Borges y Julio Cortázar llevaron a la Argentina por el mundo.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.