Opinión Sábado, 13 de enero de 2018 | Edición impresa

El mariscal sanguinario - Por Luciana Sabina

López fue un dictador cruel, cuyos deseos se respetaban a riesgo de muerte. Obligó al congreso a aumenar su sueldo al triple.

Por Luciana Sabina - Historiadora - lucianasabinaok@gmail.com

El 13 de abril de 1865 Paraguay inició la guerra contra nuestro país. Al grito de "¡Viva López! ¡Mueran los porteños!" asesinaron a casi toda la tripulación de dos barcos argentinos en Corrientes.

Posteriormente ocuparon la zona y Mitre comunicó al país la declaración de guerra de Francisco Solano López, presidente del vecino país (en la imagen). Nuestro primer mandatario estaba al tanto de la misma con antelación, pero aparentemente lo ocultó buscando indignar a los argentinos ante una agresión inesperada y recibir así apoyo interno.

Las pérdidas que este enfrentamiento ocasionó al país guaraní fueron atroces y esperables: López se lanzó a la guerra sin preparación ni recursos o armamentos suficientes.

Basta decir que del grado de sargento para abajo todos estaban descalzos. Numerosos relatos contemporáneos dejaron bosquejos de su presumible demencia. Fue un dictador cruel, cuyos deseos se respetaban a riesgo de muerte.

Obligó al Congreso a nombrarlo presidente, a aumentar su sueldo al triple y a aprobar las declaraciones de guerra. Los paraguayos debían festejar las victorias y las derrotas, asistiendo a bailes populares, incluso quienes habían perdido a algún familiar.

Las madres paraguayas no podían manifestar su angustia, lo tenían prohibido: "En diferentes ocasiones asistí al embarque de tropas, al igual que el Presidente -escribe el cónsul francés en Paraguay a su canciller-, y allí pude ver despedidas emocionantes; pero siempre estaba presente el mismo sentimiento de opresión, y las mujeres escondían el rostro con sus mantos para que los numerosos espías que estaban esparcidos entre la multitud no las viesen manifestar un sentimiento que era reprobado por el Gobierno ¡cuyo órgano oficial de prensa comparaba a las mujeres paraguayas con las espartanas, las cuales entregaban sus hijos para la defensa de la Patria sin derramar lágrimas! Además de prohibirse las manifestaciones de dolor, se ordenó alegrarse…" 

Si bien las condiciones para todos eran paupérrimas, las tropas paraguayas la pasaban peor que el resto. Carecían incluso de alimentos. Pero López vivía con total tranquilidad, lejos del frente, cumpliendo una rutina diaria que incluía levantarse a las once de la mañana y dar algún paseo a caballo junto a madame Elisa Lynch, su esposa. 

Durante la última etapa del enfrentamiento, la violencia del mariscal alcanzó niveles monstruosos. Cualquiera que estuviera bajo sospecha era pasado por armas. Para este tipo de acciones montó una estructura judicial particular, llamada popularmente "tribunales de sangre". 

Ante el avance aliado, López escapó. Llevó consigo a miles, aun contrariando voluntades. Lejos de ser la heroica epopeya que describen los autores revisionistas, constituyó un éxodo deletéreo y macabro. En el trayecto sus hermanas sufrieron agresiones, hizo lancear a muchas mujeres de sociedad, entre ellas a un antiguo amor no correspondido, mientras otros morían de hambre. Su hermano mayor fue fusilado por la espalda, e incluso, sintiéndose traicionado por su madre, mandó azotar a la anciana. Aquellos que le aconsejaron no hacerlo recibieron todo tipo de insultos. 

En este contexto, algunos oficiales paraguayos escapaban y se sumaban a las tropas aliadas para darle caza al tirano. 

López terminó acorralado en Cerro Corá. Escapó del campamento mientras los aliados llevaban a cabo una masacre espantosa, donde perdió la vida su hijo adolescente (Panchito) y el anciano vicepresidente Domingo Sánchez. Su final distó mucho de ser épico. Silvestre Aveiro  -quien lo acompañaba- cuenta que a poco de salir del cuartel general se cruzaron con la madre y las hermanas del mariscal, "diciendo la primera: '¡Socorro, Pancho!'. A la que éste contestó lacónicamente: 'Fíese, señora, de su sexo', y pasamos". Poco después resbaló y quedó sumergido en un arroyo, allí recibió un tiro por la espalda que le dio muerte inmediata. Como afirma Isidoro Ruiz Moreno -miembro de la Academia Nacional de la Historia-, el fin heroico del presidente que lo muestra luchando espada en mano y anunciando que "moría con su Patria", no figura en ningún registro inmediato al hecho. 

Durante las últimas horas observamos que para algunos habitantes del Paraguay aún no cierra esta herida; quizás comenzar a ver su pasado en función de la realidad, ayude mucho.