Opinión Miércoles, 14 de febrero de 2018 | Edición impresa

El estado de Donald Trump - Por Gerardo Tripolone

Por Gerardo Tripolone - (desde Nueva York) Doctor en Derecho y Cs. Sociales. Becario de Conicet y docente en la Universidad Nacional de San Juan

El martes 30 de enero por la noche, Donald Trump afrontó su primer "estado de la Unión". El presidente de Estados Unidos acude en enero de cada año a explicarle al Congreso la situación del país, tal cual sucede en Argentina en marzo.

El discurso de Trump no sorprendió. Durante el día los medios ya tenían el texto que expondría el presidente, por lo que se podía anticipar qué diría. No obstante, lo importante fue la puesta en escena. Y, en este caso, los asesores del presidente fueron inteligentes. En el Congreso se montó un espectáculo con tono humano que apeló a las emociones del ciudadano. Todo lo contrario al "presidente intelectual" que fuera Barack Obama.

Cada parte del discurso de Trump fue representada por personas de a pie que estaban presentes en el recinto. Cuando trató el polémico recorte de impuestos alegando que beneficiaría a los pequeños (y "hermosos", según sus palabras) negocios, lo ejemplificó con jóvenes presentes. Uno de ellos habría vivido su mejor año en los últimos veinte y otro habría logrado montar su propio negocio luego de ser despedido durante la crisis de 2008. Al hablar de la inseguridad que supondría la inmigración descontrolada, Trump optó por mostrar la tragedia de una familia de origen hispano que perdió su hija en manos de una pandilla de inmigrantes.

Dedicó varios minutos a los veteranos de guerra, a los que, junto con todo el Congreso, ovacionó en reiteradas ocasiones. Esto es algo particular de Estados Unidos: no sólo debe rendirse culto a los veteranos, sino que constituyen un foco central de la política interna. El ministerio de Asuntos de Veteranos de Guerra es uno de los más importantes del gabinete.

Por supuesto, Trump dedicó parte de su discurso a denostar la herencia de Obama. Repitió su oposición al Obamacare, al tratado nuclear con Irán, a las regulaciones económicas y burocráticas, entre otros asuntos que habrían frenado el crecimiento de Estados Unidos. Anunció que se prescindiría de miles de empleados públicos del gobierno federal, lo cual constituyó uno de los puntos más aplaudidos por la bancada republicana. El bloque demócrata se aferró a su asiento y mantuvo sus manos bajas.

En política exterior tampoco sorprendió. Sin embargo, ciertos puntos deben resaltarse. En primer lugar, puntualizó que Rusia y China constituyen una amenaza para Estados Unidos. Esto no debe ser tomado como palabras vacías. Los discursos presidenciales están meditados y son pensados por asesores políticos y por miembros importantes del gabinete.

China siempre ha estado en la mira de Trump. Desde su campaña presidencial, el magnate hotelero colocó a la gran potencia asiática como rival. Rusia, al contrario, fue considerada como un potencial aliado de Estados Unidos. La investigación sobre la intervención rusa en las elecciones de 2016, más las propias dinámicas de la geopolítica mundial han sacado a luz las tensiones indisimulables con Moscú.

Trump ve a China y Rusia como dos amenazas "tradicionales". Son dos Estados nacionales, potencias mundiales tanto militar (en ambos casos) como económica (en el caso de China). Aunque militarmente no se comparan con Estados Unidos, China y Rusia poseen fuerzas armadas bien preparadas, con capacidad de proyección internacional y, sobre todo, armamento nuclear.

El resto de los países que Trump mencionó, no lo hizo en término de amenazas geopolíticas. Sobre América Latina sólo aludió a las "dictaduras socialistas y comunistas" de Cuba y Venezuela. Lo hizo en el marco de consideraciones sobre el régimen interno de esos países. Lo mismo puede decirse de Irán. Trump dedicó unas líneas al pueblo iraní que protesta contra su gobierno y aprovechó para cargar nuevamente contra Obama por haber firmado un tratado con la República Teocrática.

Todos esperaban que Trump hablase de Corea del Norte. Y lo hizo. Pero a diferencia de otros discursos, la escenificación produjo el efecto deseado. Trump se focalizó en el régimen interno de Corea del Norte. Según él, la medida de la amenaza norcoreana está en la brutalidad de su gobierno. Para ponerlo de resalto, utilizó dos ejemplos: un estudiante de la Universidad de Virginia que estuvo preso durante años en Corea del Norte y falleció al poco tiempo de volver (sus padres, envueltos en lágrimas, estaban presentes y fueron ovacionados dos veces) y un joven norcoreano que logró escapar del régimen. Este fue el punto más alto de la noche, sobre todo cuando el joven norcoreano fue también aplaudido por los miembros del Congreso.

Las tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte parecen aumentar. Las consideraciones usuales de Trump sobre la cuestión han sido de orden realista: Pyongyang constituye una amenaza para Washington. Con la escenificación del martes, Trump agrega el contenido del internacionalismo humanista y liberal que cala tan profundamente en la conciencia tanto dentro como fuera del país. La idea que quedó flotando fue: ¿Estados Unidos no hará nada frente a esto?

Trump y su gabinete (sobre todo su secretario de Defensa, James Mattis) deben saber las consecuencias que desataría una acción armada en la península. Lo sabía George W. Bush, quien admitía detestar al líder norcoreano por su brutal régimen a la par que reconocía que no podría intervenir militarmente por los efectos catastróficos para la región (sobre todo para Corea del Sur, aliado histórico de Washington) y, en general, en todo el mundo.

Si alguien como Bush, que decidió invadir Irak a pesar de las advertencias de gobiernos alrededor del mundo, de analistas y expertos e incluso de su propio secretario de Estado, Colin Powell, consideraba peligroso una aventura contra Corea del Norte, pocos favorecerían una acción semejante.

Esperemos que Trump no esté entre esos pocos.