Suplemento Op. Domingo, 8 de octubre de 2017 | Edición impresa

El error de creer que Messi es Maradona y que Maradona es Messi

Por Por Fabián Galdi - fgaldi@losandes.com.ar

Está naturalizado en el imaginario colectivo argentino el juego de opuestos a la hora de encuadrar, interpretar y definir las diferencias entre Lionel Messi y Diego Maradona, las cuales suelen anclarse en el estereotipo del antagonismo a ultranza: lo bueno y lo malo, sea de la posición que fuere y sin término medio que atenúe las distancias.

Es, si se quiere, un error de magnitud llevar hacia los extremos tamaña comparación. Ninguno de los dos extraordinarios futbolistas fue contemporáneo del otro, ya que sus respectivas carreras se desarrollaron en épocas distintas. Además, en contextos disímiles y hasta suelos diferentes. 

El punto en común es que se trata de dos casos fuera de serie entre millones de jugadores de cualquier parte del planeta y en más de un siglo de fútbol organizado. Y los dos son argentinos, igual que poco más de cuarenta millones de la misma nacionalidad y quienes parecieran ensalzar el grado de las diferencias antes que el de las semejanzas.

Llevar los límites hasta negar a uno en contraposición del otro asoma como un infantilismo a todas luces irracional. Optar por el "o" antes que por el "y" para situarlos en confrontación en vez de integración es -cuanto menos- una arbitrariedad. Y por qué no -también- el apego a una actitud que supone dejar expuestas tantas dosis de cinismo como de perversión.

Maradona le dio a su excepcional trayectoria futbolística un valor agregado: el de la rebeldía. No había antecedentes cercanos o lejanos en el tiempo de un deportista de élite proclive a sumergirse en las aguas de lo políticamente incorrecto y éste sí lo fue. Es más, suele adosársele a la figura deportiva un halo de pureza cual si ésta fuera una persona impermeable a las necesidades humanas.

Todo lo contrario a quien fue el paradigma de la autodeterminación, en la cual supo combinar aciertos con errores en proporciones por momentos simétricas. Es más, su vínculo con la camiseta del Seleccionado nacional lo convirtió en una leyenda viviente por la manera en la cual defendió tal estandarte.

Su final con el atuendo albiceleste alcanzó connotaciones de personaje mítico, con estados que transitaron desde el impacto emocional positivo por el nivel de sus performances deportivas hasta el negativo a partir de la constatación del consumo de sustancias prohibidas por la reglamentación.

Messi hizo un recorrido sin punto de comparación al de su antecesor, sobre todo porque el suelo catalán lo cobijó desde su ingreso a la adolescencia hasta la actualidad. Otra comunidad, inserta en un modelo sociocultural apegado a normas, hábitos y costumbres ancestrales al que el joven rosarino se tuvo que adaptar sin escalas intermedias.

La brillantez de su despegue en el área futbolística fue acompañada por un seguimiento de profesionales de primera línea para la etapa formativa, y los resultados fueron evidentes. Cinco veces elegido a nivel premium como el mejor jugador del mundo revela que se está frente a un caso fuera de molde.

Y aquí es donde conviene abrir un paréntesis, puesto que el propio Lio fue la víctima preferida de quienes interpretaron que se estaba frente a quien minimizaba la identificación con la camiseta nacional supuestamente por estar entronizado como la máxima referencia a escala planetaria del Barcelona, el club que lo convirtió en profesional.

Fue Messi quien tuvo que enfrentarse a un doble enemigo: el inconsciente colectivo argentino lo había ubicado en un plano inferior en su consustanciación con la Selección y no sólo tenía que demostrar su adhesión a diario y en cualquier circunstancia, sino que también se le pedía que se mimetizara con el estilo de juego maradoneano en vez de dejarlo explotar sus cualidades de motu proprio.

Así, Lio quedó sujeto a la cosmovisión de una generación argentina que seguía interpretando que sólo Maradona representaba fielmente el orgullo nacional y su modo de manifestarse dentro de una cancha. Una batalla en la que se desparramaron energías valiosas desde sendas posiciones de partida.

Messi es Messi y Maradona es Maradona. Uno no es el otro, y viceversa. Los dos cracks se formaron en ciclos de la vida política argentina peculiares en sí mismo y descontextualizar el análisis comparativo es un yerro garrafal. Uno atravesó su infancia y adolescencia en situaciones de marginalidad extrema y el otro pasó la transición de un ciclo de crecimiento a otro rodeado de privilegios que supo aprovechar.

Los dos, en síntesis, tuvieron su punto de encuentro en el sentido de pertenencia al mayor símbolo al que puede aspirar un jugador de fútbol nacido en la Argentina: convertirse en la nave insignia del equipo que concentra la representatividad de un pueblo, sin distingos ni exclusiones