Opinión Martes, 5 de diciembre de 2017 | Edición impresa

"Día mundial del suelo" - por Jorge Alonso y Juan Fallet

Por Lic. Jorge Alonso y Lic. Juan Fallet. Presidente y Vicepresidente de la Asociación Geológica, respectivamente

El suelo es el recurso natural más importante del que el hombre se ha valido para su alimentación, la obtención de fibras para sus abrigos y de la madera como fuente energética y materia prima en la construcción. 

Es un cuerpo viviente, es parte integral del ecosistema terrestre, y un componente importante en el suministro de servicios y beneficios en el ambiente global. 

Para aquellas sociedades, como la argentina, que basan su economía en la producción agropecuaria es su sostén fundamental.

La responsabilidad de mantenerlo sano y productivo no recae solamente sobre quienes estén directamente vinculados a su uso, sino también sobre todos los demás miembros de la comunidad que de una u otra manera intervienen o influyen sobre el proceso productivo u obtienen beneficios a partir del mismo.

La relación suelo-planta es bien conocida. Pero no así sus principales funciones. 

El suelo, la pedosfera, está en permanente interacción con la atmósfera, hidrosfera, litosfera y biosfera, interviene en  los grandes ciclos biogeoquímicos (secuestro de dióxido de carbono, fijación de nitrógeno, generación de oxígeno biogénico, filtrado, purificación y almacenamiento del agua). 

Contribuye a la estabilidad, elasticidad, sustentabilidad e integridad de los ecosistemas. Procesos que en definitiva,  han hecho, y hacen  posible, nuestro medio ambiente. Es una de las bases de la vida sobre esta Tierra.

Es notable ver cómo, a pesar de su importancia, este recurso natural es pobremente cuidado e deficientemente apreciado. Y más sorprendente aún es ver que distintas gestiones de gobiernos y diferentes sectores políticos, se desentienden de esta nodal problemática. Posiblemente se deba a la ignorancia y el desconocimiento de sus implicancias. "Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás" decía don Atahualpa Yupanqui.

Son ampliamente discutidas, y hasta reciben la atención de fundaciones, las consecuencias del cambio global sobre el clima, la calidad del aire, la cantidad y calidad del agua y sobre la biodiversidad. Sin embargo, la importancia del suelo es mucho menos reconocida.

Nos debe pesar una gran preocupación cómo continúa incrementándose la degradación del suelo en nuestro entorno, en nuestro país y en el mundo. 

Repasemos unos pocos datos que ilustran tan lamentable apreciación sobre esta apremiante realidad. 

1) En el año 2015, en Argentina, existen aproximadamente 105 millones de hectáreas en procesos de desertificación. Representa un incremento de 45 millones de hectáreas, respecto de la estimación realizada hace 25 años. 

2) La destrucción paulatina de nuestros bosques nativos, que a principios del siglo pasado cubrían algo más de 100 millones de hectáreas y en la actualidad están por debajo de  27 millones de hectáreas. 

3) En grandes porciones geográficas del mundo el suelo está degradado y/o en condición de riesgo. Las amenazas más importantes son la erosión, compactación, salinización, acidificación, la pérdida de materia orgánica y el permanente desbalance de nutrientes que llevan a la desertificación. 

4) A diario vemos en nuestro alrededor, oasis en el desierto, el avance descontrolado de desarrollos inmobiliarios sobre suelos productivos y bajo riego. 

Pero, quizás, hoy su mayor enemigo sea el exceso de confianza en la capacidad de  producción. Lo exigimos más allá de sus propiedades y capacidades de resiliencia, sensibilidad y elasticidad. Desafortunadamente intentamos reemplazar los procesos naturales con arreglos rápidos. Y a su costa, realizar algunas de sus funciones y servicios al ecosistema. 

Valga como ejemplo, que pretendemos endosarle la generación de energías alternativas a combustibles tan tradicionales como aquellos en los que el suelo tan activamente participó. Esto es no comprender, que la llamada revolución verde, sólo fue posible por una entrada energética externa. Es un volver de las ciencias al ámbito de la alquimia. 

La geología no está ausente de esta problemática. Enmiendas y abonos naturales, minerales y rocas, que con sus debidos procesos de tratamiento están dirigidos específicamente a la salud del suelo optimizando el ciclo de los nutrientes, más allá de la fertilización del cultivo. Remineralizándolo con aquellos nutrientes que provienen solamente del material parental o material mineral formador de suelos. 

El recurso minero está en condiciones de aportar la mayoría de los elementos necesarios para los suelos. Macronutrientes primarios (nitrógeno fósforo y potasio); secundarios (calcio, magnesio y azufre); micronutrientes (boro, cloro, cobre, hierro, manganeso, molibdeno zinc y níquel); y materiales como enmiendas naturales (bentonitas, zeolitas, rocas carbonáticas, cenizas volcánicas, yeso, etc.). Rocas y minerales existentes en nuestra cordillera. 

Es de destacar, en todo este proceso de remineralizar parcelas de suelos, la predisposición de los productores agrícolas y mineros, dos sectores claves de la economía mendocina, para el mejor logro de esta práctica.  

Por último, se debe continuar trabajando e investigando, junto con las otras disciplinas científicas, agronomía, biología, química y todas aquellas que tienen competencia en este medio tan complejo.

También es necesario explicar las diferentes propiedades, funciones y servicios de los suelos, a políticos y a la sociedad en general, para que sean tomadas las oportunas decisiones políticas en pos de mitigar los procesos de degradación.