Opinión Jueves, 7 de diciembre de 2017 | Edición impresa

"¿Cuál futuro para la Iglesia Católica?" por Vicente S. Reale

Por Vicente S. Reale, sacerdote católico

Ante la pregunta que hoy me formulo, y presento para quienes deseen hacérsela, existen varias posibles respuestas. Desde quienes responderán que la Iglesia fue fundada por Jesucristo y que, por lo tanto, perdurará para siempre; hasta los que afirman que es una invención humana y que desaparecerá como han desaparecido tantos otros sistemas ideológicos, políticos y sociológicos. En el medio, habrá pequeños grupos que desean que la Iglesia Católica se renueve profundamente, volviendo a los orígenes del movimiento inspirador de Jesús de Nazaret. 

Para unos y para otros, es significativamente importante -importante y decisivo-, que se distinga entre "la realidad histórica" de lo que se fue plasmando a través del tiempo en la denominada Iglesia Católica y lo que fue "el impulso primigenio" de la vida itinerante de Jesús, de su palabra, de su primera comunidad y de su prematura muerte por ajusticiamiento. 

Nadie puede negar que   -por lo menos en el mundo occidental- la Iglesia Católica se encuentra en una profunda crisis. No sólo por la disminución significativa de fieles (la realidad más dramática es Europa), sino por los distintos escándalos producidos en su seno y por la "libertad crítica" que están adquiriendo los católicos frente a las jerarquías, la doctrina y la moral. Hace medio siglo era un murmullo; hoy es la frase más dicha y escuchada: "Yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia ". 

En muchos países el número de los "ex católicos" o "malos católicos" (quienes no se han separado del catolicismo pero son muy críticos sobre el estado actual de la Iglesia ) excede en mucho al número de los "católicos practicantes" (que participan de la vida parroquial). La Iglesia , todavía, sigue dedicándose -casi enteramente- a los "instalados" (actividad pastoral tradicional), a los "católicos por tradición y por sinergia social", que no por fe y decisión personal. El cristianismo, entendido como un "legado de los padres" transmitido mecánicamente, va perdiendo su biosfera social y cultural y ya no tiene raíces ni vitalidad. 

Aldea global 

Por su parte, la denominada "globalización", llevada a cabo por los poderes hegemónicos en lo económico, político y militar, más las nuevas formas de comunicación de masas, tienen un papel clave: la gente queda encerrada en "burbujas"           -siempre más aisladas y vaciadas de contenidos reales- aceptando solamente las informaciones que refuercen sus pre-juicios personales y sociales. El mundo se está fragmentando cada vez más y este proceso va acompañado por el nacionalismo, el fundamentalismo religioso y el extremismo político. 

Este nuevo escenario mundial está acabando -sobre todo en occidente- con todas las formas sociales, morales y religiosas que se venían realizando y transmitiendo de generación en generación "como verdades absolutas e inconmovibles". Y, lo queramos o nos encaprichemos en negarlo (como lo hacen los conservadores de todo tipo), la sociedad ha cambiado, con sus luces y sombras, como ha sido siempre a través de los tiempos. 

Esta realidad, el caso de la Iglesia Católica , nos está obligando a "desprendernos" de los impenetrables y rígidos cascarones ideológicos y sociológicos de otros momentos históricos que, por debilidad, corrupción o espurios intereses, oscurecieron el prístino testimonio de Jesús y su proyecto de una humanidad renovada por los valores esenciales que anidan en cada hombre y mujer. 
Jesús de Nazaret 

La vida de Jesús de Nazaret se puede resumir en tres aspectos: su testimonio personal de vida pobre y con los pobres, su palabra (que hacía renacer las esperanzas de los excluidos de todo tipo) y la fidelidad a su conciencia y a su misión enfrentándose con el poder religioso y político de su tiempo. Con todo ello nos mostró lo más valioso que puede renovar a la humanidad: "Ama a tu prójimo, como te amas a ti mismo/a", que es sinónimo de esto otro: "No hagas a otro/a lo que no deseas que te hagan", que corona con su propio ejemplo: "Ámense (respétense, perdónense) como Yo los he amado". 

Aquí está el corazón del Evangelio (buena noticia) de Jesús. Todo lo demás es accesorio. Todo. Todo. Las ceremonias, los ritos, las normas, los dogmas, la organización, el poder. Todo carece de sentido y valor si falta aquello primero. Más aún, no sólo no tiene valor sino que corrompe lo esencial. En el mundo de hoy crece el número de los "buscadores de sentido". Entiendo que debemos comportarnos como Jesús lo hizo en el camino a Emaús: "escuchar silenciosamente" por un buen rato, poniendo atención en las preguntas y preocupaciones de la gente, "antes de compartir e interpretar" las historias que nos han sido confiadas. 

Lamentablemente, hemos puesto mucho énfasis en que la gente crea en Dios y hemos dejado de lado una cuestión mucho más importante: ¿en qué Dios creen ellos? Muchos de los que se consideran a sí mismos como ateos, en realidad lo que rechazan es una "caricatura patológica" de Dios. Estoy completamente de acuerdo con ellos. 

Para lo que deseó Jesús, ya no hay creyentes y no creyentes, religiosos y agnósticos, teístas y ateos. "Todos somos buscadores". Buscadores de lo genuino, de lo bueno, de lo sincero, de lo sencillo, de lo solidario, de lo amable, de la química de alma con alma, de un futuro mejor para quienes nos continúan. No sería realista suponer que algún tipo de "misión tradicional" sea capaz de conquistar a la mayoría de los "no creyentes" o "creyentes críticos", en el sentido de encajarlos dentro de las actuales estructuras institucionales e intelectuales de la Iglesia. 

Lo más importante, en cambio, son los problemas vinculados al proceso de globalización y las reacciones que suscita. El Papa Francisco ha puesto un nuevo énfasis en la caridad, la solidaridad, la responsabilidad por la creación, el cultivo de la conciencia y el coraje de ser creativos, que habían quedado bajo un cono de sombra. 

Hoy necesitamos "navegar mar adentro", desarrollando el arte de una vida espiritual, encontrando a Dios dentro de nosotros mismos y en todas las cosas; "educarnos a nosotros mismos en la fe" repensándola para hacerla compatible con la propia educación y visión del mundo y encontrando un lenguaje adecuado con el que podamos testimoniar, de una manera comprensible, a quienes nos rodean; dar testimonio de la propia fe a través de "una conducta moral en la sociedad", incorporando creativamente el Evangelio en las opciones cívicas. 


Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.