Turismo Domingo, 8 de abril de 2018 | Edición impresa

Caminata desde el cabo polonio hasta Brasil - Por Fernando Jereb

El reconocido pintor mendocino cuenta su aventura por la costa norte uruguaya, en el parque nacional del departamento de Rocha, en Uruguay.

Por Fernando Jereb - Especial para Los Andes

Decidir volver al Cabo Polonio, después de 2 años, no fue fácil. Tenía  algunos motivos para quedarme en Mendoza y un montón de dudas. Pero este mágico lugar en un rinconcito de Uruguay, me había abrazado el alma hace unos años y me pedía volver.

El corazón de este viaje, era ir caminando por la playa, desde el Cabo Polonio hasta Brasil, unos 120 kilómetros.

El viaje lo programé para febrero. Empecé a ver los mapas en Google e hice algunas reservas por internet.  Los últimos días de enero estaba llegando a Colonia (Uruguay), una de las ciudades más hermosas que he conocido, con sus casas y calles de piedras, hacen que se pierdan los límites entre unas y otras. Caminé su casco histórico mañana tarde y noche, me subí al faro desde donde se ve toda la ciudad y tiré las típicas fotos del turista!. Luego de disfrutarla un par de días, partí para Montevideo, donde participé de un  encuentro de artistas Latinoamericanos, y la verdad que fueron días vividos muy intensamente, compartiendo experiencias con artistas de distintas ciudades latinoamericanas.

Montevideo en Carnaval, es como visitar Mendoza en la época de Vendimia; se respira la cultura del lugar. Tambores, murgas y comparsas, me sorprendían en cada esquina. Uruguay vibra por su música.

Sin darme cuenta atardecía mi quinto día en Montevideo, y era hora de salir hacia el Cabo, un pueblito de origen pesquero,  sin electricidad.

Enclavado en una reserva natural protegida, con una geografía, flora y fauna, muy particular. 

El ingreso a la reserva se hace en camiones que atraviesan algunos kilómetros de dunas y el tramo final lo realizan por la playa (8 km.)

Dicen que el Cabo te atrapa o rechaza, sin medias tintas. Y conmigo nunca dudó en abrazarme el alma, y no dejarme ir. Llegué en la noche a la Reserva, y nos esperaba el último camión que salía (22 hs.) Llegar a la tranquilidad del Cabo, es también adentrarse en uno mismo…..alejarse de la hiperinformación, disfrutar del silencio, o acercarse por alguno de los barcitos que iluminados con velas, antorchas o fogones, invitan a quedarse.

Lo primero que hice al llegar, fue instalarme en el Hostel del Ajo Núñez, un personaje hermoso del lugar y un gran músico . Visité esa noche algunos amigos, que tienen un lugar muy copado en la playa, “La parrilla del Polonio”.

Estuve varios días disfrutando de las playas, las dunas, las noches estrelladas, amigos nuevos y algunas copas de Tannat (cepaje característico uruguayo) bien charladas!!!

La caminata hasta Brasil, la venía programando hace mucho, pero no había encontrado información sobre el tema, lo que hacia mi objetivo aún más emocionante!!!

El primer día salí muy temprano en la mañana (2 l de agua, frutos secos, naranjas , banana, una muda de ropa, protección para el sol, bolsa de dormir y un par de cosas más en la mochila. A las pocas horas de salir, después de atravesar un par de dunas y  un río, llegué a Barra de Valizas, un pueblito muy turístico con unas playas hermosas. Un pequeño descanso y a seguir hasta Aguas Dulces.

El sonido de las olas y la infinitud aparente del mar, siempre me habían hipnotizado casi como el fuego. Y aquí estábamos todos mis yos embriagados de emociones nuevas. Al llegar a Aguas Dulces un nuevo descanso y algunas charlas bonitas con la gente del lugar, este pequeño pueblo fue azotado por un gran temporal hace un tiempo, y la primeras casas pegadas a la playa han quedado casi en ruinas.

Dudé mucho si seguir o no, ya que para Esmeralda, la próxima playa habitada, faltaban casi 20 km. ¡decidí seguir!  La soledad de las playas era contagios y casi que no quería llegar a las zonas urbanas. Al anochecer, llegué a Esmeralda y celebré con una cerveza bien helada. Había caminado casi 40 km por la arena.  Conseguí donde pasar  la noche y al otro día arranqué temprano.

El próximo pueblo era Punta del Diablo que me esperaba a unos 30 kilómetros aproximadamente.

Cada paso era un objetivo logrado. El tipo de suelo se modificaba sin darme cuenta, y los movimientos del cuerpo habían aprendido a adaptarse, subir o bajar la velocidad, aumentar o disminuir el tranco según el tipo de arena.

El sonido del viento a veces era más fuerte que el de las olas. Tuve que ser metódico y descansar, hidratarme y elongar cada 2 horas. 

Vivir intensamente cada momento me llenada de una especie de felicidad pura o ataraxia, y cuando se acercaban los pueblos, las personas en la playa me eran casi ajenas.

Pasé la segunda noche en Punta del Diablo y de allí a Coronillas, unos 25 km más.

En este tramo también hay una reserva natural, y muchas playitas pequeñas. Penínsulas de rocas y unas vistas maravillosas, muelles abandonados refugios de pescadores, miradores antiguos de madera y unos paisajes hermosos donde los bosques parecen bajar a refrescarse al mar.

Esqueletos de ballenas, restos de barcos encallados. Tortugas, delfines, toninas , focas y lobos marinos, llegan a la costa a morir, y quedan allí como un testigo desgarrador de la bravura de la naturaleza.

Me sorprendió la noche en Coronillas y el único lugar que conseguí para dormir, era un hotel que ha estado abandonado durante décadas, y que de a poco, una mujer, lo está poniendo en funcionamiento. Único huésped en un lugar que seguramente fue lo mejor de su época. Los hermosos murales de la década del 50, en los salones de la planta baja me hablan de su época de oro.

A la mañana siguiente salí temprano rumbo a la Barra del Chuy (último destino, límite con Brasil). 

Las playas eran enormes, y me crucé con muchos hoteles abandonados, parece que por alguna razón este pequeño pueblo se había ido apagando. Y hoy yo también lo veía alejarse de a poquito de mí. El viento, el mar y el crujir de las conchas en cada paso, me hacían entrar en un mundo de ensueño. Los sonidos del silencio en la naturaleza y los paisajes salvajes,  son maravillosos, y hoy, después de meses aún los llevo en el cuerpo.

Después de caminar unos 25 kilómetros llegué a la frontera con Brasil, la crucé y allí pasé la noche. A la mañana siguiente partí en colectivo, nuevamente hacia el cabo.

Las últimas noches dormí en la playa, disfrutando de uno de los cielos más hermosos que he visto, las olas luminosas por las noctilucas y los 12 segundos de oscuridad que me regalaba el  faro en cada giro.