Opinión Martes, 9 de enero de 2018 | Edición impresa

A 27 años de la caída de la URSS - Por Juan Guillermo Milia

Por Juan Guillermo Milia - Especialista en Política Internacional-UNCuyo

Aún hoy se recuerda con extrañeza que el propio presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Boris Yeltsin, firmara en 1991 el decreto de disolución del imperio soviético, llamado "Imperio del mal".

La URSS constituía un abigarrado mosaico étnico, lingüístico y de cultos religiosos, el imperio más grande de la historia y la confederación más extensa del planeta. Demás está decir que este Estado típicamente multinacional, bicontinental, que ya era gigantesco en la época de los zares, creció aún más con los territorios que engulló al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en las reuniones de Yalta y Postdam. Allí se impuso la habilidad de José Stalin, frente a la torpeza e ingenuidad del presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que sentía admiración por ese criminal carente de escrúpulos, quien inició la contienda mundial como aliado de Hitler, invadiendo de mutuo acuerdo a Polonia, en setiembre de 1939. Fue así que se sumó un profundo caos económico, ciertos atisbos izquierdistas en la descontrolada República de Weimar y una galopante inflación. 

Volviendo al tema específico, planteo el siguiente interrogante, ¿qué habría pasado si Hitler le hubiera hecho caso a sus soldados y no hubiera traicionado el tratado de 1939? Sin duda se hubiera impuesto militarmente esa espuria alianza como resultado de la Segunda Gran Guerra y hubiéramos tenido que vivir sometidos a la más aberrante dictadura. 

Retomemos las reuniones en la que los tres líderes triunfadores se dividen el mundo. De no ser por la presencia juiciosa y de profundo sentido común de Winston Churchill, Stalin se hubiera apoderado de casi toda la vieja Europa. De todos modos lo que obtuvo, era harto peligroso y excedía lo que se merecía, teniendo en cuenta que él junto con el otro genocida iniciaron una conflagración que costó más de 60 millones de víctimas y la crueldad humana alcanzó niveles nunca alcanzados. Después sobrevino la más feroz dictadura que recuerde la humanidad con el tirano Stalin, que una vez superado el violento ataque de las fuerzas alemanas, oportunidad en que necesitado del apoyo popular y de la Iglesia Ortodoxa Rusa, se convirtió en un "papá bueno", que defendía con todas sus fuerzas a la "madrecita" Rusia. Terminada la contienda, volvió a imprimir a su gobierno la más virulenta dictadura. Se destaca el archipiélago Gulag, que con maestría describe uno de sus moradores, el Premio Nobel de Literatura de 1970, Aleksandr Solzhenitsyn. Los dos últimos presidentes de la URSS fueron Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin. El período en cuestión se extiende desde 1985 hasta 1999. El primero de ellos jugó un papel destacado en el devenir político de aquella "república de repúblicas". Su desempeño al frente de la Unión Soviética, puede sintetizarse en dos palabras: "perestroika" y "glásnost". Con ellas, convertidas en estandartes de su gestión, inició el brusco cambio del socialismo soviético. La primera medida que adoptó y que dejó al mundo con la boca abierta fue la eliminación del Partido Comunista de la Unión Soviética, del que pocos años antes había sido su secretario general. En cinco años dirigió el país hacia la democracia en lo político y hacia el capitalismo en lo económico. Poco querido en su patria por no haber evitado el desmembramiento de aquélla y acerbamente criticado por Putin, por no haber luchado para impedirlo. Más tarde, surgió Boris Yeltsin, un ingeniero en construcciones que según veremos también lo era en destrucciones, de origen humilde y muy afecto a la bebida, que gobernó como presidente electo democráticamente de la ex URSS, aunque luego fue su sepulturero y posteriormente se desempeñó como presidente de la Federación Rusa, hasta fines de 1999. En 1989 entró por la puerta grande en la Duma o Congreso de los Diputados del Pueblo. Fue un héroe, en las jornadas de agosto de 1991, al enfrentar con singular valentía al golpe de Estado. 

Esto acontecía mientras Gorbachov estaba de vacaciones en su dacha de Crimea, aislado por la KGB de lo que sucedía en Moscú. Yeltsin estaba entrado en años y enfermo, toma la decisión. Pero no vaya a suponerse que todo se debió a una chiquilinada de Yeltsin. La cuestión tiene otros ribetes desde que se pasó sin anestesia de una economía centralizada a una de mercado, de raigambre ultraliberal, siguiendo las indicaciones del Banco Mundial y el FMI. Todo se desarticuló. La economía entró en default, la situación era desesperante para la mayoría, excepto una minoría de privilegiados que se quedaron con las "joyas de la abuela", a los que se los llamaba "oligarcas". A su vez el presidente de los EEUU, Ronald Reagan, consciente de que la economía estaba sin aliento aceleró el proceso incorporando nuevas tecnologías bélicas.