Opinión Jueves, 10 de agosto de 2017 | Edición impresa

Un mundo globalizado, anarquizado y parcelizado

Por Por Juan Guillermo Milia - Especialista en Política Internacional

Entre las primeras formas de globalización, los autores citan la expansión marítima de los malayo-polinesios, que llegaron hasta la isla de Pascua y muy probablemente hasta el litoral americano y también al océano Índico poblando Madagascar, como asimismo a África. 

De estas portentosas aventuras han quedado múltiples señales objetivas. Sin embargo, no se derivó de ello ninguna cultura común.

El fraccionamiento en múltiples lenguas así lo atestigua. Se incluyen, asimismo, entre las primeras formas de mundialización a las rutas comerciales del Viejo Mundo. La famosa ruta de la seda que vinculaba China con Occidente por vía terrestre, la de las especias, por vía marítima. En sentido contrario, el famoso Galeón de Manila, que partiendo de Cancún, en Centroamérica, viajaba -aprovechando corrientes marinas favorables- hasta las islas Filipinas en el mar de la China Meridional.

Después se sucedieron los grandes descubrimientos. A su vez la expansión musulmana puede reconocerse como una de las primeras mundializaciones. Lamentablemente debe incluirse en este detalle una hoja dolorosa de la historia humana. Nos referimos a las migraciones forzosas, en particular a la trata de esclavos que, si bien no constituye una realidad exclusiva del continente africano, la singularidad de las tratas que se organizaron en el continente negro desde el siglo VII se deben a su amplitud y duración. 

Corresponde señalar, asimismo, en el siglo XX, el rotundo fracaso del experimento de mundialización comunista, que afectó varios países, desde el imperio soviético a la pequeña isla de Cuba en el Caribe americano, Asia Central y Oriental, Vietnam, Camboya, Laos, etc. La URSS fue el mayor y más amplio ejemplo de socialismo real que implosionó a fines del siglo XX y se desintegró en numerosos países sometidos por la fuerza al imperio soviético, cuya desintegración territorial jalonó las últimas décadas del siglo XX.

La caída de la Unión Soviética robusteció el otro ejemplo de mundialización, de raigambre liberal y democrática. Este resultado llevó al politólogo estadounidense Francis Fukuyama a escribir una obra que alcanzó una extraordinaria difusión y merecidas y profundas críticas, titulado "El fin de la historia", al sostener que la mundialización y la democracia liberal podrían constituir claramente "el punto final de la evolución ideológica de la humanidad".

 

Grandes murallas

Lejos de un mundo sin fronteras, la realidad actual nos muestra un panorama en el que se yerguen muros y barricadas con el objeto de separar, impedir el ingreso, defenderse o protegerse de peligros reales o ficticios.

Peligros representados en general por inmigrantes que buscan paz, pan y trabajo o huyen de guerras genocidas que, según manifiestan diversos autores y hasta el propio Papa, marcan los prolegómenos o el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. A continuación algunas de esas barreras que lejos de un mundo sin fronteras, propias de un mundo globalizado, se asemejan más bien a las grandes murallas de las ciudades feudales.

Los teóricos de la mundialización han levantado durante mucho tiempo el estandarte de un mundo sin fronteras, un mercado globalizado carente de vallas aduaneras o gabelas arancelarias. O en el trasiego político, aquellos que deseaban imponer un modelo único de organización política que en el cenit de la evolución del proceso político, ubicaba a la democracia occidental. El mundo contemporáneo, sin embargo, nos muestra una realidad muy diferente.

Allí, donde debían florecer los frutos de una democracia liberal coronando la inexistencia de muros o alambradas, se levantan desafiantes nuevas "murallas chinas", que cercenan libertades y coartan la libre circulación de personas y mercancías, so pretexto de defender aquellos mismos valores que niegan en los hechos. 

¿Cómo puede hablarse de un mundo mundializado, cuando con una prodigalidad que sorprende nuevos muros convierten en compartimentos estancos a países grandes o pequeños, pobres o ricos, democráticos o totalitarios? 

EEUU, paladín de aquella supuesta liberalidad, cierra su frontera Sur con un muro de 1.100 km, con un costo que puede alcanzar los 8 mil millones de dólares, para no compartir su opulencia con los hermanos pobres del Sur. Israel, en busca de una seguridad que sólo se puede alcanzar con la paz, aprisiona a los palestinos.

Paquistán se separa de Afganistán con 2.400 km de barrera para protegerse de los talibán. La India ha erguido una tensa alambrada para separarse de Paquistán, por una Cachemira que ambos reivindican desde 1947. Arabia Saudita, teocrática y totalitaria, separa su régimen de Irak por el Norte y de Yemen por el Sur. Los coreanos dividen la península, reforzando la hermeticidad del paralelo 38 mediante una zona militarizada e impenetrable.

Brasil se defiende de los contrabandistas mediante un largo muro, entre Foz de Iguazú y Ciudad del Este; Botswana puso una alambrada electrificada de 500 km, con el pretexto de proteger su ganadería de la fiebre aftosa, de Zimbabue. Ceuta y Melilla, como bastión de Europa contra la inmigración ilegal de África. Casi todos los países de Europa del Este adoptaron medidas para impedir el paso de la enorme masa de desplazados del Oriente Medio, por la guerra que consume y expulsa poblaciones.

En la era electrónica los esfuerzos por impedir los intercambios virtuales, motivaron una dura acusación de Hillary Clinton, en 2010, a los países que limitan el acceso a Internet, de pretender instaurar un nuevo "Telón de acero". La censura electrónica, instaura nuevas fronteras, en este caso virtuales. 

En resumen, ¿en qué quedaron las esperanzas de un mundo globalizado? Es que sin equidad, solidaridad y amor al prójimo es imposible eliminar barreras que, en definitiva, buscan con gran egoísmo preservar los bienes y la riqueza, para goce exclusivo de sus pueblos. Los países desarrollados quieren asegurar para sí una vida placentera y hedonista, sin advertir que cavan su propia tumba.