• Domingo, 11 de diciembre de 2016
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Todos somos cuñados

 

Por Leo Rearte - lrearte@losandes.com.ar

1. Existe una divertida expresión coloquial en España, cuyo uso se multiplicó en los foros de internet: el cuñadismo. Este guiño lingüístico hace encarnar en la figura del “cuñado” esa vocación mediopelo de hablar por hablar. 

Basta poner “frases de cuñados” en Google para encontrar: “Con Franco esto no pasaba”; “En África están acostumbrados a matarse entre ellos”; “Hay que bajar los impuestos para que los ricos creen más empresas”, entre otras.

La curiosa asociación semántica nació al recordar mesas familiares en la que se discute determinado tema, y siempre salta algún “cuñado” para rebatirlo, valiéndose de una colección de frases hechas. Sin importarle si aquél que inició la conversación cuenta con, por ejemplo, un doctorado en la Universidad de Salamanca sobre Temas de Género, el “cuñado” es capaz de soltarle al catedrático sin ponerse colorado: “No hay que ser machista ni feminista. Hay que ser neutral”. 

El “cuñado”, según la visión ibérica, además se destaca por su amplitud de “conocimientos” técnicos y teóricos (“a los desocupados hay que ponerlos a todos a limpiar las calles”; “si yo fuera presidente soluciono todo esto en un momento”; “este país tiene todos los climas y es muy rico; el día que nos pongamos de acuerdo somos potencia”; pero también sobre gastronomía: "Este vino que has puesto no está mal, pero luego te digo dónde tienes que comprar un vino bueno de verdad"; o economía: “Con el alquiler estás tirando la plata”). 

Claro, con la metáfora del “cuñado”, se refieren nuestros queridos “gallegos” al uso abusivo del lugar común, al tirar conceptos oxidados descaradamente, sin ningún pudor por la ausencia de chequeo de la información. La decisión mecánica de tomar partido por todo, como si el mundo fuera un Barcelona-Madrid, o un Boca-River. La sentencia tajante, al divino botón. La idea caduca y remanida, como deporte. El repetir lo que muchos otros han dicho, sin ninguna pretensión de profundidad. ¿Se acuerdan del sketch “Hablemos sin saber”? El “cuñado” al que se refieren los españoles se le parece demasiado.

 

2. @ElcunadodeTuiter, por ejemplo, es un verdadero fenómeno con más de 43 mil seguidores. El personaje ficticio trae al timeline sentencias como “ni de izquierdas ni de derechas, español” y retuitea creaciones cuñadiles de terceros: "Hasta que llegaron las feministas con su violencia, en España no se le pegaba a las mujeres".

La expresión “cuñado” se volvió viral en la red. Porque las redes sociales son el verdadero caldo de cultivo para la reproducción de los “cuñados”. El “cuñado”, hay que decirlo, es primo hermano del “troll”: de aquél que se vale de las zonas de comentarios de los diarios, o de las propias redes sociales, para “bardear”, desde la comodidad del anonimato. 

Redes como Twitter, por citar una, están tan infectados de “trolls” (usuarios que sólo se dedican a hacer ruido, de la manera más agresiva posible) que se han convertido en una pesadilla, incluso para los mismos propietarios del servicio. Muchos analistas coinciden en que cuando pusieron a la venta la red social del pajarito, a mediados de este año, no consiguieron compradores de peso precisamente por esto: Twitter es un nido de “habladores” que no quieren conversar; sólo desean gritarte en la cara insultos por el solo hecho de pensar diferente.

O directamente, de no entender cómo pensás.

 

3. En Argentina hay una larga tradición del “hablar a boca de jarro”. Desde aquel “sanatero” de Fidel Pintos, pasando por Minguito o El Contra, hasta el sillón de Borges y Álvarez, con la añorada dupla Alberto Olmedo-Javier Portales. El versero es un protagonista ineludible de este gran sainete que es nuestro querido país.

Ya en los 80, los periodistas de “La Noticia Rebelde” (Castelo, Guinzburg, Abrevaya, Repetto y más), sorprendidos por la facilidad del argentino por opinar con autoridad impostada sobre cualquier tema, sacaban a la calle sus noteros para que preguntaran a los transeúntes sobre hechos falsos: “¿Qué opina de que Diego Maradona se va a presentar para presidente?”. El ciudadano de a pie (como les encanta decir a los políticos) no sólo daba por hecho la barbaridad que el movilero le tiraba, sino que imprimía pasión a la respuesta. “Te sorprendería lo poco que el argentino dice ‘no sé’ o ‘yo de esto no opino porque desconozco”, dijo en más de una oportunidad Jorge Guinzburg.

¿Será que durante años la censura de los gobiernos militares atrofiaron la capacidad de informarnos antes de opinar? ¿Por qué no consideramos un valor prepararnos y tomamos como un hecho positivo ‘dar nuestra opinión’ sobre casi cualquier tópico’? ¿Cómo fue capaz, uno de los empresarios más poderosos del continente, de decir que las adolescentes se preñan para tener un plan social? ¿Qué datos tiene para sostenerlo? ¿Cómo es capaz de soltar un político, por ejemplo, que “La diabetes es una enfermedad de gente con alto poder adquisitivo. ¿Es porque son sedentarios y comen mucho”? ¿O incluso un senador tirar: “Las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos. ¿La Argentina incorpora toda esta resaca”? 

Los periodistas también tenemos nuestros cadáveres cuñadiles en el placard... Tantos, que llenarían esta página sábana. 
Porque el cuñadismo no distingue clases sociales, ni profesiones, ni géneros... Y nosotros, de tan cuñados, no distinguimos la realidad.