• Domingo, 16 de abril de 2017
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Se busca un buen emperador

Para el autor, a fin de que sobreviva la democracia frente al populismo, al autoritarismo y al totalitarismo, se requiere la conformación de imperios similares a las antiguas monarquías.

Por Ross Douthat - Servicio de noticias The New York Times © 2017

Una de las duras verdades de las relaciones humanas es que la diversidad y la democracia no fácilmente van juntas. En Oriente Próximo, hoy día, como en Europa en un pasado no tan distante, la transición del autoritarismo a la soberanía popular parece pasar por las purgas étnicas y religiosas. En todo el mundo, muchos de los modelos de gobiernos democráticos exitosos son, efectivamente, etno-Estados, construidos sobre limpiezas pasadas o divisiones o un aislamiento espléndido. Y en Occidente, en años recientes, tanto la inmigración masiva como la fragmentación cultural han revivido tentaciones autoritarias.

Este patrón corre profundo en la historia de nuestra especie. Un nuevo ensayo de los economistas Oded Galor y Marc Klemp encuentra una fuerte correlación entre la diversidad y la autocracia en las sociedades precoloniales, con un legado que también se extiende a las instituciones actuales. Los autores sugieren que el autoritarismo emerge de las presiones tanto de abajo hacia arriba, como de arriba hacia abajo: una sociedad diversa busca instituciones centrales fuertes por el bien de la cohesión y la productividad, y la división interna, la estratificación y la desconfianza incrementan "el ámbito para el dominio" de las elites poderosas.

En Estados Unidos, nos gusta pensar en nosotros como excepciones a esta regla; y, no obstante el destino de las tribus nativas estadounidenses y el legado de la esclavitud, hemos sido más exitosos al combinar el autogobierno republicano con la diversidad racial y religiosa.

Sin embargo, al mismo tiempo, ya no nos estamos gobernando exactamente mediante asambleas al estilo de Nueva Inglaterra. A medida que Estados Unidos se ha hecho más grande, más diverso y, recientemente, más fragmentado, el poder está cada vez más centralizado en Washington, y el rostro de ese gobierno centralizado, la presidencia, ha acumulado cada vez más autoridad. El estilo de caudillo de Queens que tiene Donald Trump es único de él, pero también es una extensión de las tendencias que se remontan generaciones. Todavía tenemos formas republicanas en su sitio, pero, también tenemos un tipo de emperador elegido que preside sobre nuestras persistentes líneas de color, nuestros inmigrantes no siempre fusionados, nuestras sectas, tribus y clases cada vez más desconfiadas.

La Unión Europea no tiene un dirigente tan singular, pero su clase gobernante está en una situación similar: son los custodios de un imperio diverso que tratan de presidir sobre los griegos y alemanes, los escandinavos y sicilianos, los cristianos nativos y los inmigrantes musulmanes, mientras ejercen poderes que, por lo menos, están separados un nivel de la rendición de cuentas democrática.

Esto significa que para comprender el reto que enfrenta la dirigencia occidental, vale la pena ponderar las formas en las que los regímenes autoritarios del mundo interactúan con la diversidad étnica y religiosa; la explotan, la manejan o ambas cosas.

En un patrón común, el régimen autoritario evoluciona como una forma de que una mayoría o una organización plural ejercen el poder en contra de las demandas de las minorías diversas, y para imponerle un tipo de uniformidad a los grupos étnicos o religiosos más débiles. El régimen de Erdogan en Turquía y el autoritarismo sunita de la monarquía saudita ofrecen ejemplos obvios; al igual que el chovinismo de los chinos han del Politburó chino, el nacionalismo ortodoxo cristiano ruso de Putin, y muchos más.

En otro patrón, un líder autoritario - a veces, él mismo de un grupo minoritario - se proyecta como un protector de la diversidad y promete proteger a las minorías que estarían amenazadas si tomara el poder el populismo mayoritario. Se trata del patrón del régimen de la familia Assad en Siria, que ha conseguido el apoyo de su propia secta alauita, así como de cristianos sirios y otros que temen lo que pudiera significar un régimen sunita para ellos. Asimismo, el régimen militar egipcio promete proteger a los urbanitas y cristianos coptos, del orden islamista que podría introducir la democracia.

Si hemos de tener una presidencia imperial, deberíamos querer a un presidente que piense menos como un dirigente partidista y más como un buen emperador; que no solo divida y conquiste, sino que trate de hacer que los muchos pueblos de su imperio se sientan que están seguros y en su casa, y que se los reconoce.

Estos patrones tienen ecos en nuestra propia política presidencial, ergo, imperial. La coalición que construyó Barack Obama en las dos elecciones presidenciales unió a los electores minoritarios con la intelectualidad de clase alta y prometió defender sus diversos intereses en contra de los restos del núcleo cristiano en el centro del país. La reacción Trump fue más erdogiana o putinesca, y promete proteger a la mayoría, otrora dominante, para restaurar sus privilegios y revertir su sentido de decadencia cultural.

En Europa, entre tanto, es frecuente que parezca que se opera a la Unión Europea para el beneficio de los alemanes, que están en el centro, y a las minorías étnicas que están en la periferia, favoreciendo a los separatistas e inmigrantes por encima de las viejas mayorías nacionales. El aumento populista presente es, a su vez, un intento por establecer una dinámica diferente en las diversas facciones en el continente, en la que Alemania tenga menos poder, se rechace a más inmigrantes y las antiguas naciones se reafirmen, una vez más, como centros de influencia.

Ninguno de los dos continentes está posicionado para un verdadero deslizamiento hacia la autocracia; ¡yo creo! Sin embargo, en ambos, paradójicamente, es posible que los líderes pudieran servirle mejor a la causa del orden liberal, si asumieran una perspectiva ligeramente más imperial; no en el sentido de imponer las política a punta de espada, sino en el sentido de darse cuenta de que sus sociedades son tan diversas que requieren un tipo más desinteresado de visión por parte de sus gobernantes.

Un gobernante así de desinteresado -un buen emperador, llamémoslo así- vería una parte crucial de su función a la confortación, el reconocimiento de que en un panorama de diversidad, fragmentación y suspicacia, cualquier coalición gobernante va a parecer peligrosa para quienes no están incluidos en ella. Si proviene de un grupo históricamente dominante y habla a su nombre, necesita esforzarse para resolver las ansiedades de las minorías y los recién llegados. Si está forjando una coalición de grupos minoritarios, necesita asegurarle a la ex mayoría que el país del futuro todavía tiene un sitio para ellos. Cualquiera que sea la base de su poder, necesita estar constantemente sintonizado a las formas en las que la diversidad, la diferencia y la desconfianza pueden hacer que el conflicto parezca muchísimo más existencial de lo que debería.

Nuestros dos altos ejecutivos anteriores reconocieron que necesitaban hacer esfuerzos parecidos a eso, pero con excepciones -George W. Bush después del 11 de setiembre, Obama en su campaña electoral de 2008-, no fueron particularmente exitosos. En el caso de Obama, su Casa Blanca no captó el sentimiento de abandono y crisis en el interior blanco, ni la magnitud en la que ese sentimiento estaba creando un nuevo bloque basado en la identidad. Tampoco captó cuan amenazante fue la imposición que hizo el Estado regulador de las normas sexuales liberales a los conservadores religiosos, qué tanto los hizo sentirse como extraños en su propio país.

De esa alienación y miedo salió Trump, quien ni siquiera está tratando de acercarse y calmar, de hacer que su nacionalismo parezca más grande que solo su política de identidad blanca, de hacer que los grupos que sienten miedo de su gobierno perciban que él tiene sus ansiedades en mente. Podría haber una forma de nacionalismo que ayude a unir a una sociedad diversa, pero parece que es más probable que Trump una a una ex mayoría "estadounidense real", en oposición a todas las demás razas, religiones y grupos.

Su eventual sucesor, liberal o conservador, no debería buscar aprender de Assad, Erdogan o Putin. Sin embargo, él (o ella) podría aprender algo de los custodios de las sociedades diversas y fragmentadas de otra época; de las monarquías, como la de los Habsburgo de Austria, en particular, que trabajaron para contener y equilibrar las divisiones religiosas y étnicas para prevenir la desintegración y detener al totalitarismo, y podrían haberlo logrado por más tiempo de no ser por la locura de 1914.

Si hemos de tener una presidencia imperial, deberíamos querer a un presidente que piense menos como un dirigente partidista y más como un buen emperador; que no solo divida y conquiste, sino que trate de hacer que los muchos pueblos de su imperio se sientan que están seguros y en su casa, y que se los reconoce.